Las mujeres son las que más fomentan Jel espíritu de anarquía: por este convencimiento hice salir a Manuela Sáen: del territorio del Ecuador". (21-X-1835) Rocafuerte.
En octubre de 1835 retornó Manuela Sáenz y Aizpuru a su patria, después de siete años de ausencia. Venía procedente de Jamaica, a donde había sido desterrada el año anterior por el General Francisco de Paula Santander, Presidente de la Nueva Granada.
Mas llegó en una época de convulsiones política, en las cuales se vio envuelta por la fuerza de las circunstancias: ni ella ni su familia podían ser neutrales; las facciones numerosas en que estaba dividido el Ecuador tampoco la consideraron neutral. Manuela Sáenz tuvo que sufrir en su vida, y en sus sentimientos de mujer patriota, las consecuencias de las contiendas civiles tan violentas de esa década.
El señor Vicente Rocafuerte era Presidente del Ecuador, desde el 8 de agosto de 1835; el General Juan José Flores, jefe militar de Guayaquil; con él se entrevistó Manuela Sáenz en el Puerto, ya que era su viejo amigo desde el año 22, año de la llegada de Bolívar y su ejército a Quito. Manuelita aseguró al General de sus sentimientos pacíficos y de sus intenciones respetuosas ante el gobierno: recibió un salvoconducto y cartas de recomendación para las autoridades; escribió además Flores una carta al Presidente recomendando a su protegida y dándole las seguridades sobre su pacífico comportamiento. Y así se puso en camino hacia la ciudad natal y llegó sin contratiempos a Guaranda.
Parece que no llevaba entonces el propósito de quedarse a residir en Quito: iba sólo de paso con el fin de arreglar sus asuntos económicos tan olvidados y venidos a menos: el arriendo de la hacienda Cataguango; de su almacén y demás propiedades; y a ver los restos de su familia dispersa y perseguida.
Desafortunadamente, caminando más a prisa que ella, llegó al Presidente Rocafuerte la noticia de la llegada y proximidad de la amiga del Libertador. Don Vicente reaccionó con violencia: de inmediato despachó un edecán hacia el sur, con orden perentoria dirigida a todas las autoridades del tránsito para detener y obligar a regresar a Guayaquil a doña Manuela Sáenz, y luego desterrarla del país.
A más de ser rudo el proceder de Rocafuerte ¿fue legal? La Constitución que regía en el Ecuador era la reciente de 1835, en la cual se restringía en extremo al ejecutivo la facultad de desterrar a los ciudadanos.
Art. 63. No puede el Presidente de la República privar a un ecuatoriano de su libertad, imponerle pena, ni expulsarlo del territorio...sin previo consentimiento del Congreso.
Art. 64. En caso de invasión exterior o de conmoción interna que amenace probablemente, el poder ejecutivo podrá ocurrir al Congreso, hallándose reunido, acompañando los informes correspondientes, para que el Congreso le confiera detalladamente las facultades que considere necesarias.
Art. 65. En receso del Congreso, podrá dirigirse al Consejo de Gobierno, el que previa la calificación del peligro, bajo su responsabilidad le concederá en todo o en parte las facultades siguientes:
"...30. La de que a los indicados del crimen de conspiración los pueda arrestar, interrogarlos, poniéndolos dentro de tres días a disposición del juez competente, o los pueda trasladar por un tiempo absolutamente necesario a otro punto de la República, o fuera de ella...".
¿Se siguió este trámite en el caso del destierro de Manuela Sáenz, a quien el Presidente acusaba de conspiradora? Parece que no.
Asegura Rocafuerte que previamente solicitó el parecer de sus tres Ministros y que todos ellos estuvieron de acuerdo en que era indispensable tomar una medida excepcional en bien de la tranquilidad pública.
Esto en realidad no ocurrió así, como lo demostraremos más adelante. La noche del 18 de octubre llegó el edecán a Guaranday comunicó la orden presidencial al corregidor señor Antonio Robe-lli: éste no perdió tiempo: acudió a la casa posada, e intimó, comedidamente por cierto, a doña Manuela la disposición de Rocafuerte. Manuelita se irritó sobremanera y replicó con desenfado que ella no obedecía disposiciones de nadie sino sólo del General en Jefe del ejército, cuyo salvoconducto llevaba consigo; y que no volvería sino arrastrada a viva fuerza.
Robelli no era hombre de violencias, sólo le hizo reflexiones respetuosas, medio asustado de encontrarse él mismo expuesto a la irritación del Presidente en Quito, o a la del General en Jefe del Guayas. Antes de hacer nada, escribió de inmediato al General Flores pidiéndole consejo en tan inesperado caso. Su carta fue con una de Manuelita, que fue llevada por un propio que ella remitió a Guayaquil.
