Cap. 01- Génesis de un Pueblo

Descipción de este artículo: Así presentimos a Borburata antes del milagro del descubrimiento, cuando sus playas, sus montes y arroyos, y su ensenada de azul profundo no habían sido violadas por pisadas insolentes de hombres que cruzaron océanos para llegar a sus costas, con raros atuendos de hierro, armados con lanzas afiladas y arcabuces que vomitaban fuego y acero para el sometimiento de la raza primitiva

Según las Sagradas Escrituras, antes de la maldad nació la belleza de la tierra, el paisaje de arcoiris sobre las aguas cristalinas de los ríos, de las montañas de verde cautivante, del mar donde el cielo retrata su esplendor en los días luminosos y en las noches con lloviznas de luceros. Primero fue éso y después sería la presencia del hombre como obra sublime de Dios.

Así presentimos a Borburata antes del milagro del descubrimiento, cuando sus playas, sus montes y arroyos, y su ensenada de azul profundo no habían sido violadas por pisadas insolentes de hombres que cruzaron océanos para llegar a sus costas, con raros atuendos de hierro, armados con lanzas afiladas y arcabuces que vomitaban fuego y acero para el sometimiento de la raza primitiva.

Era una llanura con sabor de yodo salinoso desparramada sobre la sabana abrazada a la montaña; con río caudaloso preñado en sus márgenes del rico mineral codicia de reyes y emperadores; del metal precioso que encendía fuegos de oro en la sangre de los aventureros.

Cuando ese río se fugaba de sus cauces, inundaba la llanura y el valle se cubría de colores con la flor de los araguaneyes. La tierra húmeda fertilizaba sus entrañas para la generosa germinación de la semilla, que luego sería tallo y más tarde árbol con jugosos frutos que alimentaban al indio que nació bajo sus sombras. El viento a veces desgarraba sus voces, sobre los pechos desnudos del Hilaria y al desandar sus pasos sobre la playa dormida, se enredaba en los cardones para peinar la suave joroba de los cujíes. La ensenada se poblaba de peces asustados con el aletear de alcatraces, gaviotas, tijeretas y guiriríes.; eran cardúmenes huidizos, pastos seguros de la voracidad de peces grandes: dura ley desde la creación del mundo; la lucha desigual del "fuerte contra el débil".

En los manglares que formaban cadenas en la costa vecina, cuando caía la tarde el canto de las guacharacas se hacían pequeñas al anunciar el silencio de la noche. Las sombras, cuando el sol se ocultaba, -caminaban arrimadas al pie-demonte, quebrando en la penumbra la visión del paisaje. Así era esta porción territorial costeña, hasta el 24 de febrero de 1548, cuando sorpresivamente fue invadida por el colonizador Juan de Villegas cumpliendo órdenes del Gobernador Tolosa, "animado con la esperanza de descubrir algunas minas de oro de que se habían encontrado muestras, en las orillas del río de Borburata".

En su obra "Historia de la Conquista y Población de la Provincia de Venezuela" en el Capítulo VI, José de Oviedo y Baños relata el acontecimiento de la fundación de la ciudad, con todo el ceremonial establecido por los colonizadores para tomar posesión de la tierra: "Juan de Villegas paseándose por la playa de dicho puerto, cogió con sus manos agua salada del mar y la tomó a verter y con espada cortó ramas de árboles que están cerca del dicho puerto y playa, lo cual tomó y aprendió pacíficamente sin contradicción de persona alguna y en la parte donde se tomó dicha posesión se incó una cruz alta de madera en señal de la dicha y la llamó ciudad de NUESTRA SEÑORA DE LA CONCEPCIÓN DE LA BORBURATA"

En esta jornada acompañaron al Teniente General Juan de Villegas, las siguientes personas: "Luis Narváez, Pedro de Alvarez veedor de la Real Hacienda, Pablo Suárez, Alguacil Mayor del Campo, Juan Domínguez, Gonzalo de los Ríos, Sancho Briceño, Hernando del Río, Juan Jiménez, Cristóbal López, Esteban Martínez, Juan de Zamaroa, Miguel Muñoz, Pedro González, Antonio Sarmiento, Juan Sánchez, Luis González de Rivera, Bartolomé Núñez, Juan Sánchez Moreno, Pe- dro de Gómez, Alvaro Vaez, Juan de Escalante, Diego de Escorcha, Antonio Cortéz, Pedro Suárez, Alonso Vale León, Rodrigo Castaño, Juan Díaz Marillan, Jorge Turpí, Vicente Díaz, Francisco de San Juan y otros, hasta el número de ochenta hombres".

El Reverendo Hermano de La Salle Nectario María, relata que todo lo actuado por el fundador fue mero formulismo, ya que inmediatamente regresó apresuradamente al Tocuyo. Por lo tanto, dice el Ilustre Religioso, fue Pedro de Alvarez el poblador, al cumplir órdenes del Gobernador para esta difícil misión. Peralvarez se estableció al principio en el Real de Borburata, donde unos negros enviados por Juan de Villegas a raíz de su primera permanencia en aquel lugar, habían hecho plantaciones y cultivos, en previsión de la llegada de los pobladores.

