"La fuerza decidirá la suerte de estas provincias", había dicho el Mariscal La Torre en carta a Bolívar (San Carlos, 16 de abril de 1821) al contestar las proposiciones de nuevo armisticio hechas por el Libertador con el fin táctico de entretener las tropas realistas, reforzadas por la División de Vanguardia al mando de Morales, luego de la recuperación de Caracas (l). En esa misiva había categóricamente establecido: "... si los accidentes de la guerra me obligasen a abandonar todo el país, sería con la gloria de las armas Españolas, y en este caso quedaría esento de todo cargo". Ambas frases debieron resonar en sus pensamientos cuando al pie de los cerros de Bárbula tomó de nuevo el mando de lo que fuera el temido Ejército de Costa Firme, que seis años antes había reconquistado el país insurrecto. Ahora, derrotados, fugitivos por los montes, sin la caballería que cobardemente había huido hacia El Pao y Guacara, en espera de que los enfermos del hospital militar de Valencia llegaran al sitio de concentración en el camino a La Cumbre, con hombres agotados luego de seis horas al trote, combatiendo sobre más de siete leguas de camino, debió calibrar la justeza de sus frases cual una profecía. "La desgraciada acción de Cara-bobo", como la denominará en las correspondencias sucesivas, había decidido la suerte de Venezuela; sólo quedaban en manos realistas las asediadas plazas de Cumaná y Cartagena, y la espalda de su ejército que siempre había sido Puerto Cabello; y la brillante retirada del Valencey, y los veintiocho meses posteriores en los cuales la guerra se mantendrá aún en territorio venezolano, testimoniaban la gloria de las armas españolas. No se había equivocado el General en Jefe. . .
Y ante sus superiores y la historia, quedaría exento de todo cargo. En medio de la batalla se comportó valiente comandante y si la suerte le había sido adversa, no por ello trató en vano de colocarla a su favor. Llegado a Costa Firme con la expedición pacificadora, cual Coronel de Infantería, luego de combatir en la invadida España toda la guerra de Independencia contra los aguerridos ejércitos napoleónicos (2), estará presente en el desembarco en la Isla de Margarita, el 11 de abril de 1815. Pacificada la Capitanía General, marcha al Nuevo Reino de Granada y participa en el sitio y toma de Cartagena (28 de agosto a 6 de diciembre de 1815). Es ascendido a Brigadier el 1° de abril de 1816, y al frente de la 5ta. División ocupa Santa Fe de Bogotá el 6 de mayo del mismo año. En la campaña de los llanos contra las caballerías de Páez, mandó la División de Vanguardia del Ejército Expedicionario y estará presente en la acción de Mucuritas. Ante la invasión de la provincia de Guayana por las tropas republicanas al mando de Manuel Cedeño y Manuel Piar,
partió al frente de una expedición de 1.350 hombres el 9 de marzo de 1817 desde San Fernando de Apure y desembarcó en Angostura el 27 de ese mismo mes. El 11 de abril se enfrenta a Piar en San Félix y asediado en Angostura, dirige la defensa de la ciudad y su evacuación hacia la isla inglesa de Granada, rompiendo la línea de bloqueo de la escuadrilla patriota en el Orinoco. En la campaña republicana de 1818, combate en las batallas de La Puerta, Ortiz y San Carlos, donde resulta herido; ese mismo año, el 9 de junio, es ascendido a Mariscal de Campo. En los años 1819-1820, opera en los valles de Cúcuta. El 3 de diciembre, en pleno armisticio, por establecerlo así una Real Orden de septiembre de 1820, recibe de Morillo el mando del ejército que será derrotado en Carabobo.
