Cap. 06- El Viacrucis del Padre Contreras

Descipción de este artículo: Igualmente fueron pioneros en la tarea de sembrar el pueblo de Borburata, Amador Montero, Rodríguez Parejo, Pedro Rodríguez, Juan de Larios, Pedro Pérez, Juan Giménez hijo, Pedro González, Juan Giménez, Hernando Alonso, Antonio de Barrio

Frente a una pequeña imagen de Jesús Crucificado, el Padre Contreras imploraba la suprema protección de Dios, sobre todo en el difícil momento que vivía, rodeado de malvados cuya única ley era la horca, el cuchillo y la palabra del hombre que desafiaba arrogante a la Divina Providencia.

Por la mente del Religioso pasaban las horrorosas estampas historiadas por testigos que presenciaron la crueldad de Aguirre en la isla tranquila. El corazón del Vicario latía con fuerza inusitada al recorrer el doloroso viacrucis. Recordó la inútil matanza, mientras sus ojos buscaban en el rostro de Cristo la razón de aquel martirio.

Los rnarañones le habían contado cosas despiadadas donde la mano de Satanás movió los hilos de las conjuras. Un temeroso pecador que se acercó hasta él para vomitar en la confesión la podredumbre de su conciencia, le reveló la muerte de varios sacerdotes y otras personas cuyas vidas caminaron parejas con los foragidos que acompañaron al Tirano desde los Astilleros de Topesana, la madrugada del 26 de septiembre de 1560.

Afuera, en los alrededores de la pequeña Iglesia, cuarenta casas que construyeron los primitivos pobladores alrededor de la plaza, añoraban el calor de aquellos aguerridos hombres entre los que se encontraban Pedro de Alvarez, Virgilio García, Luis de Narváez, Miguel de Barrientes, Diego de Montes, Gonzalo Martel de Ayala, Juan Domínguez Antollano, Pedro de Miranda, Baltazar Fernández, Diego de Lozada, Juan Fernández de Córdoba, Juan de Ocampo, Alonso de Campos, Cristóbal Antillano, Juan Castaño, Alonso Pérez Perasa y Francisco Sánchez.

Igualmente fueron pioneros en la tarea de sembrar el pueblo de Borburata, Amador Montero, Rodríguez Parejo, Pedro Rodríguez, Juan de Larios, Pedro Pérez, Juan Giménez hijo, Pedro González, Juan Giménez, Hernando Alonso, Antonio de Barrio, Diego Leal, Liben de Grabe, Ramón de Arganarás. Baltazar Araujo, Sebastián González, Pedro de Torquemada, Juan Sánchez Moreno, Francisco Zaratán, Cristóbal López, Juan de Mora, Luis González, Juan Quincoces de Llana y Alonso Carvallo. Algunos que se aventuraron en la peligrosa empresa, fueron sometidos a Juicio de Residencia, por denuncias de vecinos afectados o descontentos dentro del núcleo urbano poblador.

Habían transcurrido doce años de la llegada del Capitán Alvarez. Doce años de dura lucha contra las inclemencias de la naturaleza opuesta a toda intromisión extraña. Esta vez la desolación cubría con manto de angustia la comunidad que nació como una esperanza. Mientras tanto, el Padre Contre-ras aprisionaba las cuentas del rosario con manos temblorosas, saliendo de sus labios tostados por la resaca del medio día, el Padre Nuestro y el Ave María como una canción hecha plegaria para que la escuchara Dios. El Vizcaíno trotamundo dueño absoluto de la situación, suplicaba a los pobladores que retornaran a sus hogares. Explicaba que solo deseaba adquirir caballos, muías y asnos para proseguir la jornada. Su propósito, expresaba con voz de Padre bondadoso, era la de abandonar la ciudad una vez que tuviera en su poder aquellos animales. Las promesas se enredaron en las espinas de los cujíes y el mensaje se perdió en los oídos incrédulos escondidos en la enmarañada montaña.

Las paredes frágiles de la Iglesia continuaron siendp testigos de la larga oración del Vicario de Margarita. El cura tomando en consideración los antecedentes de Aguirre, no daba crédito a la palabra de un hombre en cuyo corazón solo había odio. No podía dar credibilidad el sacerdote, a promesas que solo escondían bastardas ambiciones.

La campana colocada en la improvisada torre dejaba oír sus quejas como anunciando muerte. El viento caldeado rompía con furia haciendo rumbear el badajo que golpeaba la metálica estructura.

Todo era soledad y tristeza, desde el mismo día en que los navios despuntaron en las islas cercanas, sus banderas rojas cruzadas con espadas negras como símbolo de crueldad y violencia. La clara advertencia para el sometimiento envolvió en manto de angustias al núcleo poblador.

El Fraile Montesinos, antes, había sido portador de la mala noticia: "rumbo al puerto de Borburata navegan desde Margarita, navios artillados con un cargamento de malvados capitaneados por un hombre que no temía a Dios". Las narraciones del Religioso sobre la actuación de Lope de Aguirre, helaban la sangre de las personas que escuchaban en silencio respetuoso la versión dantesca, imaginando al responsable como monstruo transformado en hombre.



Ir a la parte superior de la página

Estás leyendo: "Cap. 06- El Viacrucis del Padre Contreras"


Temas Relacionados con "Lope de Aguirre en Borburata":

Ir a la parte superior de la página



Portal de Juan José Mora

Estás leyendo: "Cap. 06- El Viacrucis del Padre Contreras"