Como el muelle tenía sus personajes el Templo también tenía los suyos ¿Quién puede negarlo que haya conocido a Candelaria? Larga como una vara, vestía balóla dentro de la cual parecía imposible mover los pies. Para desplazarse debería haberlo hecho con saltitos; ella ¡Oh, Asombro! lo hacía con increíble rapidez. Aquel ruido de la tela rozando en los tobillos, como flecos, como matracas en procesión de Viernes Santo. Predominio del violeta, sólo la cabeza envuelta en invariable negro pañolón.
Nariz aguileña, ojos hundidos y pómulos salientes, daban el aspecto de alma en pena salida del Purgatorio. Años más tarde, hojeando un texto de Historia miré la figura de Savonarola, pensé lo teníamos en el Puerto vivo, reencarnado en Candelaria.
Siempre en la iglesia. No había acto religioso, pequeño o grande, para solteras, casadas o viudas; damas o caballeros; que no fuera ella seguro cliente. Primera en entrar y última en salir. Primera en el confesionario y primera en el comulgatorio.
Sus rezos eran como en éxtasis. A la luz de cirios titilantes la recuerdo con sus ojos negros perdidos al vacío, como en diálogo con lo invisible, musitando íntima oración.
¿Quién era Candelaria? ¿Murciélago vuelto humano caído de la torre en un día de caldereta? ¿Ave marina de quebradas alas en horrible vendaval? Nunca lo supe como tampoco qué se hizo. ¿Se la llevaría el viento? ¿Habrá volado por los aires en oscura nube al cielo, al lado de su Dios en la Patria Celestial?
Recordar la calle frente al templo de mañana o tarde; imaginarla cual estampa o escenario, no puedo hacerlo sin toparcon la visión de Candelaria; fija y permanente en aquel mismo lugar; como los cuatro Evangelistas en la cornisa del santuario. |