Cap. 04- Juan Sentís

Descipción de este artículo: En varios sitios estuvo la Barbarie Española y en ella siempre su dueño Juan Sentís. Alto, blanco, cara dura y tez cetrina; cabello cano, liso y abundante, con un mechón que caía rebelde hacia la frente. El tiempo había dejado en él hermosa máscara de rasgos fuertes, recios, pronunciados

En varios sitios estuvo la Barbarie Española y en ella siempre su dueño Juan Sentís. Alto, blanco, cara dura y tez cetrina; cabello cano, liso y abundante, con un mechón que caía rebelde hacia la frente. El tiempo había dejado en él hermosa máscara de rasgos fuertes, recios, pronunciados.

Caminaba sostenido con dificultad apoyado en dos bastones. -"Por una lesión en el cuadril", decía señalando y explicando con las manos, cuando la causa de su mal le era preguntado.

Voz ronca, profunda, de bajo o contrabajo. Podría haber integrado un coro de cosacos. Entre pregunta y respuesta, dejaba largas pausas con lo cual ganaba aire magistral, respuestas y sentencias de filósofo.

No había tema del que no estuviese informado; historia que no hubiera sido por él vivida; cuento que no pudiese ampliar; gracias a ese invariable carácter de todos los barberos, mezcla de secretario, confidente y confesor.

Era todo un señor, un personaje. Nos parecía que debió quedarse en el Puerto desde los tiempos en que el General Calzada y el Almirante La Torre rindieron la Plaza al General Páez. Se nos antojaba que debía haber servido en el Batallón Valencey como soldado realista. Y terminada la refriega, habría decidido quedarse con nosotros, cual cangrejo que resiste abandonar sus cuevas, en las piedras del Puerto; piedras negras bañadas por el mar.

A veces más locuaz que otras encantaba con sus cuentos, sobre todo narrando hechos de la infancia de nuestros padres o la juventud de los abuelos. Cuando un niño estaba de cliente, nunca faltaba la cariñosa amenaza:

-¡Quieto o te doy un coscorrón! Y así era en efecto, si no lo dejábamos trabajar en paz.

Para quitar residuos y pelillos inspiraba profundo y soplaba con su cálido aliento nuestra nuca; una, dos y tres veces, hasta despejar el campo a entera satisfacción. Ese esfuerzo le provocaba una tos cavernosa, también ronca y profunda como el tono de su voz.

Carraspeando y aclarada la voz, seguía sus cuentos impasible; tijeras y peine en mano hasta terminar su faena. Y así uno por uno cada cliente, hasta entrada la noche en incansable labor.

La última vez lo vi asomado viendo la calle solitaria. Me dijo adiós, sentí que nos decíamos por última vez adiós!



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