Con suficiente anticipación había previsto La Torre la retirada de sus tropas a Puerto Cabello en caso de algún suceso adverso a la campaña que debía emprender contra los ejércitos republicanos. Ante la ruptura del armisticio, ordena al Coronel Esteban Díaz Aguado, recién nombrado Comandante Militar de la plaza, acondicionar las defensas de la misma. Con fecha 6 del mes de abril, cincuenta jornaleros debían comenzar las obras de reparación en las fortificaciones, pagados por el Ayuntamiento, trabajando especialmente sobre "un lienzo de murallas que cae a la mar". En correspondencia enviada a La Torre por Díaz Aguado (3) éste se queja de la poca colaboración del conglomerado porteño: "son pocos los que gustan arrimar el hombro dice y menos desembolsar cualquier cantidad''. A pesar de sus quejas, señala que continúa las reparaciones "con treinta presidiarios que he sacado sin saver de dónde pues cuando llegué havía 13 y yo no he destinado a nadie al Presidio de este pueblo", y "cuarenta esclavos de los hacendados, que me han costado algunos malos ratos"; con los presos había limpiado el foso de la Estacada y mantenía los esclavos cortando maderas. El Teniente de Ingenieros Don Ramón Arellano estaba al frente de las obras de acondicionamiento. Con la llegada de los emigrados de Caracas por la ocupación de la ciudad que realiza el Ejército de Oriente al mando de Bermúdez, (lo cual comunicó Díaz Aguado al Comandante en Jefe (16 de mayo) en breves líneas: "Están llegando a este Puerto 24 Buques procedentes de la Guayra, y en ellos vienen según noticias que se me han dado por algunos que han saltado a tierra, toda la emigración de dicho Puerto como igualmente una Compañía de Hostalrich y demás tropas que en aquella Plaza se hallaban de guarnición") los preparativos de defensa se hacen a ritmo apresurado y con la ayuda total de los temerosos habitantes, enterados igualmente de los avances de las tropas de Urdaneta sobre Coro.
En Junta de Fortificación celebrada en horas de la noche del diecisiete de mayo de 1821, convocada por el Comandante Militar de la plaza (4), se reunieron el Brigadier Don José Sartorio, el Intendente interino Don José Alustiza, los Diputados del Ayuntamiento Don José Benito de Austria y Don Antonio Bausa, el Capitán de Fragata y Comandante del Apostadero de Marina Don Ángel Laborde, el Capitán de Fragata Juan Barrí, los Tenientes Coroneles Miguel Domínguez, José Bausa y León de Iturbe, los Comandantes de
Artillería Faustino Navarro y Francisco Reyes, el Capitán de Ingenieros Don Juan Arellano, y otros funcionarios de menor jerarquía, para tratar de emergencia la grave situación que confrontaba la ciudad con la llegada de los emigrados de La Guaira y las posibilidades de sitio de la plaza; se decidió invertir los fondos del Ayuntamiento destinados a la construcción del lienzo de muralla que daba al mar (seguramente parte de la desartillada muralla entre las baterías Corito y Príncipe al flanco Occidental de la ciudadela), para reacondicionar los aljibes, "obras absolutamente indispensables en caso de sitio que tal vez no podía estar remoto", se tomaron medidas de inteligencia contra posibles "agentes activos de los Dicidentes" en la ciudad y se concentró el gobierno político y militar en la persona del Coronel Esteban Díaz Aguado; de los análisis de la Junta se concluía que la plaza se encontraba en pésimo estado de defensa, con los buques de la armada imposibilitados y poco provista de víveres. Al día siguiente, Díaz Aguado informaba a La Torre (5) de las resultas de la Junta de Fortificación, y señalaba que carecían de víveres para resistir un sitio, que la artillería y las fortificaciones no habían tenido mayor adelanto en su acondicionamiento: ... "se está poniendo la cosa en caliente, y creo que los apuros en que estas gentes se hallan por su mucho miedo será la causa de que se interesen como devan". Con respecto al estado de confusión que originaba la nutrida emigración de La Guaira y el desespero general, copiaba una frase que hablaba por sí sola: "Vd. no puede tener hidea (sic) del Bochinche que se me ha reunido aquí, y cuanto me hacen trabajar". A consecuencia de esta situación, La Torre ordenó desde su Cuartel General en Valencia en dos notas del 22 de mayo (6), "que se mande salir cuantas personas haya que no tengan víveres para cierto tiempo exceptuando las que deban recibir ración", incorporar al ejército todos los individuos hábiles y racionar a los oficiales y soldados de la guarnición. Las cosas debieron continuar cada vez más "calientes" dentro de la plaza, que obligaron al Comandante Militar a publicar un bando (Apéndice Documental N° ll) el 31 de mayo, por el cual se embargaban todos los víveres y efectos comestibles, ya fueran de vecinos, comerciantes o emigrados de la plaza, concediendo sólo un plazo de tres horas para hacerse la declaración de lo poseído por cada particular; esta medida originó la inmediata reacción del Ayuntamiento, solicitando la derogatoria de la misma, ya "que del embargo de los víveres baxo el pie indicado, sobrevendrían inconvenientes contrarios al mismo beneficio de la causa pública que se procura en la expresada medida. Es constante según el parecer del Ayuntamiento que sólo en un caso de evidente sitio de esta Plaza, se podría tomar esa disposición por la urgencia de las circunstancias, pues de lo contrario el embargo produciría el alejamiento de introducción de víveres en este Puerto, cuando sin él continuarán viniendo en sentido regular, y tal vez con la doble mira de conseguir lucros de consideración". Comenzaba así el enfrentamiento del Cabildo porteño con las autoridades militares de la plaza, que haría crisis algunos meses después.
