Cap. 01- Cabuyita

Descipción de este artículo: Irritado cuando a gritos lo llamaban por su apodo atrevidos muchachos callejeros, gozando viéndolo rabiar. Era en realidad inofensivo. Ganaba su vida con las dádivas y la venta de grutas talladas en piedras de coral; temibles portadoras de mala suerte según creencia general

¿Quién no lo recuerda? Lo conocí viejo y me parecía que había nacido así. Crecí viéndolo igual y la última vez en la cual tengo su recuerdo estaba como siempre, vencedor del tiempo.

Un sombrero margariteño tirado hacia atrás auroleábale el rostro y con la barba blanca recordaba bien a San José.

Irritado cuando a gritos lo llamaban por su apodo atrevidos muchachos callejeros, gozando viéndolo rabiar. Era en realidad inofensivo. Ganaba su vida con las dádivas y la venta de grutas talladas en piedras de coral; temibles portadoras de mala suerte según creencia general.

Así, de puerta en puerta con su invariable indumentaria; en donde quiera que estuviere estaba siempre en su camino. En una mano la vera y en la otra la gruta o el más temido caracol.

¿En qué esquina del Puerto no tropezábamos con Cabuyita? ¡Si estaba en todas! De cualquier calleja, bajo balcones o ventanas, era él lo primero que topaba la mirada. Si lo dejábamos en el muelle al rato ya estaba en el mercado, y luego más allá en la esquina de la Milanesa, La Romana o la misma Alcantarilla. ¿Cómo hacía? Salvo en la Semana Santa jamás lo vimos deambular por la noche; era cual ánima diurna que esperaba su momento para la siguiente encarnación.

El Puerto era su puerto, allí había llegado como barco en avería y allí esperaba el momento de la nueva orden de zarpar. Así debió ser. Cabuyita no está más en el lugar.



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