Cap. 03- Calandraca

Descipción de este artículo: Muy pocos conocieron al viejo Calandraca, el último de los barberos sacamuelas, sangrador con sanguijuelas que ejercía en La Muralla. Impasible, solemne y escuela de saber para quien quisiera consultarle

Muy pocos conocieron al viejo Calandraca, el último de los barberos sacamuelas, sangrador con sanguijuelas que ejercía en La Muralla. Impasible, solemne y escuela de saber para quien quisiera consultarle.

Vestía camisas de seda amarilla, no sabe si por uso inveterado o el color natural de los hilos del gusano. Chaleco abierto, de sus bolsillos salían tijeras y peine en uno y en el otro la navaja. Su habilidad mayor: sacar muelas.

-¿Con dolor o sin dolor? La pregunta invariable al afligido consultante, cuya respuesta no se hacía esperar: -¿Cuánto vale sin dolor? -Con dolor dos reales y sin dolor dos pesos.

En aquella época se medía en pesos, varas, leguas, libras y arrobas, más que de bolívares, litros y metros. Un algodón impregnado en cocaína se aplicaba sobre el diente y el dueño sudando más de miedo que de calor, incrustado en la silla esperaba el momento final.

-Abra la boca, ábrala más para ver bien. ¡¡Ábrala!! Decía Calandraca, metiendo sus dedazos olorosos a tabaco de mala calidad sin costumbre de jabón, probando al tanteo la firmeza de la muela.

-Espere un momento, seguía, con su inconfundible acento andaluz y sacando de su bolsillo la navaja sevillana, la abría hasta oír el invariable "Clic" del resorte. Así quedaba afirmada, abierta la hoja con máxima seguridad.

La punta del improvisado bisturí separaba la encía debridando el diente cuello abajo. En el cliente corrían fríos chorros de sudor cual salobres manantiales. Ya no había escapatoria; incrustado como ostra en aquel sillón de cuero, cuya edad ya no se podía contar en años. Y la faena final, cual estocada en lidia.

Calandraca abría uno de los cajones que a modo de gavetas servían de tocador, y rebuscando entre trapos y papeles aparecía al fin una horrible tenaza de hierro oxidado con evocaciones de Pasión de Viernes Santo.

Tenaza en mano y rodilla en el pecho, aflojabay tiraba de la muela al punto que ordenaba: -¡¡Quieto, ya va a estar!!

Gritos y alaridos, quebrando resistencias la muela traqueaba de un lado a otro hasta que al fin, como arrancada con golpe mortal de la cabeza, la muela estaba fuera ante la mirada triunfante del solemne Calandraca.

-Escupa y lávese; la orden seguía y bastaba para dejar aquel sitio de suplicio bañado de sudor. Pálido, extenuado y tambaleante, salía fuera el magullado paciente, al punto que clientes y mirones exclamaban:

¡Qué mano tan suave tiene Calandraca!



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