De que las medidas tomadas por La Torre fueron eficaces para la conservación de la plaza de Puerto Cabello, hablan por sí los hechos posteriores. Pero en forma indirecta lo reconocería el mismo Bolívar, cuando en carta dirigida a Santander desde Valencia (10 de julio) (7) señalaba: "Todo el país está en nuestro poder, excepto Puerto Cabello; pero no hemos cogido una paja, porque el enemigo lo había evacuado todo perfectamente. Sin embargo, haré mis esfuerzos por mantener el ejército. Las emigraciones de uno y otro partido se lo han llevado todo". Reconocimiento al tesonero empeño del jefe realista, que supo conducir la retirada de su ejército bajo normas del arte de la guerra.
A pesar de sus previsiones, cuando La Torre entra a Puerto Cabello el 25 de junio, encuentra la ciudad en lamentable estado de defensa. La concentración de tropas y emigrados venidos desde La Guaira, Coro y San Felipe, y los restos de su ejército junto a los escapados de Valencia, abarrotaron la estrecha plaza donde se mantenía de guarnición el batallón Segundo de Navarra y funcionaban hospitales militares, creando el inmediato problema de la falta de víveres, a cuyos efectos hizo desembarcar los existentes en buques mercantes que estaban en la bahía. El clima y las condiciones de la ciudad, impedían acumular víveres para más de tres meses, ya que tal era el tiempo máximo que duraban en buen estado. Las reparaciones en la artillería y en los muros de la ciudadela, nunca fueron concluidas. El pánico había hecho presa de la población y el sentimiento de derrota minaba todo el ejército. Por otra parte, los triunfos republicanos y el espíritu liberal de buena parte de la tropa, comenzando por el General en Jefe, hacían difícil el rescate de una moral política que mantuviera en alto la defensa de la Monarquía. Lo único que había quedado incólume en Carabobo, era la disciplina de los restos del ejército que entraban a una plaza donde reinaba el más completo desorden.
La Torre concentró sus esfuerzos sobre dos objetivos inmediatos: el acondicionamiento de las defensas y el socorro y rescate de la División del Coronel Pereira, cortada por los republicanos. Sobre lo primero, al día siguiente de su llegada se dirige al Ayuntamiento para comunicarle que había resuelto crear una línea magistral en las "casas comprendidas en las calles de los Cuernos y Geringa, y boca del río". Ordenó desalojar algunas casas para acomodar tropas y recogió y concentró todas las maderas, tablas, vigas, puertas, etc. en poder de los particulares, sin excluir "la benerable orden de San Francisco". A los fines de evitar reclamaciones de los afectados, en la misma fecha solicita del Ayuntamiento "nombre una comisión de dos individuos que con los tasadores de la Ciudad procedan al justiprecio de todo para que en cualquier tiempo se satisfaga a los propietarios por la hacienda nacional el correspondiente crédito". En comunicación del 29 de junio, ratificó al Ayuntamiento las órdenes anteriores (8).
La División del Coronel Pereira, después de derrotar y perseguir a Bermúdez, ante la certeza del desastre realista en
Carabobo (conoce la noticia el día 26), trató de retirarse inicialmente hacia los llanos y luego por los difíciles caminos de la serranía de la costa, hacia Puerto Cabello. El Libertador envió en su persecución al Teniente Coronel Diego Ibarra, y a los fines de evitar la retirada realista, ordenó al Coronel Manuel Manrique cortarlos por la vía de Carayaca, mientras se concentraban tropas del Batallón "Anzoátegui" en Maracay a la orden del Comandante J. M. Arguíndegui, con la finalidad de interceptar las tropas realistas si éstas salían a Choroní. En la fila de Mamo, cerca de Pataquire, retrocedió Pereira sobre La Guaira, ante el conocimiento de las ventajas de las tropas de Manrique y la imposibilidad de batirlas; cercado, trató de embarcarse en tres buques de la Flotilla Francesa al mando del Almirante Julien Legrodier, quien se declaró neutral, aún y cuando intercedió ante los republicanos a los fines de lograr una capitulación.
