19- La esperanza fugaz

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El advenimiento de la democracia en el año 1958, se consideró como una esperanza que se alojó en el corazón de los venezolanos. El grito de libertad se convirtió en vocerío con resonancia nacional, mientras las banderas se vistieron de fiesta con sus tres colores de patria, rumbeando con la brisa que bajó de la montaña para unir sus alegrías en un abrazo fraterno con el mar.

La euforia popular por el histórico acontecimiento, encendió llamas de emoción en el corazón del colectivo. Tal vez comenzaba un nuevo amanecer sin persecuciones, asesinatos, corrupción y chantaje a todos los niveles. Los hombres extendieron sus manos para el olvido de agravios, formulando arrepentimientos que jamás cumplieron, al poco tiempo sólo quedaban cenizas en el pebetero de aquel templo que la ciudad requería para el adecentamiento de una sociedad de paz y respeto.

Manos avaras de pillos profesionales procedentes de países vecinos y algunos europeos presuntamente con visas de cortesía; dieron inicio ante las miradas celestinas de la corruptela policial, política y económica a un nuevo sistema de explotación del vicio donde la trata de blancas, la droga y prostitución de menores constituyen la mejor fuente de riqueza en una comunidad dócil.

El saludable Decreto de la Prefectura del Distrito del año 1949 donde se erradicaba todo vestigio de prostitución en Puerto Cabello, fue irrespetado en forma insolente por estos mercaderes.

Los antiguos burdeles de las cuatro esquinas calles Anzoátegui, Municipio, Heres, Salom y otros cercanos al puerto, así como los de la zona de la Alcantarilla, calles Juncal, Urdaneta, Sucre, Marino y barrios adyacentes, dieron cumplimiento a la estricta Ordenanza Oficial y mudaron sus negocios del área urbana, instalándose en el Municipio Democracia a un sector vecino a la población de El Cambur.

Durante diez años comprendidos entre 1949 a 1958 no afectaron ni al medio rural donde se ubicaron ni a la ciudad de Puerto Cabello. Los asiduos visitantes a este tipo de establecimiento dedicados al placer sexual, no encontraron problemas en continuar con esa actividad. Por otra parte la Sanidad ejerció mayor y efectivo control con las personas dedicadas a la prostitución.

La carroña se hizo festín con el retorno de los buitres humanos, aves de rapiña que igual a sus homólogos zoológicos se alimentan con carne muerta, podredumbre, desperdicios que deja en su peregrinar la miseria humana. Son seres despreciables, insaciables en su voracidad por lograr dinero fácil, procedente del chantaje y jugosas utilidades que les ofrece el rufianismo.

En este descontrol social que vive la ciudad, con la presencia de más de mil prostitutas procedentes de regiones vecinas, no sólo invadiendo áreas históricas, sino religiosas, culturales, educacionales y otras de absoluta respetabilidad; presentamos acuciosa muestra lograda en nuestras investigaciones, reveladoras del grave problema que afecta a la juventud porteña.

Hace varios años, no tan lejanos para ser olvidados, existió un edificio construido por la Municipalidad el año 1866, para sede del mercado público. Estaba ubicado entre las calles Bolívar, Plaza, Independencia y Mercado, céntrico lugar donde permaneció durante más de un siglo, lleno de evocaciones, cuentos y leyendas en voces de ancianos en el diario discutir de la oferta y la demanda. Algo hermoso de permanente recuerdo en el corazón de los porteños.

De pronto, en esta etapa democrática, el viejo edificio aún en plena actividad, fue demolido acatando disposición municipal aprobada por los integrantes de aquel cuerpo, creado por el pueblo para velar por sus intereses. En este histórico caso, la voluntad del colectivo fue letra muerta. Tiempo después en otra absurda decisión, construyeron un nuevo mercado, en terrenos del antiguo cementerio de Campo Alegre en cuyo suelo reposaban millares de osamentas humanas.

