Del Dancing "Nueva York", se comenta, que era el sitio preferido para el anclaje de marinos procedentes de diversos puertos del mundo, una vez cumplida la azarosa travesía por mares y océanos. Asiduos clientes, después de la media noche, aseguraban, que al canto de los gallos, al despertar la madrugada, el lugar se convertía en una especie de Torre de Babel, donde todos los idiomas se confundían.
En la popular "Cuatro Esquinas" en la calle Anzoátegui, vecina a la zona portuaria, funcionaban burdeles con sólida clientela y mujeres jóvenes reclutadas en pueblos vecinos. En los sectores cercanos, varios inmuebles conocidos como "Corrales" o "Casas de Vecindad", servían de residencia a prostitutas que compartían el ambiente con núcleos familiares de escasos recursos. Aquellos mabiles contaban con adecuadas habitaciones, sólo alquiladas con tarifas especiales, a parejas dispuestas a observar las reglas de la administración: "terminado el acto convenido: punto y seguido. Listo para un nuevo cliente".
En este lugar donde todos los ruidos se confunden, hice contacto con una joven yaracuyana aventada desde Cocorote al litoral carabobeño. Ilusionada por tentadoras ofertas de trabajo, de jugosas ganancias con pequeños esfuerzos, cayó en los tentáculos de hábiles traficantes, que sorpresivamente la hicieron caer en las redes de la prostitución. Confesó haber sentido vergüenza y temor al chantaje de los chulos, cuyos oficios consistían en vivir de la explotación de mujeres indefensas, muchos de ellos tenían protección policial.
Nuestra conversación giró en torno a la etapa de sus primeros años de vida y en ese instante dos lágrimas inundaron aquellas pupilas congestionadas de sueños. Refirió el dramático momento de ser violada por el concubino de la madre, una especie de padrastro degenerado. Aquel acto salvaje movió el celo de la progenitora, quien la lanzó a la calle sin compasión; textualmente fueron sus palabras . . . ¿Después . . . ? el infierno de una profesión humillante, donde todo ser humano pierde la dignidad.
Para alegrar los espíritus traumatizados, el Dancing Nueva York estaba provisto de finos licores, que le hacían compañía al proletario Ron Víctor Díaz, a la popular "pilsen" y a la gama de preparados con diversas yerbas, desde el anisaíto, fruta de burro, berro, canelita y otras hojitas aromáticas que hacían las delicias de una clientela donde las diferencias sociales carecían de fronteras, cuando el alcohol al filo de la media noche ponía su nota pintoresca.
Un negrito trinitario saxofonista, políglota, humorista y charlatán, conocido como "puya y media", hacía vibrar su instrumento para encender las caderas con una magia contagiosa: El salón se congestionaba de parejas y un empleado conocido como el "Coime", los contabilizaba para el cobro de Bs. 0,50 por cada tanda bailada. Luego hacía el anuncio mirando al músico que cobraba su porcentaje: "Quince por un real, son siete bolívares con cincuenta céntimos" y la fiesta proseguía hasta la madrugada. |