Entre los primitivos pobladores de Borburata, sin contar a los negros, fueron los siguientes: "Pedro Alvarez o Peralvarez, Virgilio García, Luis de Narváez, Miguel de Barrientes, Diego de Montes, Gonzalo Martel de Ayala, Juan Domínguez Antillano, Pedro de Miranda, Baltazar Fernández, Diego de Lozada, Juan Fernandez de Córdoba, Juan de Ocampo, Alonso Campos, Cristóbal Antillano, Juan Castaño, Alonso Pérez Perasa, Francisco Sánchez, Amador Montero, Rodríguez Pareja, Pedro Rodríguez, Juan de Larios, Pedro Pérez, Juan Giménez (el viejo), Hernando Alonso, Antonio de Barrio y Diego Leal.

Además, llegaron en el grupo los siguientes pobladores: "Juan Giménez (el joven), Pedro González, Liben de Grabe, Ramón de Argañarás, Baltasar Araujo, Sebastián González, Pedro de Torquemada, Juan Sánchez Moreno, Francisco Zaratán, Cristóbal López, Juan de Mora, Luis González, Juan Quin-coces de Llana y Alonso Carvallo".

El día 10 de abril del año 1551, Juan de Villegas personalmente designa el Cabildo de la nueva Ciudad de Borburata, en el asiento donde estaban, conocido hasta entonces como "El Real". La nómina de los integrantes de este Primer Cabildo, es la siguiente: Capitán, Perálvarez y Virgilio García, Alcaldes. Baltazar Fernández, Procurador General.

Miguel Barrientes, Regidor. Diego de Montes, Ídem. Gonzalo Martel de Ayala, Ídem. Juan Domínguez de Antillano, ídem. Alonso Carvallo, idem. Luis Narváez, ídem. Pedro Miranda, idem. Juan de Quincoces de Llana, escribano.

La ciudad, señala Oviedo y Baños, en un principio dio esperanzas de grandes crecimientos, así por las muchas personas que se avecindaron en ella, como por la facilidad con que en el trato de su puerto y algún oro que daban las quebradas, adquirían aumento los caudales. Muchos de sus primeros vecinos fueron fundadores de pueblo; personalidades de alta jerarquía entre ellos Diego de Lozada, Alonso Díaz Moreno, Juan de Villegas, Pedro de Alvarez, Vicente Díaz, Juan de Castellanos, Arias de Villasinda y Juan Fernández de León se cobijaron bajo los aleros familiares y acogedores de la Borburata.

Nunca imaginó Juan de Villegas, que aquella misión de fundar ciudad en la costa estratégica de la provincia, le proporcionaría el inmenso placer de disfrutar junto con sus ochenta camaradas de aventuras, los paisajes más cautivantes de tierra firme, como lo describiera uno de los escribanos de esta histórica expedición: "faldeando serranías por la orilla de los llanos, siempre al este, llegamos a reconocer las riberas de la gran laguna de Tacarigua, hermoso lago, que en un. ameno valle, a sesenta leguas del Tocuyo, retirado siete del mar la tierra adentro, tan profundo que a corta distancia de sus orillas no hay sonda que descubra el fondo de sus aguas; sus márgenes en toda su circunferencia son alegres, vistosas y deleitables, pobladas de frescas arboledas y de varia multitud de diversas aves; adornan su hermosura algunas islas y entre ellas dos que tienen más de legua y media de bojeo, abundantes todas de báquiros, paujíes, guacharacas, patos y otras diferentes especies para el entretenimiento de la caza".

Describió el cronista fundador, el descenso de la serranía a la costa para encontrarse a la Borburata frente al mar: "en ese sitio pareció más acertado el poblarse, así para lograr la hermosura de aquel puerto, capaz de con deshaogo para más de cien navios, seguros de todos los vientos,, y tan formidables, que con planchas pueden descargar en tierra, como por haber hallado en las quebradas del contorno algunos granos de oro tan fino, que pesaban de veinte y tres quilates en su ensayo: cosa para que animados todos con la esperanza de la riqueza que prometía aquel principio, se determinase, por parecer común, a ejecutar la población en aquel puerto".

Casas, Iglesia, Cabildo y Plaza Mayor surgieron del suelo generoso en la explanada costera media legua adentro. Serían después las vegas a orillas del río cultivadas por manos esclavas que llegaron del África en las sentinas de los barcos negreros. Primero fue ciudad, luego pueblo y más tarde ruinas.

Para el autor de la Historia de la Conquista y Población de la Provincia de Venezuela, el desamparo de esta ciudad a partir de 1568 cuando gobernaba Don Pedro Ponce de León, lo motivó "la continuación con que los piratas dieron en molestarla por estar situada a la lumbre del agua y sin algún reparo para su defensa. Sus vecinos, por verse libres de sustos tan repetidos la abandonaron del todo dejándola despoblada".

En las ingratas experiencias adquiridas en aquellos angustiosos años, los pobladores recordaban con pánico, los diez y ocho días de permanencia en Borburata de Lope de Aguirre y sus sanguinarios marañones.



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