Cap. 01- La ciudad Militar

Descipción de este artículo: Cual galeras ancladas, según el señalamiento de Felipe II a los constructores, debían ser las fortalezas del Imperio; su antecesor, Carlos V, estableció en algunas Capitulaciones (l) la obligatoriedad de construir defensas que aseguraran la normal permanencia de los españoles en sus tareas colonizadoras de Costa Firme

Cual galeras ancladas, según el señalamiento de Felipe II a los constructores, debían ser las fortalezas del Imperio; su antecesor, Carlos V, estableció en algunas Capitulaciones (l) la obligatoriedad de construir defensas que aseguraran la normal permanencia de los españoles en sus tareas colonizadoras de Costa Firme.

Simultáneos a los poblamientos y tomando en cuenta fundamentalmente los sitios de acceso natural, surgen en la extensa área Caribe los muros que protegerán las actividades de la explotación de perlas, o las entradas a capturar esclavos indígenas, o el incipiente comercio. El actual Oriente venezolano es el núcleo de las primeras fortalezas coloniales.

En la construcción coadyuvaron siempre los particulares. Inicialmente la Corona careció de los recursos necesarios para emprender obras de defensa que garantizaran la tranquila posesión de sus colonias. En el mar Caribe se libró desde los comienzos de la Colonización, la cruenta lucha de las potencias rivales. Aún sin ponerse de manifiesto la posibilidad de expediciones invasoras, durante los siglos XVI y XVII son corsarios y piratas los encargados de hostilizar a España en el centro mismo de su poderío americano. Y es el afán de protección contra la belicosidad de Inglaterra, Francia y posteriormente los Países Bajos, motivo que impulsa a los constructores hispanos.

La pesca de perlas, el tráfico de esclavos, el descubrimiento y explotación de minas, desarrollan entre los núcleos urbanos y de éstos con la Metrópoli, un comercio que hace indispensable resguardar sitios claves de la costa, capaces de permitir abrigo a naves que realizan el trato comercial. El tráfico ilícito de los colonos con los extranjeros, obligó igualmente al Estado español a construir fuertes y defensas. Y cuando la guerra entre potencias reviste la fase de grandes expediciones en búsqueda de puntos de apoyo en territorio de Costa Firme, que permitan colonizar y comerciar al extranjero invasor, la construcción de fortalezas cobra auge definitivo y lias costas son una cadena defensiva que abarca desde Araya, Cumaná, Nueva Barcelona, La Guaira, Puerto Cabello, los fuertes de la barra del Lago de Maracaibo, hasta la plaza de Cartagena de Indias.

El primer fuerte de Costa Firme es construido por el Capitán Jácome de Castellón en la desembocadura del río Manzanares; esta fortaleza, "... única de tipo agresivo que España edificó en tierras de América, ya que fue hecha para dominar la tierra y garantizar el suministro de agua a los vecinos de la cercana isla", (2) comienza a construirse a finales del año 1522 y se concluye en mayo de 1523; en el mes de septiembre de 1530 es destruida por un terremoto, y a pesar de su inmediata reconstrucción, termina sus funciones con el despoblamiento de Cubagua. La isla de las perlas queda sola ante los ataques continuos de piratas franceses e indios caribes, al ser destruida Nueva Cádiz por el maremoto de 1531, y fundamentalmente por cambiarse el polo de explotación perlífera a Occidente, en los placeres del Cabo de La Vela y Riohacha. En Cumaná se edifica un fuerte, "para defender a la ciudad de los ataques de franceses, ingleses y caribes" (3), en el año de 1574. Un siglo después (1674) era terminada la fortaleza de Santa María de la Cabeza. Para el año de 1681 funcionaba igualmente el castillo de San Antonio.

En 1583 se construye en La Asunción, Isla de Margarita, el fuerte de San Juan. Dominando la bahía de Pampatar, en La Garanta, se ordenó construir en 1586 el fuerte de Santiago, destruido por el holandés Beduino Enrico en 1626. En el mismo lugar donde hoy se alza el fuerte de Santa Rosa (La Asunción) se construyó en 1612 el Castillo de San Bernardo.

Durante el siglo XVII La Guaira tuvo fama de ser el puerto mejor defendido de Costa Firme; sin embargo, abundan los informes al Rey señalando la incapacidad de las-fortificacio-nes. Las obras comenzaron en 1601, en pleno apogeo de las actividades piráticas, construyéndose la Fuerza de Santiago; en 1631 se edificó La Plataforma, artillada con seis cañones; ambas obras fueron destruidas por el terremoto de 1641 (4).

En este mismo siglo se edifican en la costa oriental otras defensas: en 1662, con planos del ingeniero Don Juan Betín, se inicia el San Carlos Borromeo, en Pampatar; el fuerte de Santa Rosa, se construye entre 1660 y 1682; ordenado por Real Cédula del 31 de marzo de 1622 y bajo el proyecto del Ingeniero Don Cristóbal de Roda, comienza a construirse dos años después el fuerte de Santiago de Arroyo de las Salinas de Araya (Castillo de Santiago o de la Real Fuerza de Araya), cuya dirección estuvo encomendada a varios ingenieros (Juan Bautista Antonelli —entre 1622 y 1631—, Bartolomé Prenelete —1660—), concluyéndose la obra en 1665. En la barra del Lago de Maracaibo (Provincia de Mérida y La Grita), por Real Cédula del 6 de julio de 1676, Carlos II ordena fortificaciones; entre febrero de 1679 y junio de 1681, el Ingeniero Militar Francisco Ficardo construyó el Castillo de San Carlos, en el mismo lugar donde se encontraba el de Barra Grande, arruinado por Grammont en 1678. Entre los años 1680 y 1681, Ficardo dirige también las obras del Castillo de Santa Rosa de Zapara; posteriormente, en la segunda década del siglo XVIII, se edifica en la isla el castillo de Nuestra Señora del Carmen. El conjunto de defensas de la Barra de Maracaibo, se completó con el Reducto de Santa Cruz de Paijana (1715-1717).

En el último cuarto del siglo XVII se construyen los castillos de Guayana. Llega a su fin el siglo de la piratería y el filibusterismo, que causaron notables daños y depredaciones en la costa y el interior del actual territorio venezolano (5).

Con la proscripción de piratas y filibusteros y el establecimiento de una nueva dinastía que concierta la paz con Francia, el principal enemigo es Inglaterra, potencia que empleará la estrategia del envío de grandes expediciones navales, capaces de ocupar sitios claves del territorio y establecer en ellos puntos de apoyo a futuras colonizaciones. Los holandeses se habían asimilado lentamente y sin violencia a través del comercio ilícito, (6) y si aún a principios del siglo XVIII se hace necesario destruir sus rancherías en Tucacas y las bocas del Río Yaracuy, "donde andaban con tanta libertad como si estuvieran en sus propios dominios", (7) no constituyeron grave peligro para la integridad del territorio.

Felipe V impulsa y organiza el comercio con las provincias ultramarinas y dará a los vascos el predominio monopolístico de tal comercio. Durante los años 1720 y 1721, Don Pedro José de Olavarriaga, por las facilidades que le proporciona su cargo de Juez de Comisos, recorre minuciosamente la costa realizando inventarios de haciendas de cacao y las posibilidades de extensión de estos cultivos; en 18 meses logra un completo informe que servirá posteriormente a la creación de la Compañía Guipuzcoana.

En la "Instrucción" dirigida a la Corona, Olavarriaga plantea la necesidad de fortificar a Puerto Cabello y la desembocadura del Río Yaracuy, mejorando las obras de La Guaira. Asesorado por el Ingeniero Juan Amador Courten, quien pasará a ser el primer urbanista de Puerto Cabello, presentan planos y proyectos sobre las futuras fortificaciones.

