23- El crimen de Berruecos

Descipción de este artículo:

La noticia del atentado criminal del 4 de junio de 1830, en Berruecos, contra la vida del Mariscal Antonio José de Sucre estremeció profundamente al Ecuador y a la Nueva Granada; y a Bolívar en forma extremadamente dolorosa, como se lo dijo a Juan José Fiares: "La noticia de la muerte del General Sucre cerca de Pasto me ha causado tal sensación, que me ha turbado verdaderamente el espíritu, hasta el punto de juzgar que es imposible vivir en un país donde se asesina cruel y bárbaramente a los más ilustres generales, y cuyo mérito ha producido la libertad de América. ¿Qué será de Ud., qué será de Mantilla, y de Urdaneta mismo? Yo temo por todos los beneméritos capaces de redimir la patria. El inmaculado Sucre no ha podido escaparse de las asechanzas de estos monstruos... Yo pienso que la mira de este crimen ha sido privar a la Patria de un sucesor mío; y dejar a Ud. en el Sur solo en la arena, para que todos los golpes y todos los conatos se dirijan únicamente a Ud.. Destruido que Ud. sea, conquistarán el país con los pastusos y patianos, y los infernales serán los conquistadores de ese país que tanto amo", (a Flores, Cartagena, 1 de Julio, 1830) El Libertador comprendió la causa de la inmolación de un jefe "el más liberal y generoso de los héroes ". Y señaló también a los asesinos:

"Los jefes de Pasto han hecho asesinar al General Sucre ". (24-VII-30) Y más explícitamente: López y Obando que asesinaron a Sucre". Ante la execración por el odioso crimen, Obando trató de defenderse con la sublevación armada, con la huida al Perú; luego buscando alguien a quien culpar. Dijo primero que mataron a Sucre unos ladrones; después que soldados desertores provenientes del Ecuador; por fin buscó alguna persona a quien beneficiara la desaparición del Mariscal: a Juan José Flores. El primero en rechazar la impostura fue el Libertador Bolívar que conocía profundamente la manera de ser de este General: "El General Sucre ha sido asesinado en Pasto por orden de algún jefe militar de los que ahí mandan; aunque quieren decir que fue orden de Flores; pero esto es falso ". (a J. Fernández Madrid, 24-VII-30) Irritado por todo esto, quería de inmediato se castigara a los culpables y a sus cómplices; y lo encarga a Flores: "El General Jiménez ha marchado ya para el Sur a proteger el Cauca contra los asesinos de la más ilustre víctima. Venguemos a Sucre; y vengúese Ud.,., de esos que le han llamado asesino. Vengúese, en fin, a Colombia, que poseía a Sucre; al mundo que lo admiraba; a la gloria del ejército y a la santa humanidad impíamente ultrajada en el más inocente de los hombres... Toca a Ud.,, pues, lavar esta mancha execrable; porque en Pasto encontrará Ud. la absolución de Colombia. Los amigos del Norte no exigen a los del Sur sino este sacrificio; o más bien, los empeñan a que alcancen este timbre". (9-XI-30) No era posible por entonces, cuando se estaba apenas formando el nuevo Estado ecuatoriano, cumplir este deseo del Libertador; se lo hará a su tiempo. Era importante, sin embargo, que en la patria que Sucre adoptó por suya se conociera a los verdaderos asesinos y se mantuviera la memoria de quien selló la independencia en Pichincha, prestándole la debida reparación. Fue unánime el convencimiento, empezando por la familia del Mariscal, sobre quienes eran los autores del odioso delito. Doña Mariana Carcelén, la viuda de Sucre, dirigió una amarga carta a Obando acusándole del crimen, dejando al cielo el juicio y el castigo, pero reclamando al menos las cenizas de la víctima; que ella hizo recoger, transportar a Quito, y depositar piadosamente al pie del altar en el Carmen Bajo. José Ramón de Sucre Ramírez, este Coronel era primo del Mariscal, fue edecán del General Flores en Jarqui, perpetuo amigo suyo y ayudante en su fincas. En 1839, en unión con el Presidente Flores, se interesaba en excitar al gobierno bogotano en la prosecución del proceso esclarecedor del crimen. Lo comentó así José Joaquín de Olmedo, quien, por otra parte dice que eran bien conocidos los autores del magnicidio: "He visto con mucho gusto la carta de Ud. a Sucre —José Ramón —en que le da la noticia de que se agitará y esclarecerá la causa del asesinato de Berruecos. El Coronel Sucre ha pensado hacer una excitación al gobierno de Bogotá, para que se continúe y agite este gran juicio ". No lo cree sin embargo oportuno, dada las circunstancias de entonces y porque J.R. Sucre aunque pariente, no intervenía jurídicamente como acusador. José R. de Sucre se radicó en Guayaquil, donde casó con doña Mercedes Lavayen; y allí se ha conservado su descendencia. En 1845 fue encargado por el gobierno de Solivia de solicitar la entrega de los restos del Mariscal para llevarlos a esa nación. Se los pidió a doña María Carcelén de Barriga. Ella respondió: "Jamás accederé a que se separen de los huesos de mis mayores los de un hombre que, a más de haber sido mi esposo, dio la independencia a mi Patria". (Arch. JJ. Flores PUCE) Juan Manuel de Sucre Márquez: Más interesante es el caso de este hermanastro del Mariscal, que llegó a Quito en mayo de 1829 como se dijo en un capítulo anterior. Luego del fallecimiento de su hermano, debido a su "juicio ambulante", como decía la Maríscala, a su espíritu aventurero, anduvo por diversos lugares y en 1833 fue a parar donde los revolucionarios Chihuahuas, y el Dr. Pedro Moncayo lo aprovechó para la propaganda; asi como calumnió a Vicente Rocafuerte de que era falsificador de moneda, de igual manera levantó a Flores el falso testimonio de que era culpable de la muerte de Sucre y se lo hizo creer al joven Juan Manuel; llegó a hacerle escribir una atrevida carta al Presidente; que Moncayo hizo publicar en El Doce de Octubre, órgano de la facción. Vencidos los Chihuahuas, Moncayo huyó a la Nueva Granada y Juan Manuel cayó prisionero. Flores, siguiendo los impulsos de su carácter generoso, no sólo le perdonó, sino que lo protegió y hospedó en La Elvira. Volvió Juan Manuel a Venezuela; al despedirse, escribió a Flores: "...Cuando abrace a mi familia les diré: el hombre de las victorias me ha vuelto a los brazos de ustedes, cuando más desesperaba de mi suerte; y el nombre de V.E. pronunciarán mis labios como un respetuoso hijo. Por un momento de ceguedad fui enemigo de V.E.; opuse el capricho y la ter-, quedad a la razón; busqué a V.E. culpable, y lo encontré magnánimo, grande y generoso". (20-VIII-35. Arch. Banco Central) Las personas más destacadas del Ecuador estuvieron ciertas de la culpabilidad de Obando y sus cómplices: y se indignaron ante las sospechas que trató de lanzar Obando contra Flores. Hemos citado a Olmedo; interesantes también las palabras de José María Sáenz y de Vicente Rocafuerte; el primero, ya el 7 de agosto de 1830, insta al General Flores a que: "...remita a Bogotá las declaraciones que dirigía Ud. acerca de los asesinos del Gran Mariscal. Usted ve que se quiere atribuir al Sur tan detestable cri-men", (AH-BC FJ. vol. 100176) EL PROCESO POR EL CRIMEN DE BERRUECOS Por las citas presentadas podemos ya ver que el proceso fue llevado al campo político, tanto en la Nueva Granada como en el Ecuador; se lo tomó como arma de combate entre los partidos, tratando de oscurecer la verdad. Lo entendió muy bien el Presidente Don Vicente Rocafuerte, y tomó las medidas convenientes. Escribe al General Flores: "Como Ud. es ya propiedad pública del Ecuador, mi deber es defender la reputación de Ud., como magistrado, y como verdadero amigo suyo, unido en todo y por todo con Ud. hasta la muerte. Para contrarrestar las intrigas de Obando, y prepararse a una defensa positiva, necesitamos mandar a Bogotá a un agente de toda nuestra confianza; y no encuentro otro que J. M. Urbina. Así, pues, lo voy a despachar a la Nueva Granada; pero antes quiero que se vea con Ud. y reciba sus instrucciones", (a Flores, 31-VIII-1836) Seguía Rocafuerte la marcha del proceso; y a 3 de junio de 1840, le vuelve a escribir: "En La Balanza saldrá el careo de Morillo con Obando. Obando, convencido de haber perpetrado el horrible asesinato de Sucre, es ya un miserable que no puede ejercer otro influjo, que el de jefe de bandidos ". Y aun Pedro Moncayo, el enemigo acérrimo de Flores, lo defendió en 1843, y acusó al "perverso, malvado y traidor Obando", como se dirá más adelante.