Inútilmente buscó La Torre rescatar la División de Pereira; al efecto movilizó sobre las costas de La Guaira cuantas embarcaciones de remo o vela encontró en Puerto Cabello. El 26 de junio señalaba a Pereira la conveniencia de que se dirigiera a algún punto de la costa, para embarcar las tropas a su mando; por órdenes del Brigadier Morales, marchó Pereira el 27 sobre La Guaira en espera del ansiado socorro. Todo resultó vano esfuerzo. Negadas las posibilidades de embarcarse en los buques franceses, únicos en la bahía, recibe de Bolívar el 1° de julio una carta (9) en la cual oficialmente ofrecía la posibilidad de una honrosa capitulación. Pereira le contestó desde La Guaira, solicitando el envío de las bases del acuerdo. El Libertador comisionó suficientemente a su edecán Teniente Coronel Diego Ibarra, y con fecha 2 de julio remite al comandante realista las bases para capitular, contenidas en siete artículos (10). Luego de aceptar las modificaciones que el Coronel realista tuvo a bien hacerle, el Libertador en fecha 4 de julio concede capitulación a las tropas españolas, y ocupa ese mismo día el puerto de La Guaira.
Además de doscientos prisioneros que los capitulados tenían bajo su custodia, se pasaron a las filas republicanas un total de 347 hombres. Con quinientos ochenta y dos efectivos de los cuerpos Húzares, 2do. de Valencia, 3° del Rey y 8° de Valencey, desembarcó en Puerto Cabello, trasladado por los buques de la escuadrilla francesa, el resto de la División del Coronel Don José Pereira.
Luego de ocupar Valencia, en la tarde del 25 de junio el Libertador, con tres batallones de la Guardia y el Regimiento de Honor de Páez, se dirige a Caracas. Antes de partir, envió con el Batallón "Rifles" al Coronel Antonio Rangel, Jefe de la Segunda Brigada de la 2da. División, a establecer la línea contra Puerto Cabello (ll). Esta comenzaba por la izquierda, desde Las Trincheras y cerraba cualquier salida por el camino de Aguas Calientes; pasaba por La Cumbre del camino de Carabobo, y se extendía a Vigirima, controlando
la ruta que nacía en la zona de Patanemo; por esta vía ordenó el Libertador el día 26 marchar doscientos hombres de infantería del Batallón Bravos de Apure, a ocupar el Puerto de Ocumare y cortar los dispersos; el 27 ordenó al Capitán Pérez, del Batallón Anzoátegui, marchara con una compañía a ocupar Ocumare y Choroní; en estos pueblos cerraba por el Oriente la línea. El sitio formal vino a establecerse en el mes de abril de 1822. Quedaban así los realistas con una reducida zona de acción, en la cual actuaron guerrilleros patriotas encargados fundamentalmente de observar y obstaculizar al enemigo. En el mes de febrero de 1822 operaban en la zona descrita, un total de 88 guerrilleros, distribuidos en cuatro destacamentos: el de Patanemo, comandado por el Capitán Parra, tenía 2 oficiales y 29 hombres de tropa; el del Cambur, su Comandante Félix Dombles, 1 oficial y 13 soldados; la guerrilla de Goaigoaza, que aparece diferenciada con el nombre "Voluntarios de Puerto Cabello", operaba con el subteniente Blanco y 21 efectivos; y la de Agua Caliente, bajo el mando de Miguel Fuenmayor, tenía 21 hombres de tropa (12).
De la misma manera, los realistas destacaron partidas de observación y trataron de mantener el único camino que permanecía expedito: el que conducía a Coro.
Fue sólo en diciembre de 1821, cuando las tropas republicanas lograron extender la línea de circunvalación hasta El Palito.
En Valencia quedó el grueso del ejército libertador bajo las órdenes del General Santiago Marino: (600 hombres disponibles y 600 heridos y enfermos). En La Victoria se situó el Batallón Anzoátegui, y el 27 se ordenó al Mayor Manuel Cala marchar con dos compañías de ese batallón, a pacificar la zona desde Villa de Cura hasta el pueblo .de Ortiz, con facultades para organizar gobierno civil en los pueblos y secuestrar bienes del gobierno español y de los emigrados.