A pesar de ser La Guaira la puerta de salida de los frutos de la provincia y lugar de arribo de los navios de registro, y para la época el único puerto guarnecido, Olavarriaga desdeña su importancia, y con una intuición característica en su persona, reconoce expresamente las condiciones naturales de Puerto Cabello (8). Y lo pondera al extremo de insistir constantemente en toda su "Instrucción". Pero lo importante no son únicamente sus condiciones naturales, sino el hecho de producir los valles cercanos ya para esa época la mayor parte del cacao de la provincia, y ser acaparados los frutos por comerciantes holandeses. El objetivo es económico, y el informe de Olavarriaga es el primer estudio hecho en Costa Firme, previo al establecimiento de una explotación comercial. Las construcciones iniciales del puerto serán para almacenar cacao y proteger el tráfico del fruto: hasta parte de las bóvedas delCastillo San Felipe son construidas previendo tal situación.

Las razones que según Olavarriaga obligan a fortalecer Puerto Cabello, se mantendrán vigentes en todo el siglo XVin. "La primera razón —señala— es la importancia y precisa necesidad de fortalecer esta costa, por deberse mirar como una llave de estas Indias, y por ser hoy cercadas de extranjeros"; (9) ubica seguidamente a los franceses en las islas de Marigalanta, Dominica, Martinica, Santa Lucía, San Vicente, Granada, Guadalupe, Santa Cruz y una parte de la isla Española; a los ingleses en Jamaica, Barbados, Anguilla, Antigua, Monserrate, San Cristóbal, Bermudas y Nieves; a los holandeses en las islas de San Eustaquio, Sava, Curazao, Aruba, Bonaire y sobre la costa a barlovento de la desembocadura del Orinoco, a Surinam; los daneses en las islas de San Thomas y Cayos de San Juan. No resultaba difícil prever tales establecimientos cual puntos de apoyo a futuras incursiones en territorios de Costa Firme.

Refugio de navios comerciales y corsarios aliados, lugar de obligada referencia para invernar esperando la mejor época del regreso a España, es la segunda razón que aduce Olavarriaga. El tercer aspecto se diluye en otro no menos importante: Puerto Cabello se halla, con poca diferencia, en el medio de la provincia y esta medianía le permite cubrir todos los puntos de la costa; Puerto'Cabello comunica con valles cacaoteros donde 795.500 árboles están en plena producción; además centraliza el tráfico de los valles de Morón, Nirgua, San Felipe, Barquisimeto, Ocumare, Tu-riamo, grandes productores de frutos comerciables; y ofrece facilidades por la calidad de su terreno y la amplitud de su bahía, para reparar y construir embarcaciones y los materiales son tan comunes para edificar, que sólo se necesita la mano de obra: piedras para cal, rocas de cantería, maderas y buena tierra para hacer ladrillos.

Estas máximas para fortificar Puerto Cabello, serán sostenidas por todos los ingenieros encargados de construirlo y quienes visitan la plaza con la misión de informar sobre sus defensas. La llave de toda la provincia, el puerto más importante del Continente, es llamado en forma definitiva; y se fortifica ante las urgencias de la guerra con los ingleses y el temor perenne de que el extranjero se posesione del puerto y controle la provincia y el importante comercio en perspectivas.

El plan de fortificaciones propuesto por Olavarriaga-Courten escoge acertadamente la llamada banda Sur, especie de islote que limitaba al Norte con la boca del puerto y cual península se unía por el Meridión con tierra firme. Olavarriaga argumentaba a favor de fortalecer el punto propuesto, que desde allí registraba igualmente toda la costa y podía controlarse fácilmente la entrada de cualquier navio; que el paraje era un bajo circunvalado por el mar y por ello estratégicamente más ventajoso. Importante, además, es que en la península de Punta Brava no había agua potable y la única forma de proveerla era con artificios costosos, mientras que el río San Esteban llegaba perfectamente hasta el costado mismo de la fortificación propuesta sobre la banda Sur; "... en fin —dice— que la mayor razón que obliga a fortalecer es el comercio, y que no conviene que el dicho comercio se haga de una parte y que un fuerte que lo asegura y defienda sea de la otra; al contrario que en esta situación todo el comercio se hace en el fuerte mismo". Tan acertada resultará la visión de los proyectistas, que el tiempo se encargará de darles la razón y el costo en caudales y sacrificios que en todo momento tendrá la plaza de Puerto Cabello, es interrogante sobre las causas que obligaron al Rey a desechar tan eficaz proyecto.

El 4 de septiembre de 1730, luego de siete años ausente, regresó Olavarriaga con los primeros barcos de la Compañía Guipuzcoana; la fragata San Ignacio de Loyola —a cuyo bordo hizo el viaje desde España en compañía de Don Sebastián García de La Torre, nuevo Gobernador y Capitán General—, el San Joaquín y La Guipuzcoana, habían zarpado del puerto de Pasajes en el mar Cantábrico y conducían la plana mayor de la empresa vasca. Don Pedro José de Olavarriaga, con el alto cargo de Director General de la Compañía, inicia de inmediato la transformación de Puerto Cabello, realizando así la meta trazada al escribir su "Instrucción". La Guipuzcoana debe a su tesón e inciatíva gran parte de su existencia y Puerto Cabello tiene en tan notable personaje a su verdadero fundador.

Las fortificaciones estarán a cargo de su amigo y asesor, Ingeniero en Segundo, Don Juan Amador Courten. Mucha importancia debió conceder la Corona al proyecto de defensas, que seleccionó a Courten, designado Ingeniero-director de los trabajos a realizarse en el presidio de El Callao (Perú), para dirigir, administrar y organizar las obras, con el cargo de Director, grado de Capitán de Infantería y sueldo anual de 1.500 pesos (10). El 13 de junio de 1732 recibe Courten el nombramiento y de inmediato se traslada a cumplir, llegando a Puerto Cabello en septiembre del mismo año. El Rey le concedió facultades ilimitadas, al extremo de expedir Real Cédula en Sevilla, fechada 20 de junio de 1732, mediante la cual ordenaba prestar la mayor colaboración al Ingeniero-Director en el desempeño de sus labores, y prevenía al Gobernador de la Provincia —cosa excepcional— que si por vacante suya recaía el gobierno en los Alcaldes Ordinarios de Caracas, el Capitán Courten mantenía el comando de Puerto Cabello y la dirección de las obras, hasta la designación del nuevo Gobernador (ll).

No del todo convencido debió Courten abandonar su inicial proyecto de fortificar la banda Sur y cumplir la disposición real de construir el fuerte de San Felipe (llamado así en homenaje al monarca reinante Felipe V), en el lugar definitivo que hoy ocupan sus ruinas. Privó a no dudar, la concepción de edificar con la única finalidad de proteger la entrada del puerto. En los años siguientes todas las defensas servirán esta idea y las obras iniciales se levantarán sobre la llamada Península de Punta Brava.

FJ sitio escogido para la construcción del San Felipe reúne las condiciones exigidas en este tipo de fortificación, concebida cual unidad autónoma e independiente de defensa. Por tener el puerto la entrada hacia Occidente, los barcos debían necesariamente ser impulsados por los Alisios, llamados brisas, y enrumbarse en dirección Este-Oeste por entre los canales de isla Larga, de Flamencos (del medio), Alcatraz y del Rey (Borburata) y bordeando el arrecife de Punta Brava, virar a babor con indudable dificultad; una vez en bahía aguardaban para entrar al puerto los vientos terrales que soplan después del atardecer, o el llamado Vendaval, que ocasionalmente bate desde Occidente; si se trataba de naves enemigas, que mientras maniobraban medían sus fuegos con las defensas, debemos suponer la imposibilidad de entrar al puerto: en siglo y medio, ningún velero enemigo logró hacerlo. El castillo, construido en dirección Este-Oeste, cubría la ruta de cualquier navio que despuntara frente a Borburata y dominaba su trayectoria hasta la bahía. La construcción del San Felipe, a pesar de su alto costo —llegó a costar 300.000 pesos— ahorró notables gastos adicionales a la Corona y sirvió dé temible guardián de la futura urbe.