Por fin el pueblo entero del Ecuador, los Cabildos abiertos de sus representantes, y los Congresos, creyeron en la inocencia de Flores, al elevarlo repetidamente a la primera magistratura. EL DESCUBRIMIENTO DE LOS CRIMINALES Los eruditos estudios de Antonio José de Irisarri —Historia Crítica del Asesinato Cometido en la Persona del Gran Mariscal de Ayacucho — "que comprueba hasta la saciedad que el asesino fue Obando en connivencia con López" (BAHN, N° 36, 31); de Antonio Flores Jijón —El Gran Mariscal de Ayacucho. 1833— "que con lógica fulminante aleja toda sombra de duda sobre la culpa de los asesinos Obando y López" (ib); de Juan Pérez y Soto: El Crimen de Berruecos Análisis Histórico Jurídico, aclaran definitivamente el suceso. Ellos reconstruyen el crimen y la comprobación jurídica de los autores intelectuales y ejecutores del magnicidio; basándose en ellos, escribieron narraciones breves y documentadas del suceso los historiadores, Dr. Luis Felipe Borja y Jorge Salvador Lara (BANH, N° 36; Correspondencia del Libertador con el Gral. J.J. Flores. 1977-PUCE) : : " Todos ellos comprueban que el atentado se tramó en Bogotá, porque Sucre "podría conservar el predominio de Bolívar en Colombia". Y se tomaron las precauciones: se comunicó a Obando que lo suprimiera, si iba por Pasto; al Gral. Murgueitio, si por Buenaventura; a Herrera, si por Panamá. Y "El Demócrata", periódico bogotano órgano de la oposición a Bolívar, escribía en su N° 3, de 1 de junio de 1830, un artículo insultante y sarcástico contra el Mariscal Sucre. Decía, además: "Acabamos de ver con asombro, que el General A. J. de Sucre ha salido de Bogotá ejecutando fielmente las órdenes de su amo, cuando no para elevarlo otra vez, a lo me- nos para su propia exaltación, sobre las ruinas de nuestro gobierno". ; Y termina con estas palabras fatídicas, que luego trató de esconder: "Puede ser que Obando haga con Sucre, lo que no hicimos con Bolívar". La prisión casual del guerrillero José Erazo, por el Gral. Pedro A. Herrán, que, asustado, delató a los asesinos del Mariscal: el Coronel Apolinar Morillo, que le trajo cartas de Antonio M. Alva-rez y de José M. Obando, que le instruían sobre el proyectado asesinato. Indicó el escondite de esas cartas que fueron halladas. Morillo fue apresado, y confesó su participación a instigación de Obando. Reveló que los que dispararon al Mariscal fueron Andrés Rodríguez y Juan Cuzco, soldados peruanos, y el indio Juan G. Rodríguez. ¡Los tres habían muerto ya! Dijo Erazo que ni él ni Sarria habían acompañado a los asesinos: pero Morillo dijo que Erazo los contrató y señaló el sitio de la emboscada. Todo esto fue confirmado por Morillo, estando en capilla, el 28 de noviembre de 1842. Apeló a la Corte Superior Marcial, pero ésta confirmó la sentencia de Pasto. Pidió conmutación de pena, pero el Consejo de Gobierno se la negó; el Gral. Pedro Herrán razonó: "Que habiéndose sustraído José M. Obando, por medio de la rebelión y la fuga al Perú, del juicio que se le seguía como autor principal del asesinato del Gral. Sucre, y habiendo sido ejecutado Alvarez, Morillo, como principal ejecutor del crimen, debía sufrir la pena impuesta". Así pues, en la Nueva Granada acusaron a Obando y López los altos jueces, los generales Herrán y Tomás C. de Mosquera; los Drs. Mariano Ospina y Rafael Nuñez y don Miguel Antonio Caro; proceres como José Miguel Pey y José M. Samper, los Drs. Verga-ra, Tovar, Canabal, el Dr. Pérez y Soto. Y por fin el mismo General Francisco de Paula Santander, La inculpación de la mancha por el atentado contra el Mariscal se volvió arma política también en el Ecuador. La usó Pedro Mon-cayo, en 1830, cuando se adhirió a la revolución Chihuahua. Mas luego, en 1843, siendo cónsul del gobierno floreano en Piura, defiende a Flores y acusa duramente a Obando, que se hallaba prófugo en el Perú. A partir de 1845, vuelve a acusar a Flores. Está a la vista que juega con la sangre de la víctima, por conveniencias de partido. Un acusador antifloreano implacable fue el señor Nicolás Augusto González; pero se retractó, manifestando que fue instigado por cierto caudillo de triste recordación, quien le proporcionó documentos de dudosa autenticidad. (BAHN, N° 36 ib. 34) El periodista Víctor L. Vivar reconoció que el General Alfaro aceptó y usufructuó por política, de los odios del Dr. Pedro Mon-cayo; y se diría que aún queda en nuestros días quienes siguen aceptando esa herencia, impermeable a los argumentos y a las evidencias, sin reparar en que con ello arrojan una bochornosa y gratuita mancha sobre el país ecuatoriano. REVISANDO EL TEMA, tenemos: 1. La decisión de eliminar al Mariscal se tomó en Bogotá; ya le habían arrebatado la opción a la presidencia de Colombia, en el Congreso Admirable; ahora querían asegurarse de su victoria antibolivariana, en forma irreversible. 2. Confían la ejecución del crimen a Obando, un enemigo violento y pertinaz de Bolívar y Sucre. 3. Los mueve la oposición a muerte a Bolívar, sus lugartenientes, y su política. Les inspira también el nacionalismo neogranadino. 4. Hay indicios de que Berruecos fue un suceso más en la conspiración compleja contra Bolívar y Sucre, fraguada por Obando y Agustín Gamarra; de la cual otros episodios se dieron en la invasión a Bolivia, y en la insurrección de Pasto, cuando La Mar y Gamarra avanzaban hacia Tarqui. El imaginar que la desaparición de Sucre beneficiaba a Flores es desconocer que el Mariscal Sucre había declarado repetidas veces, con la sinceridad de caballero, que él no pretendía, ni aceptaría, el mando político en el Ecuador. El asesinato de Sucre se perpetró por fines políticos anti-bolivarianos. Se ha tratado de oscurecer la verdad para utilizar la culpa de ese crimen por fines políticos también, en apoyo de partidos herederos de los antibolivarianos de 1830.



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