Entre tanto la señora Sáenz avanzó adelante y llegó hasta la hacienda de Sinchig. Mas desde allí la obligó a regresar el corregidor, a la vista de una orden terminante, y por escrito, del ministro del interior González Alminati.
La carta de Robelli es como sigue: "Excmo. Señor,
Aprovechando de la oportunidad de un conductor de ésta, que es un propio que hace la señora Manuela Scien: a V.E., me tomo la libertad de hacerle presente que ayer de noche ha llegado a este lugar un edecán del señor Presidente Ro-cafuerte, con órdenes para todas las autoridades del trayecto para que hagan regresar a dicha señora a la capital del Guayas. Y habiendo yo dado cumplimiento a lo mandado e intimándole que se regrese en el acto, se ha obstinado dicha señora en no querer cumplir con dicha orden, manifestándome una especie de pasaporte ciado por V.E. diciendo que no obedecerá a nadie; sólo a la persona de V.E.; profiriendo palabras muy seductivas y poco decorosas respecto a la persona de V.E. .Como por ejemplo, ha hecho entender que no hace caso ni obedece, exponiendo que así se lo ha dispuesto V.E.
Yo, por mi parte, he tomado las medidas más suaves que merece su sexo, queriendo sólo persuadirla que no se exponga a que se cumpla lo mandado con los rigores de la fuerza. Pero todo es en balde, diciendo que no regresa, si no la llevan arrastrada.
En este concepto dejo a la consideración de V.E. en el estado que me hallo: primeramente mirando a la obediencia y respeto que debo a V.E.; como también al cumplimiento de mis deberes.
En caso que V.E. se digne contestarme, me diga, poco más o menos, cómo arreglarme; favor que le seré agradecido.
ínter, deseo su mejor salud. Mande como a su afino, y s. s. que B.S.M.
Antonio Robelli M.".
La razón que daba Rocafuerte para desterrar a la señora Sáenz era que él estaba persuadido de que ella venía a "reanimar la llama revolucionaria, en venganza de la muerte de su hermano, el General José María Sáenz. Para evitar otro trastorno y otra guerra civil, se veía en la precisión de destérrala ".
Flores recibió muy pesadamente este desaire del Presidente Rocafuerte, —"la negativa de ese pequeño favor"—, como decía —
hasta el punto de romper en parte su amistad y sus relaciones de colaboración, diciéndole que si bien respetaba las órdenes del primer mandatario, lo acontecido le había hecho advertir que. de entonces en adelante, no le convendría hacer recomendación alguna al gobierno, ni prestar sus avisos en ninguna materia, como se lo había solicitado de parte de la Presidencia.
Rocafuerte y su ministro González Alminati multiplicaron las cartas aplacando al resentido General; el cual tuvo que ceder y aconsejar a Manuela que también ella se sometiera a lo inevitable. Demasiado bien sabía Flores que Vicente Rocafuerte era irreductible cuando tomaba decisiones sobre destierros, multas y otros castigos en contra de quienes estimaba que eran sus enemigos políticos o perturbadores del orden público.
Ante los hechos que acabo de referir nos preguntamos:
¿Era en efecto Manuela Sáenz, mujer de influjo político tan eficaz, que podía trastornar el orden, a pesar de haber estado tanto tiempo ausente de su patria?
En las páginas siguientes lo vamos a ver: en sus cartas, y en las que escribía la gente importante de esos años lo vamos a comprobar.
Sin embargo está bien decir desde ahora que la mujer ecuatoriana tuvo notable participación en los aconteceres de esos años, dentro de los diversos partidos: conocemos los nombres de estas damas que escribieron muchas páginas de nuestra historia y expondremos algunos de sus hechos.
MANUELA Y JOSÉ MARÍA SÁEXZ
Dice Rocafuerte que Manuela Sáenz venía con intención de vengar la muerte de su hermano, el General José María, caído o asesinado, en la batalla de Pesillo, el 21 de abril de 1834. La misma razón dio al General Santander, en carta de 10 de noviembre de ese año 35:
"La Manuela Sáenz venía aquí con intenciones-de vengar
la muerte de su hermano, y con ese pretexto hacerse declarar la libertadora del Ecuador. Como es una verdadera loca, la he hecho salir de nuestro territorio, para no pasar por el dolor de hacerla fusilar".