Ordenada su construcción por Real Cédula del 20 de junio de 1732, sólo comienza a edificarse a principios del año siguiente. En el Plano General de los Contomos de Puerto Cabello que Courten elabora en septiembre de 1733 no aparece señalado, pero se fecha en "San Phelipe de Puerto Cabello". En otro plano del puerto y sus alrededores, sin fecha pero indudablemente de finales del mismo año, aparece la planta del fuerte con el diseño original de Courten, y en las inmediaciones —el Carenero, parte oriental de la porción de tierra que sirvió de asiento a la obra— se ubica el primer almacén de la Compañía Guipuzcoana. No aparecen construcciones en la banda Sur en el primero de los planos; en el segundo, hay ocho edificaciones en el futuro Puente Dentro, y una en el sitio que posteriormente se denominará El Arrabal (12).

El 8 de enero de 1733, Juan Amador Courten aclara ante la Corte las disposiciones que le han sido señaladas en la construcción del fuerte de San Felipe (13). FJ 26 de abril del mismo año, remite a España planos e informes del adelanto de las construcciones. El proyecto inicial tenía sesenta toesas (14) de largo y por razones del mucho fondo del flanco Nordoriental que debía construirse sobre aguas de la llamada Laguna, se reduce el proyecto a cincuenta toesas, que será su longitud definitiva. En tal informe, el ingeniero optimista supone tener concluida la obra en dos años. Allí señala: "... algunos particulares se alistan para empezar a fundar" (15).

El primero de septiembre de 1734, es enviado a España el Plan General de las obras del Fuerte de San Phelipe de Puerto Cavello, (Apéndice Documental N° l) de gran interés para determinar la estructura definitiva de la obra. El diseño, un pentágono, mantiene la característica poligonal de las fortalezas españolas. Dos bastiones, el del Rey y el de la Reina, miran al frente oriental, bordeando _la puerta de entrada, con puente levadizo. Dos medios bastiones, situados donde posteriormente quedarán las llamadas baterías redondas, contempla el proyecto: son los del Príncipe y del Infante. Múltiples bóvedas debajo de los terraplenes, para almacenar mercancías y pertrechos. La iglesia, de regular tamaño, en el centro, parte oeste del plano, enfila a la puerta de entrada; flanquean esta construcción los cuarteles de Infantería de Santiago por el Sur, y el de San Fernando, en el lado opuesto.

Frente al Cuartel de Santiago y al centro del patio de armas, algunas edificaciones: la Casa del Castellano y la Contaduría, formando un solo cuerpo, y el pabellón de oficiales. En el exterior del fuerte, el flaco Nord-occidental era redondeado; por este flanco y el Sur-oriental, esto es, la cara que daba a la entrada del puerto, tenía foso y camino cubierto.

Junto a Courten trabajaron en la obra, a comienzos del año 1734, los ingenieros Don Vicente Ignacio González, D. Pedro Ruiz de Olano y D. Antonio Jordán.

Hasta el I-K-1734, se habían concluido el Cuartel de Santiago, la casa del Castellano, la Contaduría, los cimientos del Cuartel de San Fernando y parte del pabellón de oficiales.

Sin que se conozcan las causas, (16) a comienzos del año 1735 Juan Amador Courten se separa de las obras y marcha a España. Por Real Cédula fechada en Buen Retiro el 17 de diciembre de ese año, es nombrado el Ingeniero D. Juan GayangoB Lascaría para ocupar la dirección de los trabajos.

Gayangos modifica parcialmente el plano original. En los veintiséis años que permanece en Costa Firme —había llegado en la segunda mitad del año 1736 hasta su muerte en 1762— será el verdadero constructor de la mayor parte de las defensas coloniales del país.

La construcción del San Felipe encontró inconvenientes de tipo técnico, superados progresivamente. El principal problema consistió en levantar el lienzo de muralla del flanco Noreste de la obra, el cual debía fundarse sobr.e La Laguna, a dos pies de profundidad. Este inconveniente exigió varios proyectos, adoptándose finalmente una fundación de cajones sobre pilotaje y un cascajo compuesto de piedras y ripios de toda calidad, arena, arcilla, formando "un cuerpo como el mejor terreno (...) que no se le iguala a la mejor peña", según la opinión de Gayangos (17). Buena parte de la construcción debió sustentarse sobre emparrillado. Los materiales se tomaron de los alrededores de la obra. La cantería para labrar y fundar fue tomada durante Courten en las playas circundantes al fuerte, pero Gayangos prefirió transportarla desde las islas de Alcatraz y Aves (del Medio). La cal fue producida en el sitio de las construcciones, mediante la quema de estas piedras en barbacoas. Se desechó el uso del ladrillo y adobes, dada la poca consistencia que presentaban al salitre. Las maderas fueron cortadas en las montañas de Valle Seco, al Sur. Al pie del cerro de las Vigías (llamado de San Esteban) en el plano de 1733 elaborado por Courten, se señalan hornos de cal y canteras, pero el tipo de piedra allí extraído no fue utilizado en la construcción del fuerte.

La principal modificación efectuada por Gayangos consistió en proyectar y construir la llamada Plataforma de San Felipe, situada en el ángulo más occidental de la obra, enfilando directamente la puerta de entrada. Esta plataforma, por su altura y capacidad de artillería, constituyó el fundamental baluarte de todas las defensas. Sus fuegos cubrían el sitio denominado El Conchai, donde anclaban las embarcaciones en espera de vientos propicios para entrar al puerto. Debajo de la Plataforma se construyó una cisterna abovedada para aljibe del fuerte, la cual nunca sirvió plenamente al objeto señalado por las filtraciones que presentó su estructura.

El 22 de octubre de 1739, tres navios ingleses bajo el mando del Capitán Waterhouse, cañonean las fortificaciones de La Guaira, y la noticia conocida en Puerto Cabello dos días después, coloca en estado de defensa por vez primera al San Felipe. De la relación que con fecha 15 de noviembre de ese año envía Gayangos acompañando planos de la fortificación, se puede colegir que la misma se encontraba prácticamente concluida y en capacidad, como lo demostró, de defenderse y evitar la entrada a cualquier buque enemigo. En la oportunidad, hasta el cuerpo exterior de la obra, integrado por el camino cubierto, el foso y la contraescarpa, estaba en funcionamiento. Así el castillo de San Felipe cobra estructura definitiva en 1740 (18). El agregado más importante fue el llamado hornaveque, muro almenado que salía del fuerte por el flanco occidental y cubría parte de la avenida de Punta Brava: su construcción fue comenzada en 1763.

Todas las obras defensivas que se construirán posteriormente en Puerto Cabello, tendrán por finalidad flanquear al castillo y propiciar una defensa escalonada. Los ruegos de su flanco oriental, con los bastiones del Rey y de la Reina, cubrían hasta el Puerto de Borburata, y con las baterías del medio bastión del Príncipe, las islas frente al puerto y todo el arrecife de coral que unía a Punta Brava; por el Sureste, las baterías de a 24 alcanzaban hasta el cerro del Trincherón. El medio bastión del Infante, por el Sur, no sólo cubría la entrada del puerto, sino la playa donde desembocaba el río San Esteban y hasta el pie del cerro de las Vigías. Con la plataforma de San Felipe se dominaba la ensenada hasta isla de Goaigoaza y se cubría de flanco cualquier navio que lograra burlar las defensas de Punta Brava. Obra fundamental en la defensa de Puerto Cabello, su importancia y modelo no es competido por ninguna otra fortificación de Costa Firme.

