El Prior de Maracapana al anunciar la proximidad de Lope de Aguirre y su ejército integrado de hombres que afincaban sus pasos por caminos de violencia, hizo desaparecer la tranquilidad en el valle y la montaña. Presagios de muerte, desolación y ruinas, afectaron la pequeña ciudad levantada frente al mar, mirando todos los horizontes con su puerta ancha en la ruta de esperanzas hacia el corazón de la provincia.
Relatos de espantosos crímenes cometidos por verdugos sedientos de sangre, bajo estrictas órdenes de un Jefe preñado de odio, aterrorizaron a los habitantes de Borburata. Muchos de ellos huyeron abandonando hogares, otros tuvieron oportunidad de enterrar cosas de valor y llevarse a lomo de caballos, muías y burros, algunas pertenencias útiles en los inciertos refugios que los grandes brazos verdes de la serranía les ofrecía.
El Padre Montesinos desde el pulpito dramatizó los relatos taladrando con palabra cortante las mentes de los atemorizados vecinos. La visión presentada desde aquel lugar sagrado, heló la sangre ante dantescos episodios de los que imaginaban cadáveres descuartizados alimentando buitres y perros hambrientos.
Como cruel pesadilla imaginaron la visión de hombres con la lengua afuera colgados de un árbol; frailes con panzas abiertas asoleando visceras podridas; pescuezos triturados por el grueso cordel; caballos espantados en la sabana arrastrando cuerpos de víctimas del sátrapa que saciaba su odio con el puño amenazante de todas las venganzas.
Aguirre solo dejaba a su paso, montones de cruces sobre tumbas olvidadas y un estrujar y moler de odios con rictus de maldad sellándole los labios, como si se acercara el apocalipsis.
El Alcalde Benito Chávez y el Alguacil Mayor trasmitieron el mensaje del vizcaino: "No ha venido a la Borburata a dañar a nadie, ni vidas ni bienes como lo han hecho Piratas y otras alimañas que incursionaron en este territorio. Solo quiere cabalgaduras que pagará con buen oro, pero abriendo su corazón como rosa sangrienta, advierte que está en misión de paz, pero dispuesto a castigar severamente a todos aquellos que desafíen sus órdenes".
Sombras trágicas floreceiron sobre las conciencias, al perderse en la montaña la voz desesperada del Alcalde. Los nombres de las personas inmoladas por el tirano, estallaron en el recuerdo de aquel inmenso holocausto.
El grito de la noche anunció con clarinada de duelo la larga lista de hombres y mujeres asesinadas desde el mismo instante en que los bergantines "Santiago" y "Victoria" comenzaron a rasgar las dulces aguas del Marañón: Pedro de Ursúa, Lorenso Salduendo, Fernando de Guzmán, Juan Alonso de la Bandera, Gonzalo Duarte, doña Inés de Atienzar y su criada María de Sotomayor, Pedro Alonso Casco, Miguel Serrano, Baltazar de Toscano, Diego de Trujillo, Juan González, Juan Iñiguez de Guevara, Juan Palomo, Pedro Gutiérrez, los sacerdotes Henao y Pedro Portillos, Cura de Mayobamba, sin contar indios y negros sacrificados en la jornada.
Entre las numerosas víctimas de la Isla Mártir, se contaban entre otras las siguientes: "Gonzalo Guiral, Sancho Piza-rro, Alonso Enríquez de Orellana, Juan de Villatoro, Pedro Sánchez del Castillo, Joanes de Iturriaga, Juan de Villadran-do, Manuel Rodríguez de Silva, Cosme de León, Pedro de Cá-ceres, Juan Rodríguez, Martín Pérez de Sarronda, Martín Díaz de Almendáriz, Juan de San Juan, Alanso Paredes de Rivera, Jaime Domínguez, Miguel de Loaiza, Ana de Rojas, Diego Gómez, fray Francisco de Salamanca, fray Francisco de Tordesi-Ua y Alonso Rodríguez y Diego de Balcazar.
Ojos escondidos en todos los rincones observaron la violenta decisión del tirano, al ordenar la muerte de uno de sus marañones en la playa cercana a las salinas de Borburata, cerca de la pequeña isleta donde la víctima se encontraa mirando lo profundo del horizonte. Aguirre desde la deserción de sus hombres en Margarita se había tornado desconfiado e incrédulo de los argumentos que exponían los soldados para justificar acciones desconocidas por él.
Se trataba de Antón Farías, ingresado a las filas del ejército marañón en Margarita, con el fin de reforzarlo en sus propósitos de invadir a tierra firme. Farías era un aventurero que se ganaba la vida peleando contra indios indefensos y nunca había participado en acciones peligrosas como las que ahora se avecinaban sin posibilidades de éxito. El Caudillo con veterano olfato de curtido guerrero, conoció las intenciones del portugués, presintiendo que planeaba fugarse en la primera oportunidad.
Al apresarlo fue llevado a presencia del Jefe que se hacía igualmente llamar general y al éste preguntarle los motivos de su presencia en la playa alejado del centro donde se concentraba el grupo, contestó que estaba inspeccionando ¡a zona para ver si se trataba de una nueva isla.
Aguirre recordando la traición de Monguia y otros de sus camaradas de fechorías, que fácilmente se fugaron buscando perdón del Rey, ordenó que a Farías lo colgaran por el cuello en el árbol más grande, siempre mirando al mar, para que se diera cuenta donde estaba. |