Aparece un hecho singular en esta afirmación de Rocafuerte, porque la invasión dirigida por el General José María Sáenz, en abril del 34, fue contra el gobierno del General Flores. Entonces Rocafuerte era Jefe de los Chihuahuas en la Isla Puna, y hacía también la guerra a Flores. Siendo así las cosas, ¿cómo es posible que el General Flores sea quien apoye, preste dinero, dé salvoconducto a Manuelita, y se moleste por su destierro: y que Rocafuerte, que nada tuvo que ver con la muerte del General Sáenz, interprete que su hermana viene a tomar venganza de esa muerte, haciéndole la revolución a él?
La historia de estos años 34 y 35 está llena de contradicciones.
¿Era verosímil que Manuela Sáenz, en las precarias circunstancias que se han narrado, fuera capaz de hacer tambalear el solio de Rocafuerte. que ni Valdivieso ni las tropas de Barriga conmovieron?
La explicación verdadera de esta intemperancia de Rocafuerte esté quizá en la animadversión profunda de don Vicente para con Simón Bolívar y para cuantos tenían relación cercana con el Libertador.
Tenía un modelo: podía seguir el proceder de Francisco Santander y del General Hilario López, que en la Nueva Granada maltrataron y desterraron sin piedad a la Libertadora del Libertador.
En vista de la intransigente negativa de Rocafuerte el Gral. Flores escribió a Manuelita:
"Guayaquil, octubre 25 de 1835 Sra. Manuela Sáenz
Mi querida amiga. Antes de recibir su apreciable carta, datada en Guayaquil, ya sabía yo, por una que me escribió el señor Rocafuerte, que se había dado la orden de que usted regresara, desatendiendo mi recomendación y mis súplicas. Usted podrá considerar cuál sería mi sorpresa y mi asombro al ver que no se me ha querido dispensar tan pequeño favor. Pero ¿qué remedio? Meta usted la mano en su pecho, y considere que todo lo que yo tengo que hacer en adelante es ser cauto y circunspecto en todas mis acciones, supuesto que se me ha desengañado de que no tengo influjos ni merezco consideración. Si yo resistiera actualmente la orden del gobierno cometería un atentado, comprometería mi reputación, y expondría a los infelices pueblos a sufrir grandes males por vengar la ofensa de un resentimiento particular. Esto no puede ser. La prudencia aconseja ceder a las circunstancias y obedecer al gobierno: resígnese usted. Dios sabe cuál es mi pesar y mi acervo dolor.
Venga, pues. Quizás una carta que posteriormente escribí al señor Rocafuerte podrá hacer retractar su primera orden; si no quiere hacerlo, tendremos paciencia; y yo quedaré muy avergonzado y arrepentido.Su muv fino amigo del corazón, Juan José Flores.
Adición: Soy de parecer que haga usted una representación al gobierno pidiendo que se le permita permanecer aunque sea en Ambato, mientras usted realiza sus cosas; diríjala usted por medio de una posta a Quito. Vale.(AF) ".
No esperaba Rocafuerte la reacción de Flores que equivalía a casi un rompimiento en la amistad política. Así. pues, él y su ministro González se apresuraron a aplacarlo, pero sin ceder en la orden de destierro que habían decretado.
"Quito, 28 de octubre de 1835 "Exorno. Señor General Juan José Flores "....He sentido en el alma la dura necesidad en que nos hemos visto de obrar, como lo hemos hecho con respecto a la señora Manuela Sáenz; pero si usted estuviera aquí, y viera las grandes esperanzas que fundan en su viveza y audacia, usted hubiera sido el primero en aconsejarnos una medida que diera la política y exige la tranquilidad pública. Madame de Stael no era tan perjudicial en París como la Sáenz lo es en Quito, y sin embargo el gran Napoleón que no veía visiones, y estaba acostumbrado a encadenar revoluciones, la desterró de Francia. El Arzobispo Virrey de México desterró de la Capital a la famosa Guerra Rodríguez y desde su destierro le hizo una revolución. Las mujeres (de moral relajada) preciadas de buenas mozas y habituadas a las intrigas del gabinete, son más perjudiciales que un ejército de conspiradores. La gran práctica que usted tiene de los negocios públicos, y el fino tacto que ha adquirido en ellos dan la más alta importancia a sus opiniones políticas y administrativas, y no podrá usted negarlas a la amistad, cuando se las pida. Unidos ambos por los estrechos vínculos de la gloria y de la felicidad pública, se ha hecho imposible entre nosotros toda idea de divorcio y de negativa a la franca comunicación de nuestros sentimientos y modo de pensar. Y así cuando se haya disipado el poco de mal humor, que justamente le ha causado la providencia relativa a la Sáenz, renunciará, en favor de la amistad, a la resolución que ha tomado de no ocuparse ya más de asuntos políticos y financieros. V. Rocafuerte". |