El 28, desde Las Cocuizas, el Coronel Briceño Méndez de orden del Libertador, recrimina a Marino la desorganización en que mantenía el ejército a su mando; a los fines de solucionar tales problemas, encargó del Estado Mayor General al Coronel Bartolomé Salom y asignó a Marino solamente la jefatura del ejército que cubría a Valencia y rodeaba Puerto Cabello. Temeroso Bolívar de que los realistas pudieran concentrar en el puerto 3.000 hombres e intentaran alguna salida, meditó "un medio de bloquear la plaza sin tener que dividir el ejército, ni exponer nuestros cuerpos a ser batidos en detal" (13).
Por Oficio del Ministro de Guerra del 2 de julio, se ordenó a Marino reunir todos los cuerpos del ejército en Valencia, incluyendo los que operaban sobre San Felipe y la columna al mando de Rangel destacada contra Puerto Cabello; el batallón Apure relevó al Rifles en la tarea de mantener la línea y se estableció el
Cuartel General de la misma en Naguanagua, situado un destacamento en La Cumbre; en los pueblos de Morón, Alpargatón y Urama se debían levantar guerrillas hasta organizar una fuerza de 400 ó 500 hombres, bajo el mando del Teniente Coronel Miguel Cegarra, con el objeto de hostilizar la plaza e impedir la introducción de víveres; para apoyar esas guerrillas, a las que debían integrarse "los esclavos de aquel Distrito (...) dando la libertad a los que se presenten útiles o si tomen las armas", se situaron en Canoabo y Chirgua Arriba dos destacamentos del batallón Maracaibo. El Libertador señalaba expresamente a Marino, que en el caso de una salida realista con todas sus fuerzas, se replegara sobre los Valles de Aragua donde la caballería podría destruirlos fácilmente. Estas órdenes fueron cumplidas a cabalidad en el establecimiento de la línea contra Puerto Cabello.
En esa misma fecha Bolívar escribe a La Torre reiterándole sus deseos de promover la paz y la armonía entre Colombia y la nación española, e insinuándole la posibilidad de una entrevista personal o a través de comisionados (14). A pesar de que en la carta no señala expresamente el Libertador que desea negociar un armisticio, La Torre así lo entiende y en carta al Secretario de Estado y del Despacho de la Gobernación de Ultramar (15) de fecha seis de julio, comunica haber reunido ese mismo día la Junta de Pacificación y aceptado nombrar comisionados al conocerse los términos del armisticio. La Torre tenía instrucciones precisas por Reales Ordenes del 24 de abril y 4 de mayo de 1821, de procurar la prórroga del armisticio concluido en Trujillo, e interpretaba la premura del Libertador en hablar de paz, persuadido de que el ejército republicano había sufrido daños considerables en la batalla de Carabobo; el día 6 le dirige a Bolívar dos cartas, solicitando en una de ellas se fijaran los términos y bases de la nueva negociación; en la otra, de carácter no oficial (16), agradece el tratamiento dado a los vencidos en Carabobo: "Doy a V. E. las devidas gracias por este rasgo de humanidad que me hace disminuir el sentimiento de la suerte de dichos individuos". Se establecían así los primeros contactos entre los defensores de Puerto Cabello y las tropas libertadoras.
La situación del ejército patriota en los momentos en que se hablaba nuevamente de armisticio y paz, no podía ser mejor. Una moral elevada producto de las últimas jornadas y el dominio de todo el territorio venezolano, a excepción de las plazas de Cumaná y Puerto Cabello (Cartagena igualmente en territorio neogranadino) significaban las mejores ventajas. Sin embargo, al Libertador no escapaban los problemas inherentes a la manutención de un ejército numeroso en territorios arrasados y con tropas cansadas de guerrear. Ya en Valencia, contesta a La Torre fijando como bases para el nuevo armisticio "las de una estricta justicia y
una recíproca conveniencia" (17), y debía fundarse "en las mismas bases que el de Trujillo". El cese de hostilidades debía durar solamente cien días (dos meses concediéndose cuarenta días para abrir operaciones) lapso suficiente para lograr una paz definitiva, lo cual esperaba el Libertador de sus comisionados en Madrid, mejoradas las condiciones por la victoria recién obtenida. En la .misma carta Bolívar señalaba: "Si V. E. tiene a bien enviar comisionados a Naguanagua, los míos estarán allí mañana, y aún yo mismo, pues pienso ir a recorrer la línea de nuestros puestos avanzados". Los comisionados patriotas no podían haber sido mejor escogidos: el Ministro de Guerra, Coronel Pedro Briceño Méndez, y un hijo ilustre del terruño porteño, Subjefe del Estado Mayor General, Coronel Bartolomé Salom, quien luego de muchos años de ausencia esperaba el 12 de julio en el sitio de La Cumbre, se extendieran los correspondientes salvoconductos que permitieran llegar a San Esteban (18).