Los terrenos del viejo mercado, geográficamente privilegiados, equidistantes a los polos de desarrollo urbanístico, comercial y cultural, recibieron especial atención de la entonces honorable institución conocida como Fundapuerto, cuyos directivos solicitaron ayuda de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Simón Bolívar con el fin de lograr materializar el hermoso proyecto, de ofrecerle a la ciudad, un inmueble con características modernas para sede de los poderes públicos, digno de una ciudad con anhelos de superación. La valiosa documentación ofrecida por aquella ilustre Casa de Estudios, quedó definitivamente archivada.

Aventureros capacitados en el arte del halago, trampas, chantajes y maniobras, peritos hipotecando conciencias, tal vez recordando a los fenicios que inventaron monedas redondas y relucientes para lograr la magia del trueque en actividades comerciales, decidieron y así lo ejecutaron, desdoblar las articulaciones de modernos mercaderes en este siglo veinte. Esta vez pusieron en prácticas otras magias tentadoras, con cheques caligrafiados con altas cifras. El procedimiento les permitió obtener fácilmente el permiso para la construcción en los terrenos del viejo mercado, de un inmueble cuyas características arquitectónicas representaban un insulto al pueblo culto.

Hombres y mujeres, viejos y jóvenes de acrisolada honorabilidad, de arraigado amor a su ciudad, dejaron oír sus voces de protestas, cuyos ecos se perdieron en el ambiente conformado por aplaudidores y mercenarios de oficio de todo lo que tenga olor político. Transcurridos varios años de aquel doloroso acontecimiento, la historia le dio la razón al poder moral. El inmueble denominado "Marina Center" un símbolo del pitiyanquismo decadente, representa en la actualidad, en su entorno, el gigante refugio de prostitutas, drogadictos, alcohólicos, menores de edad y cuanto maleante requiere guarida para sus actividades delictivas.

En este lugar problemático desde el punto de vista sanitario por la imposibilidad de ejercer estrictos controles, convergen en horas nocturnas, según testimonios policiales numerosos menores de edad de ambos sexos y adultos ejerciendo libremente la prostitución. La mayoría son jóvenes cuyas edades están comprendidas entre 12 a 15 años, fáciles presas de la inescrupulosidad de los traficantes de sexo y droga. Investigaciones realizadas en estas áreas críticas, revelaron la presencia frecuente de niños pidiendo limosnas, algunos con visibles violencias y otros implorando caridad sobre supuestas enfermedades de madres, abuelas u otros familiares. A sólo veinte metros de la calle central está ubicado un burdel denominado "Dancing" donde presentan espectáculos pornográficos, expendios de licores, todo bajo la mirada complaciente de algunos funcionarios que reciben cordiales regalos de los administradores del negocio. Clientes del referido centro aseguran que la mercancía humana de primera calidad procede de Caracas, Maracay, Valencia y Barquisimeto.

El área es de alta peligrosidad, no sólo para las familias que se desplazan en horas nocturnas, sino para el numeroso grupo de niñas, alumnas del Colegio Sagrado Corazón de Jesús, dirigidas desde hace más de un siglo por las Reverendas Religiosas de la Congregación "San José de Tarbes". La ubicación de este instituto se encuentra a sólo cien metros de la guarida de antisociales.

Desde la diez de la mañana hasta altas horas de la madrugada es frecuente observar en la calle Plaza, entre el Teatro Municipal y el "Marina Center" a prostitutas conocidas como "caminadoras", ofreciéndose algunas, colocadas a la entrada del hospedaje donde prestan sus servicios y otras recorriendo el trayecto con los mismos fines. Estos espectáculos igualmente se escenifican en las plazas Flores y Salom, donde no existe vigilancia policial. En archivos de la Prefectura del Distrito se encuentran censados hoteles, pensiones, hospedajes y varios inmuebles que sirven de alojo ocasional o permanente a prostitutas procedentes en su mayoría de Colombia y otros países vecinos. Los lugares con mayor índice están ubicados en la Zona Histórica, donde igualmente funcionan tascas atendidas por mujeres que ejercen la doble profesión "mesoneras y rameras". En lugar céntrico de la calle Valencia, se observan dos refugios de antisociales y caminadoras.



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