"Novecientos pasos al Septentrión del castillo, en el codo que hace el arrecife que viene de Borburata y Punta Brava, está situada una batería de diez y seis cañones, hecha sobre el arrecife de fagina y tierra con foso de agua por aquella avenida y bañada por el mar del puerto y de afuera, dejando sólo a seco la comunicación con el castillo..." (19). En 1764, según la descripción de Don Joseph Solano, Gobernador de la Provincia de Caracas, así era la batería de Punta Brava. En 1740 comenzó a construirse, siempre con carácter provisional, lo cual obligó a permanentes reparaciones, ya que su ubicación y consistencia la hacían susceptible de fácil deterioro. La obra resultaba fundamental para el cierre del cantil de corales que comunicaba con el puerto de Borburata, y por donde el castillo tenía su más cómodo ataque. Pero no sólo flanqueaba las defensas del San Felipe, sino que también era fundamental para proteger la entrada al puerto, dadas las circunstanciáis ya anotadas de que las naves debían necesariamente rendir sus bordos en Punta Brava antes de aproximarse a la ensenada. Los buques enemigos recibían de esta batería fuegos rasantes, más efectivos que los del mismo castillo. Tenía a su favor el violento choque de las olas contra el arrecife donde estaba fundada, lo cual impedía cualquier intento de desembarco mediante lanchas y la precisión de los fuegos en navios atacantes. El Conde de Roncaly en 1766 la encontró en tan mal estado que ordenó su destrucción, sin ser llevada a cabo; sus instalaciones fueron dañadas por el temporal que azotó las costas en octubre de 1780. Tenía cuerpo de guardia para tropa y oficialidad. En 1763 se abrió un foso en la franja de tierra que mira al castillo para facilitar su defensa incomunicándola; sobre el foso se construyó un puente levadizo.

La batería de Punta Brava siempre se mantuvo a barbeta; las disposiciones para mejorarla, en el sentido de construirle merlones y troneras, nunca fueron puestas en práctica.

Anexos al castillo funcionaron talleres de herrería y según las épocas se establecieron baterías complementarias en los puntos débiles del islote donde estaban ias defensas descritas. Las baterías más importantes fueron: El Caballero, en forma de herradura, en el flanco Sureste del castillo; El Carenero, que defendía el puerto principal del islote y protegía los barcos allí reparados; la de San Carlos, también llamada del Campo Santo o de La Puntilla, según las épocas, situada en el cementerio, parte Sur del castillo, defendía con fuegos rasantes la entrada o canal del puerto. Por último, la batería de San Sebastián, de ocho cañones enfilados hacia el mar, en el espacio entre el castillo y Punta Brava, cuyos fuegos rasantes ofendían las naves que pudieran burlar esta última. Las mencionadas defensas eran de fagina y sólo la de San Carlos fue complementada con hormigón, siempre a barbeta.

Para 1743 reciben las fortificaciones su bautismo de fuego. Una escuadra inglesa compuesta de veintidós buques y comandada por el Comodoro Charles Knowles, que el 2 del mes de marzo del mismo año había atacado infructuosamente el puerto de La Guaira, se presentó frente a las defensas porteñas. Desde el 26 de abril hasta el 6 de mayo, se resisten los fuegos de los navios ingleses. La tenacidad de los defensores y la fortaleza del castillo, dan al traste con las aspiraciones de la escuadra. El Diario llevado por un oficial inglés que combatió a bordo del "Burford" y documentos y Diarios de los defensores (20), sirven de inventario de los fuertes existentes en la época del ataque inglés: Punta Brava, convertida en clave de las defensas, con quince cañones; San José, donde luego será el hornabeque, batería de fagina con ocho piezas; el Castillo San Felipe, que resulta con daños de consideración, pero demuestra la resistencia de sus muros y su efectividad; en la banda de tierra firme tres baterías, de carácter provisional, sin actuación alguna en el combate, ya que ningún navio logró pasar de las inmediaciones del castillo; una batería provisional en las cercanías de Punta Brava, que aparece con el nombre de La Concepción, y por último, la cortadura sobre el camino que conduce a Borburata por la orilla del cerro de Santa Lucía, y que posteriormente se denominará del Trincherón.

Durante veinte años —1743 a 1763— no se construyen defensas notables en Puerto Cabello. La ciudad crece, el llamado arrabal alcanza proporciones mayores al islote o Puente Dentro. Se efectúan reparaciones de mantenimiento en el castillo y defensas anexas. En la banda de tierra firme, en el atracadero llamado la Concepción, se construye en 1763 una batería de fagina que será desde entonces distinguida con el nombre "Nuestra Señora del Coro" (21), popularizada como El Corito; se comienza simultáneamente a echar las bases del Hornabeque del castillo, se abre y canaliza el foso que divide el islote (Puente Dentro) del resto de tierra firme (Puente Afuera) y se protege con una trinchera artillada. En carta acompañada de planos que el Gobernador D. Joseph Solano envía el 10 de julio de 1764 a la Corté (Apéndice documental N° 2) cumpliendo expresas disposiciones y en obediencia a Real Orden del 4 de octubre de 1763, se señalan las obras existentes y se planifican las futuras construcciones defensivas. Solano encuentra el San Felipe débil en sus murallas, la cisterna sin agua y sólo veintiocho cañones en función, a pesar de que la fortaleza tenía capacidad para setenta; propone la construcción de casamatas o bóvedas a prueba de bombas para aumentar la protección de los defensores. La batería de Punta Brava la halla dotada de dieciséis cañones; la de San Carlos, con seis; la del Coro, con seis piezas; la de San Sebastián —antigua San José— con ocho cañones; todas estas defensas, exceptuado el castillo, construidas de fagina y tierra, con un forro de encañado, mezcla de barro y paja, de ninguna resistencia y fácilmente deteriorable por las lluvias.

El parecer del Gobernador es que tales fortificaciones dejaban muy expuesto a Puerto Cabello. "La debilidad del castillo —señalaba— la calidad de las baterías, el poco número de defensores que allí encuentra el enemigo —sólo 1.500 hombres— apenas podrían evitar un golpe de mano y entretener el enemigo". Lo importante de su análisis, desde nuestro punto de vista, es que ya en este período se toma en cuenta que el objetivo no podía ser únicamente la protección de la entrada o boca del puerto, sino que se hacía indispensable fortalecer la banda Sur o de tierra firme, garantizar el suministro de agua del Río San Esteban mediante canales subterráneos que el mismo Solano hace construir, y sobre todo fortificar el Cerro de las Vigías para defender inicialmente el río, "aunque no lo es menos para este fin", según señalaba el Gobernador.

Para realizar las fortificaciones de Puerto Cabello y dirigir las de La Guaira, llega a la Provincia el 25 de enero de 1766 el ingeniero Conde de Roncaly, a cuyos proyectos y dirección se deberán durante los años de 1766 a 1770 la construcción de las obras del llamado Puente Dentro, con el tiempo punto clave de las defensas porteñas; y los fuertes de la montaña, de vital importancia en el escalonamiento defensivo de la parte Sur y obstáculos para evitar los trabajos de sitio contra la ciudad. En un Plano de Puerto Cabello y sus Contornos (22), firmado en Caracas el 28 de julio de 1766 conjuntamente por D. Joseph Solano y el Conde de Roncaly, aparecen los siguientes detalles: el hornabeque del castillo, en construcción; el trazado de la acequia subterránea y sus lugares de reparto; la cortadura del cerro de las Vigías, en el punto donde aún permanece; y en lugar del futuro Mirador Solano, una batería de cuatro cañones para defender la cortadura del cerro. Se propone en el señalado plano un proyecto de fortificación de Puente Dentro, abarcando gran porción de manglares al Naciente de la ciudad.