La situación realista era crítica desde todo punto de vista. Cerca de 4.000 soldados (Bolívar calculaba solamente 2.000) además del vecindario y numerosos emigrados, abarrotaban las edificaciones de la vieja ciudad. La Torre desde su entrada a la plaza realizó múltiples esfuerzos por desembarazarla, obligando a los emigrados a embarcarse hacia las Antillas; el número de tropas, cuatro veces mayor a las necesarias para sostener la plaza, había sido disminuido por deserciones y muertes, y algunas medidas que se tomarían durante el mes de julio, como el embarque el día 23 de doscientos cincuenta voluntarios entre soldados y oficiales rumbo a Cartagena, bajo las órdenes del Capitán General del Nuevo Reino de Granada, Mariscal de Campo Don Juan de la Cruz Mourgeon (19), y el envío de oficiales voluntarios con alguna tropa hacia el interior del país, especialmente los llanos, con la finalidad de insurreccionarlos nuevamente (20).
A pesar de tales medidas, la escasez de raciones para mantener el ejército era notable; a esto debía unirse la obligación del General en Jefe de socorrer a Cumaná con pertrechos y víveres. En solicitud de ayuda había enviado comisionados a las posesiones españolas de Puerto Rico y La Habana, a las Colonias Extranjeras en las Antillas Francesas e Inglesas, así como también al Ministro Plenipotenciario del Gobierno Español ante los Estados Unidos; a España envió a Don José Domingo Díaz, con instrucciones precisas de plantear la crítica situación en la que se mantenían. Pero
se daba por descontado que tales solicitudes darían resultados no inmediatos, y era obligante una solución que permitiera ganar tiempo. A todo esto se unía la falta de caudales (sólo disponían de 5.000 pesos proporcionados por el Ayuntamiento) ya que, para decirlo con frases de un acta del Cabildo (21) de fecha 18 de septiembre de 1821, reunidos los munícipes con los comerciantes locales para facilitar un empréstito, "era público y notorio, que con motivo de la funesta acción de Carabobo, el terror y espanto que ella trajo a esta plaza, todos los capitales emigraron y con ellos sus dueños, quedando sólo unos muy pocos y eso con una mesa no más, una silla, un par de mudas de ropa y sin casa en que vivir. De consiguiente tan imposible es la recaudación de aquellas cantidades como hacer que desfile licor una garrafa vacía". A la exportación de caudales, se unió la no aceptación por parte de los comerciantes porteños, de las monedas de cobre llamadas señas, las cuales habían sido eliminadas en territorio liberado por Decreto del Libertador de fecha 5 de julio de 1821, dado en Caracas. A todo esto debía agregarse la suspensión del comercio, ante la inminencia de bloqueo del puerto, y el conflicto con el Ayuntamiento, cada día más grave. Lo único suficiente en la plaza, eran pertrechos de guerra, los cuales estaban calculados para resistir un sitio de dos años.
Compelido por tales circunstancias, se decidió La Torre a negociar; al efecto, reunió el 12 de julio una Junta de Pacificación, la cual nombró comisionados a dos de sus integrantes, el Brigadier Don José Sartorio y el Capitán de Fragata Don Juan Barry, además del Coronel Don Tomás García, comandante del regimiento de Infantería Valencey. Las instrucciones dadas a estos comisionados (ver Apéndice documental N° 12) harían imposible cualquier arreglo. El tema álgido de la discusión debieron ser los puntos 2°, 3° y 6° de las instrucciones, que señalaban los límites de la línea divisoria realista, comenzando por la derecha desde la desembocadura del río Urama, los pueblos de Cabria, (?) Aguaculebra, Jadía (?), Montalván, siguiendo en línea recta a Carabobo, Bucarito, Magdaleno, en línea recta al punto de la Cabrera, y desde aquí en línea recta a Ocumaje de la Costa, lo cual significaba abandonar las tropas republicanas un amplio territorio, incluyendo la importante plaza de Valencia. La solicitud inicial de los comisionados españoles abarcaba una línea avanzada que incluía a Magdaleno, Villa de Cura, La Victoria y desde este punto en línea recta al mar, hasta Chuao. La Plaza de Cumaná tendría una línea de cinco leguas de circunferencia. Una última proposición, en caso del seguro fracaso de las anteriores, hacía conformar a los realistas con la entrega de Coro. Se buscaba así desahogar la plaza, donde ya experimentaban las funestas consecuencias del clima y enfermedades endémicas en la zona, como también proveerse de víveres en los territorios que fueran concedidos.
