No se trata de aparato mecánico alguno, sino de Apolonia, aquella otra semideidad o "demonio" porteño, y este término lo uso en su más pura acepción griega. Fuerza superior, no en la maligna del Averno.
Nuestra tradición cristiana niega las virtudes de muchos demonios buenos, amigos y compañeros inseparables en la vida.
Recuerdo y comprendo a aquel ente telúrico que transitó por el Puerto con el nombre de Emilio. Decía que sin sus demonios de todos los días, que eran al fin como buenos amigos, no podía vivir.
¿Y no tendría razón? ¡Pobre de aquél que no conozca por sus nombres a los propios demonios! Ello es más útil que saberlos espantar con jaculatorias piadosas, ramos de palma y la misma Agua Bendita. Bien vale la pena conocerlos para llegar a justo acuerdo; mucho más tal vez, que la presencia y compañía del propio Ángel de la Guarda.
Maquinita era el nombre con que apodaban a Apolonia. Para saber por qué, bastaba verla en el Mercado en las compras matinales. Su estatura no más de metro y medio y en eso recordaba bien a Víctor Manuel, el rey de Italia.
Consigo un bolso que, de dimensiones bien proporcionadas para cualquiera, a ella le arrastraba entre los pies.
Su arreglo personal no era muy cuidadoso, más bien extravagante. Andaba como en casa, sin faltarle en la boca un cabo pestífero, humeante rara vez.
De andar precipitado y automático, recordaba ciertamente a una locomotora y por eso para siempre quedó de "Maquinita".
Los muchachos atrevidos que en ninguna parte faltan, desde la acera de en frente o en la propia, una vez que se cruzaron le gritaban: -"Maquiniiita, Maquiniiiiita!!!! imitando seguidamente el típico sonido de un silbato.
Eso bastaba para que Apolonia se volviera en actitud perseguidora, y los zagaletones corrían inalcanzables, celebrando su infantil travesura.
Sin duda era graciosa. Hablaba como caminaba preguntando y dándose ella misma la respuesta, sin dejar al interlocutor oportunidad de soltar sílaba alguna. Cuantos con ella hablaban, no pasaban de abrir la boca al intentar contestarle, quedándose en e! preámbulo de la respuesta.
Así era el diálogo con Apolonia hasta que llegados a un punto y sin más, precipitada seguía, camino de ida o vuelta al mercado.
"Maquiniiiita, Maquiniiiiiita, Piiiii.,.. Piiiii.....Piiiiiii....Piiiiii....... Maquinita. Y sentíamos correr a
los muchachos, unas veces hacia el muelle y otras al mercado.
No interesa que Apolonia tuvo nombre y apellido, y también partida de nacimiento y, supongo que hoy, también de defunción. Banalidad intrascendente. Apolonia fue su nombre pero el importante fue el de Maquinita que recogió todo el sentido que como personaje tenía en la dinámica porteña.
¿Podrá hoy en el Puerto encarnar de nuevo el espíritu que se materializó en "Maquinita"? ¿Podrá vaciarse nuevamente en alguien de aquel mismo lugar?
¡Ahí Triste deslino aquel de aquellos pueblos, que se van quedando solos sin la compañía de sus santos y buenos "demonios" protectores. |