Pero por escasez de caudales o rapidez en su ejecución, las obras se harán siguiendo la estructura provisional que Roncaly encuentra a su llegada. La ciudadela comenzará formalmente por El Corito, en el sitio de las baterías del mismo nombre; el fuerte se construirá sobre una plataforma elevada, a los fines de evitar las altas mareas, fundamentada con todas las normas de ingeniería militar, sobre bases de pilotaje y remate de manipostería; en 1768 se comienza y concluye la obra. La disposición de sus fuegos Tesantes se cruzaban con los de la parte Sur del castillo y los de la batería San Carlos, integrando la llave del puerto para impedir la entrada de cualquier buque o que pudiera flanquearse el Castillo (23).

El Corito presenta en los planos forma oval y se ubica en la parte Ñor-occidental de la ciudadela. Mediante riostras y estacas clavadas en el fondo marino, protegíase de la posibilidad de un golpe de mano o asalto directo desde el mar.

Con la finalidad de evitar que las baterías del Coro fueran tomadas por la espalda, a todo lo largo del foso se construyó en 1788 el llamado frente de La Estacada (24).

En ese mismo año se termina el medio baluarte de El Príncipe, en el ángulo Sur-occidental de la ciudadela; partiendo desde allí, con trescientas varas de longitud y hacia el Naciente, se prolongó una cortina atronerada para cañones y banqueta corrida para fuegos de fusilería, hasta una obra fundada directamente sobre anegadizo, previamente cegado con arena pisoneada y en una altura suficiente para evitar los estragos de las mareas, que se denominará inicialmente batería del mangle, y una vez construida más sólida como baluarte, La Princesa. Este frente así artillado y con los señalados baluartes en sus extremos, cerraba la ciudad interior, dividida del llamado arrabal, por el foso que de seis pies profundo unía el mar del puerto con el de la bahía; la única comunicación entre las dos porciones de la ciudad, fue el puente levadizo llamado también de La Estacada. Los baluartes del Príncipe y de La Princesa llegaron a tener cuarteles para tropas y oficiales, depósito de armas, cocinas y despensas, lo que hacía de ellos unidades autónomas de defensa dentro del contexto general de la ciudadela.

El objetivo de la muralla a barbeta que uniendo los fortines Corito y Príncipe cerraba la ciudadela por el flanco Occidental, era impedir cualquier desembarco enemigo. Esta cortina tuvo una longitud de 280 varas, según mediciones de la época, y nunca fue artillada. Se construyó en 1770 fundada sobre simple relleno de rocas, por lo cual exigió a través del tiempo, permanentes cuidados en su mantenimiento. El flanco Oriental, por donde era el manglar y sus múltiples caños, no mereció la atención de los fortificadores; su defensa fue dejada a la propia naturaleza que impedía atravesarlo y a una flotilla sutil de cañoneras y flecheras que hacían su recorrido. Entre las defensas del muelle, situadas frente al edificio de la Factoría Guipuzcoana, y el baluarte de La Princesa, se construyó en plena guerra de Independencia y a los fines de proteger este flanco, la llamada batería de Picayo o Constitución.

En 1770 se edifica extramuros la primera obra de carácter permanente: el Almacén de Pólvora del Rey, diseñado por D. Juan Gayangos Láscaris, según planos fechados el 21 de agosto de 1758 (25); el Ingeniero proyecta el almacén con una capacidad de 1.500 quintales y lo ubica, según sus propias palabras, "en el paraje que llaman la Punta de Valle Seco sobre una colina en frente del Caño de Puerto Nuevo a distancia de un cuarto de legua de las fortificaciones, y a sotavento de las brisas y a cubierto de la mar (...) en cuyo paraje se consiguen las ventajas de ser seco, seguro, custodiado de su correspondiente guardia, fuera de la comunicación y bullicio de la gente, cómodo y pronto por la cortísima distancia que hay desde el referido paraje al embarcadero del dicho Puerto Nuevo...". En la obra se gastaron 9.000 pesos. En 1814 se construyeron dos garitas para los servicios de guardia (26).

Cercano al mismo, por el lado Norte del llamado Cerro de Santa Lucía, estaba la cortadura que protegía el camino de Borburata; este foso se prolongó en dirección Norte-Sur hasta encontrar la parte anegadiza del manglar, que lo limitaba a Septentrión, y cuyas aguas penetraban la cortadura; en el cerro y con la finalidad complementaria de acortinar el manglar que lo bordeaba, se construyó un fortín de fagina, que en 1784 fue hecho de tapias, agregándosele cuarteles, depósito de víveres, cocina para la tropa y repuesto de pólvora; para esta misma época se desmontó por vez primera el manglar para dejar libres los fuegos de cañón desde el castillo. El llamado Trincherón de Santa Lucía estuvo situado en el punto más estrecho que dejaba la estribación del cerro y el manglar; sus fuegos eran de corto calibre, aún y cuando su cortina fue atronerada; el defecto fundamental de que era susceptible tomarlo por la espalda, obligó a los fortificadores a construir hacia la parte oriental del cerro y controlando directamente la sabana de Santa Lucía, la batería circular de San Luis, la cual se unió mediante camino cubierto con el fuerte del Trincherón.

A pesar de la urgencia de tales fortificaciones, las obras de Puerto Cabello marcharon a ritmo lento. A diferencia de la época en la cual se construye el castillo que localiza simultáneamente hasta cuatro Ingenieros— en los últimos años sólo el Conde Roncaly se ocupa de fortificar, debiendo atender igualmente las obras de La Guaira, a las cuales, si tomamos en cuenta la reprimenda que en julio de 1772 le hace el Gobernador Agüero, dedicó más tiempo y entusiasmo.

Las preeminencias de las ideas del ejército en la construcción de las defensas de Costa Firme, tiene feliz resultado en la fortificación del llamado Cerro de las Vigías, que tuvo dos puntos de acceso, uno por la estribación Occidental llamado de la Noria y cubierto por los fuegos del fortín denominado Vigía Baja, y el otro por el Naciente, donde posteriormente se construirá su vía principal. Para proteger la Vigía Baja, se cortó el cerro en un punto donde se angostaba considerablemente; a los fines de proteger esta cortadura, en 1765 se construyó una batería a barbeta que desde su instalación se conoció como El Mirador de Solano.

El cambio definitivo que orienta la defensa de la ciudad hacia el Sur lo dará en 1778 el Ingeniero Brigadier de Infantería Don Agustín Crame, quien llega con el encargo de estudiar las fortificaciones existentes en Costa Firme y establecer tácticas defensivas ante nuevos conflictos con Inglaterra; Crame recorre toda la Capitanía General y realiza estudios y proyectos en Margarita, Trinidad, Cu-maná, Maracaibo, La Guaira, Boca del Río Yaracuy y Puerto Cabello. Sobre un plano del castillo fechado en Caracas el 15 de mayo de 1778 (27), propone modificaciones: (en el sitio que corresponde a las baterías laterales —redondas o del Infante y del Príncipe— proyecta dos baluartes; el hornabe-que, para la época totalmente construido, es elevado en su altura; proyecta bóvedas interiores para alojamiento de tropas). En la banda de tierra firme decide demoler la batería de Nuestra Señora del Coro, por cuanto el fuego de sus cañones ofendían de flanco al San Felipe. El Ingeniero Brigadier propuso igualmente la demolición del grupo de edificios que integraban la casa de la Factoría Guipuzcoana y los construidos en las calles laterales a ésta, llegando hasta la iglesia (actual del Rosario) por estar bajo el tiro de cañón del castillo.