Dos días duraron las conversaciones. El día 15, a los Coroneles Briceño Méndez y Salom se ordenaba regresar de San Esteban, ante lo inadmisible de las proposiciones realistas. En esa misma fecha en carta a Soublette, el Libertador señalaba: "La Torre exige concesiones como si hubiera sido vencedor". Ante tal situación, hace venir a Páez desde Caracas y le entrega el mando de la línea contra Puerto Cabello, ordenándole abrir operaciones y estrechar el sitio. En estas decisiones influyó la insurrección de la provincia de
Coro, nunca definitivamente pacificada, acaudillada por Don Pedro Inchauspe, en los primeros días del mes de julio. La Torre enviaría el 23 al Coronel Juan Tello, con mil hombres y suficientes armas y pertrechos, a los efectos de sostener la insurrección. El Libertador nombraría el 15 de julio a Marino, General en Jefe del Occidente del Departamento de Venezuela, con precisas instrucciones de operar contra Coro. En esa misma fecha quedaba Páez nombrado Comandante de la línea sitiadora.
El 19 de julio escribiría Bolívar la última carta de carácter privado a su amigo el General La Torre. (Ese mismo día oficialmente aclaran el tratado de Capitulación de La Guaira (22). La última carta dirigida al jefe realista, será enviada el 22 desde Valencia). "Mi querido General y amigo: He recibido ayer tarde con la mayor satisfacción la apreciable carta de V. que ha puesto en mis manos el Señor Capitán Rebollo: Veo por ella el sentimiento que ha causado a V. la suspensión de las conferencias sobre el Armisticio.
Confesaré con franqueza que yo participo de este mismo sentimiento, porque en mi opinión, es inicuo en las presentes circunstancias, el sacrificar las únicas víctimas que han escapado de esta lamentable guerra. Ni Vmd. puede desear la muerte de los últimos compañeros de su fortuna, ni yo la de los míos: ellos mucho menos aún; por consiguiente, nada es más necesario que el armisticio. Una suspensión de hostilidades tan momentánea, como la que deseamos 'celebrar, es muy sencilla con honor y buena fe. Creo que bastará conservar recíprocamente las posiciones que cada uno ocupa y demarcar límites intermedios con algunas precauciones más, para que el armisticio quede de hecho realizado. Exigir grandes cosas, y más aún cesiones duras, es impedir el efecto saludable de esta benéfica medida. Suplico a Vmd. que me conteste pronto y definitivamente sobre este negocio, porque su retardo puede producir un efecto contrario a los sentimientos que nos animan. Tenga Vmd. la bondad de recibir las expresiones con que tengo el honor de ser./ Su más afecto obediente servidor/ que besa su mano/ Bolívar" (23). La respuesta del Mariscal La Torre estará fechada en Puerto Cabello el día 21 (24) y será definitiva, no sólo para cerrar las vías al posible armisticio, sino también para concluir las relaciones de dos contendientes que no pudieron realizar el deseo de "tener un segundo día de Santa Ana".
Fracasadas las posibilidades de armisticio y en insurrección la provincia de Coro, Bolívar se dirige a Caracas, a agilizar la recaudación de fondos para el ejército; allí llega el 29 de julio. Al día siguiente de su llegada expide la célebre proclama en la cual anuncia la unión de Venezuela, Cundinamarca y Quito.