A pesar de ser la opinión de Crame definitiva en cuestiones defensivas, aprobadas por el Rey y de obligatoria adopción en cualquier proyecto posterior, en lo brevemente reseñado el Ingeniero no fue obedecido. La sola destrucción de los edificios señalados —con más de cuarenta años de antigüedad la mayoría de ellos— significaba cuantiosa erogación al Real Erario. En las obras que se construyeron en 1784, expresamente se siguieron sus disposiciones.

Donde deja su impronta el Brigadier Crame, es en el único fuerte colonial actualmente conservado: el Mirador de Solano. Crame es autor de los planos del proyecto, los cuales firma y fecha en Caracas, a 15 de mayo de 1778, (Apéndice documental N° 3). La obra actual presenta la misma estructura triangular que ideara su autor; cuatro bóvedas interiores: dos para alojamiento de la guarnición, una para almacén de pólvora y la última para víveres y pertrechos; en la plataforma superior y por el flanco Sur, único plenamente construido, tenía ocho troneras; por el flanco Norte y sobre la plataforma redondeada que hace su frente, se colocaron baterías. Un aljibe hacía de punto central en una estrecha plaza de armas. Tenía camino cubierto por el lado Sur. No fue terminada su ejecución: Don Pedro Carbonell, Gobernador y Capitán General de Venezuela, ordenó la suspensión de los trabajos, por el elevado costo de los mismos. La obra fue ejecutada a partir del año 1778 sobre la batería a barbeta de estructura exagonal, existente desde 1765 y proyectada y construida por D. Joseph Solano, y el Conde Roncaly (28). A pesar de ser sus fuegos demasiado fijantes, cubrían por el norte hasta la bahía y pueblo interior; pero el principal objeto de su edificación fue proteger el curso del río San Esteban y sobre todo el llamado Camino de Carabobo, que entraba por El Portachuelo en el Valle de San Esteban y bordeando el río y escalando el pico Hilaría, comunicaba con Valencia. El Mirador fue situado en sitio tan estratégico, que domina hada el mar desde la Punta de Patanemo hasta los Cayos de Tucacas (29); por el Este, toda la avenida desde Borburata y Santa Lucía; por el Sur, la montaña, la entrada del camino de Valle Seco, y el camino de Carabobo. Por el Oeste, la visión abarcaba varios kilómetros de playas y tierras planas.

La solidez de su construcción —está hecho de piedra de cantera explotadas en el mismo lugar— impidió no solamente el deterioro producto del tiempo, sino los efectos de la guerra: por no existir en el ejército de la República ni Compañías de Zapadores, ni Mineros, ni instrumentos, y ante el asombro de su estructura, se salvó en mayo de 1823 de ser volado por las fuerzas patriotas que se retiraban de sitiar la ciudad. La leyenda de su inexpugnabilidad no tiene base histórica alguna: fue tomado tres veces por los republicanos, dos de ellas mediante asedio al pie mismo de sus cortinas.

El Mirador dominaba y flaqueaba la llamada Vigía Baja, construida a barbeta con la finalidad de proteger el río hasta su desembocadura en el mar, además de impedir que cualquier fuerza sitiadora se estableciera frente al anegadizo que cerraba el arrabal por el Sur. Entre el Mirador y la Vigía Baja, se construyó a barbeta la llamada Vigía Intermedia o Alta. Estos fuertes, que no pasaron de ser plataformas para colocar artillería, por la facilidad con la cual se tomaron en el primer sitio contra la plaza, fueron demolidos por los realistas.

En la parte Sur del cerro de las Vigías y en una eminencia que domina todas estas fortificaciones, fue construido un reducto para fusilería, posteriormente artillado, conocido como Cuartel del Negro, con capacidad para doscientos hombres y depósitos de víveres y municiones.

En otros sitios de la ^montaña se establecieron puntos defensivos que variaron según las épocas. Hacia fines del Siglo XVIII en El Portachuelo, la batería de los Tanques del Rey defendía los depósitos para almacenar el. agua del San Esteban, desviado mediante acequias en operación de neto corte militar; cercanos a esta última, se encontraban el depósito de pólvora construido por la Guipuzcoana, y un cuartel para tropas.

Todas las defensas hasta ahora reseñadas protegían o la entrada del puerto o la ciudadela o los objetivos de la montaña. Pero el llamado arrabal o Puente Afuera, quedó indefenso y ocasionó graves problemas militares. En marzo de 1774 el Ingeniero D. Miguel González Dávila, interino en el comando de la plaza, se dirige al Gobernador Brigadier Don Carlos de Agüero y le presenta un ambicioso plan de fortificación del arrabal, el cual contaba 420 casas valoradas en más de 200,000 pesos. Planteaba el Ingeniero la posibilidad de encerrar Puente Afuera en un exágono regular de 420 varas por el lado exterior, fortificando tres frentes con baluartes defendidos por un foso. Tal proyecto, costoso por demás, nunca fue realizado. A los comandantes militares de la plaza se les presentó la alternativa permanente de demoler el arrabal y librar así los fuegos de La Estacada de los obstáculos que impedían su libre juego. Dos Reales Cédulas, la primera del 16 de octubre de 1784 que prohibía se construyesen casas nuevas o se reedificasen las que se desmejoraran o cayeran, y la segunda, del 7 del mismo mes en 1791, que ratificaba la anterior pero permitía las reparaciones bajo condición de ser demolidas en caso necesario, sin derecho a indemnizaciones, ocasionaron grandes litigios entre la Municipalidad porteña, defensora después de 1811 de los derechos del común, y los comandantes militares. Para el mes de diciembre del año de 1818, según relación del Ingeniero D. Manuel de Albo, existían en el pueblo exterior 669 edificaciones, de diversos tamaños y calidad de construcción. A principios del Siglo XIX Puerto Cabello había cobrado fama de ser la ciudad mejor defendida de la Capitanía General de Venezuela, compitiendo en justos méritos con Cartagena, el más fuerte bastión del Continente. Un ilustre viajero, el Barón Alejandro de Humboldt, en un día que permanece en estos lares —28 de febrero de 1800— deja inventario de las fortificaciones y del estado de defensa de la plaza. Para la fecha de su visita Punta Brava posee ocho cañones, y junto al castillo y la batería del Arrecife (Carenero) protegen la parte Norte. "Las fortificaciones que ciñen la ciudad vieja, fundada sobre un islote de forma trapezoide" (30), no le merecen mayor comentario. Señala lo innecesario de la construcción del Mirador Solano, para la época con dieciséis cañones, y lo ubica al "Este de la Vigía Alta y al Sureste de las baterías de la Salina (?) y del Molino de Pólvora" (Almacén de pólvora de la Guipuzcoana). El total de cañones que defendían la plaza eran sesenta La Guaira tenía en la misma época 135 piezas de artillería— y los hombres de guarnición sólo 600, a pesar de que el viajero señala como necesaria dotación para la defensa de la plaza, la de 2.000 efectivos.

Francisco Depons, visitante del territorio entre los años 1801-1804, completa la información sobre las defensas de principios del Siglo XIX, por el plano de Puerto Cabello (Apéndice documental N° 4) que incluye en la edición de su obra (31) en 1806; Depons coloca a Punta Brava frente a las islas, lo cual desvía notableallhte a la derecha la correcta ubicación de estas baterías; señala el castillo, la batería de La Puntilla o Campo Santo, y la llamada batería del Arrecife (Carenero). Las fortificaciones de la ciudadela quedan correctamente delimitadas. En la desembocadura del río San Esteban, copia la que denomina Batería de la Playa (32). Los fuertes de la montaña aparecen correctamente ubicados: la Vigía Baja, la Vigía Intermedia, el Mirador, el Molino de Pólvora. El fortín Trincherón cual Batería del Camino, y en sus cercanías, el Almacén de Pólvora del Rey.

En vísperas del período republicano, los planes de defensa elaborados por Ingenieros militares, señalan características definitivas de Puerto Cabello en los trece años de guerra Libertadora. Estos planes, casi uniformes a los previstos por D. Agustín Crame, preveían ataques desde el mar o producto de desembarcos, con la posibilidad estos últimos de rendir la plaza por sorpresa o asalto; o mediante la vía lenta de la circunvalación y sitio formal. Se descartaba el ataque por sorpresa y dejaban descansar sobre las Vigías la seguridad de otear permanentemente el horizonte y descubrir las naves enemigas. Para los efectos de un sitio, el enemigo debía desembarcar a barlovento, en el puerto de Borburata (33). Entonces operaba la defensa escalonada de los fuertes de la montaña: perdida la batería de San Luis se fortificaba El Trincherón y caído éste, la defensa pasaba a Los Tanques y las Vigías. Una flotilla sutil para incomodar al enemigo por el Caño del Pedregal desde su desembarco en Borburata, y al abrigo de los mangles, baterías flotantes, para batir desde el cerro de Santa Lucía al de las Vigías. D. Agustín Órame previo, y los Ingenieros sucesivos lo reactualizan, un campo volante de mil hombres de infantería y un escuadrón de caballería con "cuatro cañones violentos" (34), para actuar en los puntos críticos del ataque. En las Vigías debía resistirse hasta la llegada de refuerzos por los caminos del Sur.

Si el desembarco era a sotavento, en las playas de El Palito por ejemplo, se obligaría al enemigo a dirigir su ataque por la orilla del mar, en las playas, bajo el fuego del castillo, lanchas cañoneras y Batería del Río. Sobrepasados estos puntos, intervenían en defensa escalonada los fuertes de la montaña. Para Ja conservación de la plaza los planes defensivos coinciden en estimar 3.000 hombres de línea; algunos prevén la utilización de indios flecheros en los caminos que unían al puerto con Valencia, a los fines de evitar la penetración del territorio.

La principal defensa de Puerto Cabello fue, a pesar de la obra del hombre, su clima malsano producto de las emanaciones de los manglares, aguas estancadas e inundaciones periódicas de los ríos San Esteban y Goaigoaza. Hasta mediados del siglo pasado, la ciudad fue considerada el cuartel general de la fiebre amarilla. De los estragos de las enfermedades no se salvó ninguno de los ejércitos sitiadores (35).

Durante los cinco sitios que sufrió la plaza, se construyeron puntos fortificados para ofenderla; los más importantes fueron establecidos a lo largo de la Calle de los Cocos, desde el margen Suroccidental del arrabal hasta las orillas del manglar al Naciente. Levantado el primer sitio (septiembre 1813) los realistas demolieron las Vigías Alta y Baja, por considerar imposible sus defensas en caso de nuevo sitio y propicias a los atacantes para ofender la ciudad y los buques surtos en bahía; igualmente se propuso sin llegar a ejecutarse, la destrucción del arrabal, que permitió a los sitiadores acercarse "a tiro de pistola" a La Estacada e impidió el uso de la artillería.

Para realizar inventario de las defensas de la ciudad en los dos últimos años de la guerra de Independencia, disponemos de valiosas fuentes documentales: los informes presentados por el Primer Comandante Accidental de Ingenieros, Juan Nepomuceno Jaldón, encargado de la reparación de las defensas de la plaza, al Comandante en Jefe de la misma, Mariscal de Campo D. Miguel de la Torre y Pando en fecha 20 de julio de 1821; y el elaborado por el Coronel Urdaneta, Comandante interino de Puerto Cabello inmediatamente después de la toma de la ciudad, a solicitud del General en Jefe José Antonio Páez, fechado el 2 de diciembre de 1823 (36). Tales testimonios permiten en definitiva señalar las características defensivas de Puerto Cabello en tan cruciales momentos de su historia.

Partiendo desde el Naciente, las fortificaciones eran: la batería circular de San Luis, artillada con cuatro cañones (dos de a 18 y dos de a 12) (37); la cortadura y fuerte del Trincherón, abandonado y desartillado; el Almacén de Pólvora del Rey, pasivo durante la contienda; la batería de Los Tanques; el Mirador de Solano, sin artillería (38); los restos de las Vigías Alta y Baja; el Cuartel del Negro; las ruinas del llamado Molino de Pólvora. La Batería del Río, en la desembocadura del San Esteban. La línea exterior o Segunda Línea, construida durante los años 1821-1822 y que permitía contener el primer choque invasor y proporcionaba notable desahogo a los sitiados, además de poder realizar salidas contra los puntos en poder de los sitiadores, partía al Oeste desde la Casa Fuerte (que protegía también la boca del río), continuaba en una hilera de casas fortificadas hasta el llamado Tamborete, batería situada frente a la llamada Plaza de la Constitución (39), y de allí hacia el Naciente hasta llegar al manglar o anegadizo. La Línea Magistral la constituía el frente de La Estacada, con los baluartes de La Princesa y El Príncipe (40), bañados por las aguas del foso. Cubría el flanco Ñor-oriental y al borde de los mangles, la batería Picayo o Constitución. Hacia el Poniente, la desartillada muralla que unía al Príncipe con El Corito (Nordoccidental). Pasado el canal o boca del puerto, el castillo San Felipe y el hornaveque contiguo; las baterías de La Puntilla o Cementerio; las baterías del Arrecife o Carenero; y frente al castillo, en la banda que mira al puerto, las baterías del Caballero. En el extremo norte, Punta Brava en su sitio homónimo.

Al tesón y conocimiento de reputados Ingenieros Militares, debió Puerto Cabello sus defensas. Funcionarios que gozaron de privilegios que ordenanzas reales prescribían a tan elevados cargos y objeto a veces de disposiciones especiales como la habida por D. Juan Amador Gourten en caso de fallecer el Gobernador de la Provincia. La técnica empleada en la construcción de las fortalezas se consideró la más adelantada de la época, y la experiencia fue suma de tradiciones árabes, aportes de constructores italianos al servicio de España, y de Ingenieros alemanes en tiempos de Carlos I. Todo un monumento a la necesidad de su poderío en Costa Firme, al afán de incrementar la actividad económica y mantener a raya al enemigo extranjero que disputó el pingüe negocio de explotar materias primas producidas en extensos dominios.

Según Real Cédula del año 1757, las jerarquías militares del Cuerpo de Ingenieros eran inherentes al cargo. Así, al Ingeniero Jefe correspondía el grado de Coronel de Infantería; al Ingeniero Segundo, el de Teniente Coronel; al Ingeniero Ordinario el de Capitán; al Ingeniero Extraordinario el de Teniente, y al Delineador el grado de Subteniente (41).

Con grado de Capitán pero categoría de Ingeniero Jefe, O. Juan Amador Courten es el primer constructor de Puerto Cabello; permanece en sus funciones desde 1732 hasta enero de 1735; alterna en la construcción del castillo San Felipe el Teniente Don Vicente Ignacio González, quien trabaja en la obra desde 1732 (llega con Courten) hasta 1739, cuando pasa a Madrid a servir en el ejército. Los Ingenieros Extraordinarios Don Pedro Luis de Olano y D. Antonio Tomás lordán, laboran bajo las órdenes de Courten y permanecen en las obras hasta 1737, cuando por desavenencias con Gayangos, son transferidos Jordán a Cumaná y Olano a La Florida. En 1736 llega a Puerto Cabello Don Juan Baltazar de Gayangos Láscaris, por muchos años al frente de las obras de fortificación; cuando muere en Caracas a finales del año 1762, había recibido el grado de Coronel y se desempeña como Ingeniero Jefe de los Reales Ejércitos y Fronteras y Director de Fortificaciones de Venezuela. En 1744 se encuentra en la zona el Ingeniero D. José Iturriaga. Desde 1758 y bajo las órdenes de Gayangos, trabajan en las construcciones en los ramos de albañilería y carpintería respectivamente, dos Maestros Mayores: Juan Martín de Aramburu y Bernardo de Rojas; el primero de los señalados labora hasta 1769. Por nombramiento del Gobernador Solano y ausencia del Ingeniero en la Provincia, trabaja durante el año 1765 en la construcción de la acequia subterránea y puntos de distribución de agua del río San Esteban, el Capitán de artilleros Don Manuel Centurión. En 1766 se encarga de las fortificaciones el Conde de Roncaly, activo igualmente en La Guaira hasta el año 1772; alcanzó el grado de Coronel. Don Juan Martín Cermeño, es Ingeniero en las obras de defensa en el año 1767. Desde Valencia y durante los años de 1766 a 1770, supervisa obras en Puerto Cabello el Ingeniero Don José Antonio de Espelius. Desde 1771 está en la ciudad el Ingeniero en Jefe Don Miguel González Dávila; en 1784 aún trabajaba en las obras, reparando las fortalezas dañadas por el temporal de 1780, y colocando la plaza en estado de defensa; en 1771 laboró bajo sus órdenes el suizo José Joaquín Barnascón.

El Ingeniero Militar de más alta jerarquía que deja su impronta en la ciudad, fue el Brigadier de Infantería D.

Agustín Crame, quien comisionado por Carlos III recorre las fortificaciones americanas con la finalidad de estudiarlas en su efectividad y proponer mejoras necesarias capaces de armonizar un plan de defensa. En 1773 se encontraba en Cuba. En enero de 1777 llegó a Trinidad. De allí pasó inmediatamente a Margarita, donde fecha el 15 de junio de 1777 su plan de Defensa de Cumaná. En Puerto Cabello y La Guaira actúa durante el año 1778.

En 1777 se encontraba en la ciudad el Ingenfero Ordinario Don Esteban de Aymerich, quien es encargado interinamente en noviembre de ese año, de la comandancia de la plaza. A mediados del año 1786 es nombrado por el Rey, para dirigir las obras de fortificación de Puerto Cabello, el Ingeniero Don Juan Casasola.

Por orden del Gobernador y Capitán General Coronel Don Juan Guillelmi, realiza en 1788 varias anotaciones sobre el estado de la plaza, el Teniente Coronel de Ingenieros Don Joseph del Pozo y Sucre. En 1789 comienza su actuación en Venezuela Don Francisco Jacott, quien en 1807 será autor de un plan defensivo para Puerto Cabello; este Jacott abrazará después del 19 de abril de 1810 la causa republicana, y hecho prisionero, será fusilado en Caracas el 18 de julio de 1816. El Ingeniero Comandante Fermín de Rueda actúa entre los años 1792 a 1795 en los trabajos de la zona. El Comandante de Ingenieros Don Miguel Marmión, ex-Gobernador en la Provincia de Guayana, pasa a dirigir en 1796 las obras de Puerto Cabello. Durante el último cuarto de siglo XVIII se desempeñó Sobrestante Mayor en las construcciones, Don Bartolomé Bethancourt, en 1799 pensionado por la Corona.

Destacado inicialmente a Cartagena en 1799, el Ingeniero Don Joseph Parreño será retenido en Venezuela de orden del Capitán General Guevara y Vasconcelos, por la escasez de profesionales del ramo y ante la enfermedad de Don Francisco Jacott; el Capitán Parreño estará en Puerto Cabello entre los años 1807 a 1810; ya con el grado de Teniente Coronel empeñará sus esfuerzos al lado de la naciente República.

En 1807 trabaja en la plaza el Ingeniero "voluntario" Don Manuel Muñoz, que contribuye con sus conocimientos al cierre de los caminos que unían a Puerto Cabello con Valencia. Don José Mariano Aloy estará presente durante las vicisitudes de los dos primeros sitios; comienza con el grado de Subteniente bajo el mando de Jacott; cual Ingeniero Comandante de la Provincia de Caracas actúa en 1815; contribuirá en la fortificación de urgencia a que obligan los sitios de 1813-1814.

En 1811 y a las órdenes de la República, será Comandante del ramo el Subteniente Francisco de Avendaño.

Los últimos constructores de las defensas porteñas, bajo el comando de Don Miguel de La Torre en la plaza asediada, serán el Capitán Juan Nepomuceno Jaldón y el Teniente Ramón Arellano.

Los constructores de la ciudad militar pusieron en práctica múltiples conocimientos científicos y a veces debieron ingeniárselas para un feliz resultado. Observaron las variaciones de las lluvias; el flujo y reflujo de las mareas, que de enero a septiembre impedían cualquier construcción sólida de obras que debían fundarse sobre manglares en fondo arcilloso y terreno permanentemente anegadizo. Estudiaron el mecanismo de la rosa de los vientos, fundamental para situar en punto correcto las fortificaciones y comprender dificultades de un puerto cuya entrada mira a Occidente y siempre tenía vientos contrarios. Combatieron mediante el fácil expediente de cortar los manglares, canajizar el río San Esteban y abrir fosos que comunicaran las aguas de La Laguna y del mar exterior, las endémicas enfermedades que azotaban la región y hacían de Puerto Cabello una ciudad malsana. Establecieron hornos de ladrillos y barbacoas para quemar la piedra caliza de los corales, que daba buena cal. Experimentaron mezclas de cascajos buscando óptima resistencia en las fundaciones. Quebraron canteras en los cerros circunvecinos para obtener la piedra dura y resistente que exigían algunas construcciones militares. Detallaron el fondo marino para establecer profundidades capaces de albergar embarcaciones venidas de todos los rumbos. Desmontaron las montañas al Sur en búsqueda de maderas duras para las construcciones. Trasplantaron experiencias de los maestros constructores de Venecia, que edificaron la ciudad sobre pilotaje, dentro del agua misma. Le dieron la razón al aborigen habitante de las costas del mar y del Lago de Coquivacoa, que construyó sobre palos de vera y maderas de corazón, "que al contacto con el agua se convertían en piedra".

La mano de obra utilizada fue de variada categoría. Jornaleros encargados de cortar maderas y transportarlas, hacer servicios de aguadores, moldear la cantería. Soldados que en tiempos de paz o vísperas de guerra se trocaron en ¿bañiles y carpinteros. Presidiarios obligados a trabajos forzados por la suigéneris justicia de la época. Esclavos cedidos por los hacendados de los valles circunvecinos en contribución siempre forzosa. A diferencia de las obras ejecutadas en la región oriental o en los castillos de la barra de Maracaibo, no participaron indígenas en las construccio- nes.

El financiamiento vino de las Cajas Reales de la Nueva España, en monedas de plata y oro. En algunas ocasiones las ciudades vecinas de Coro, Valencia y San Felipe contribuyeron con diezmos en calidad de donativos. Luego de instalado el Cabildo, se asignó una partida para el mantenimiento de las fortificaciones. Dineros provenientes de comisos, penas de cámara y otras sanciones pecuniarias, engrosaron en variadas oportunidades los fondos destinados a fortalecer la plaza.

Estrechamente relacionados con la ciudad y parte integrante de sus planes defensivos, serán los caminos coloniales. Trincheras, cortaduras, pequeños fortines, son trabajos comunes en los caminos que unían la costa con Valencia y los Valles de Aragua. "La tesis de los militares recomendaban cerrarlos y dejar sólo uno en servicio a fin de asegurar mejor su defensa" (42); pero un sólo camino significaba también concentrar los gastos de mantenimiento en tiempos de paz. Y la escasez de recursos mientras el comercio no se desarrolla plenamente y desaparecen las amenazas de invasiones guerreras, hacen que sólo un camino funcione. . . (continua en la parte 2 del capítulo 1)



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