Concibe entonces el ambicioso proyecto, tantas veces madurado en sus quimeras, de "redondear a Colombia", para alejar así la guerra de sus fronteras, liberando al Perú, donde el Gral. San Martín
mantenía la vigencia de un armisticio. El 1° de agosto de 1821 se aleja Bolívar de su ciudad natal, donde regresará cuatro años y algunos meses después, libertador y constructor de pueblos, pero menguado en su autoridad por la anarquía y la guerra civil en territorio venezolano.'Se dirige hacia Carora, para desde allí coadyuvar a la reconquista de Coro. A su paso por Valencia, el 7 de agosto nombra al General José Antonio Páez, Jefe del departamento militar compuesto por las provincias de Caracas y Barinas, "sin perjuicio del mando en jefe del mismo ejército y de la Comandancia General de Caracas que sirve V. E." (25). (El Departamento de Venezuela, bajo la administración política del Vicepresidente de la República de Colombia, General Carlos Soublette, fue dividido en tres departamentos militares; el de las provincias de Oriente, bajo el mando del General Bermúdez; el mando de Páez en las provincias señaladas, y a Marino en las provincias de Occidente. Soublette, conocedor del volcán de caracteres sobre el cual fundaría su gobierno, escribiría posteriormente a Bolívar: (26) "Me deja usted en Venezuela y Ud. sabe que yo no puedo conducir este mundo. Para mayor alivio, quedan Páez y Marino con grandes mandos militares, independientes uno del otro, y sujetos a Dios, porque Ud. nada me ha dicho. Si quedan sujetos a esta Vicepresidencia, que sería lo más regular, fácil es concebir las dificultades que yo encontraré, y encontrará cualquiera que no sea Ud. para hacer que las cosas lleven una marcha regular y conveniente, que las rentas se organicen, y que el país no sea un Bajo Apure y un Maturín...").
Bolívar llega a Carora y allí establece su Cuartel General el 18 de agosto; de inmediato se apresta a marchar hacia los Puertos de Altagracia con "mil y pico de infantes", según sus propias palabras, para operar por mar contra Coro. Las noticias que recibe el 20, de que el Coronel realista Pedro Luis Inchauspe se había pasado al bando republicano con quinientos hombres y de que el Coronel Tello marchaba en retirada hacia Puerto Cabello, le hacen definitivamente dirigir sus miras a la expedición para marchar al Sur. El 30 de agosto llega a Maracaibo, con intenciones de pasar a Santa Marta y atravesar hacia el Pacífico, pero la solicitud del Congreso General que lo había nombrado Presidente de la República, de que se presentara a prestar juramento ante el soberano cuerpo, le hacen variar su ruta. El 18 de septiembre sale de Maracaibo y el 30 entra en la Villa del Rosario de Cúcuta, donde el Congreso reunido en pleno recibirá su juramento el 3 de octubre; de la Villa saldrá el 10 hacia Bogotá y el 21 de ese mismo mes entrará a la antigua Capital del Virreinato, donde en forma definitiva decide conducir los ejércitos libertadores en la campaña al Sur del Continente. La plaza de Cartagena, en la que 4.000 hombres bajo las órdenes del Coronel Mariano Montilla mantenían estrecho sitio, capitula finalmente el 1° de octubre. La de Cumaná capitularía a mediados del mismo mes. Quedaba sobre la costa firme del mar antillano, solamente la plaza de Puerto Cabello.
Nombrado Páez Comandante del Departamento Militar que se formó con las llamadas provincias de Caracas y Harinas;
debiendo mantener una permanente movilidad en toda la zona debido a los reagrupamientos realistas, en especial las acciones del Coronel José Alejo Miraba!, quien había salido de Puerto Cabello por vía Morón, Canoabo, El Pao, a operar en los llanos de Calabozo, fue nombrado por Bolívar el 11 de agosto comandante en jefe de las tropas que debían obrar sobre Puerto Cabello (interinamente, por unos 15 días, ejerció la comandancia el encargado Jefe del Estado Mayor General, Coronel Bartolomé Salom) el Coronel de infantería Manuel Manrique (27), perfecto conocedor del terreno donde desenvolvía sus operaciones y veterano comandante (28). Recién encargado debió hacer frente a la movilización del ejército realista, que maniobra para facilitar la entrada en la plaza de las tropas que replegaban desde Coro bajo las órdenes del Coronel Tello, entradas en Puerto Cabello el 28 del mes de agosto. En el mes de septiembre decidió Manrique cortar definitivamente el trato comercial y la comunicación que existían entre los pueblos circunvecinos y la plaza de Puerto Cabello, que tenía en esta periferia importante fuente de suministros. Bajo el pretexto de utilizar las salinas de Goaigoaza, se mantenía a través de particulares, una correspondencia entre los asediados y las partidas realistas que operaban en el interior del país. El 8 de septiembre publica Manrique un bando (ver apéndice documental N° 13), en el cual establece la pena de muerte para todos aquellos que estuvieran en comunicación o escribieran al territorio enemigo, "sin más requisitos que comprueben esta falta o grave delito en un consejo de guerra verbal, que se formará en el acto de ser aprehendidos" (29); se hacía extensiva, en el artículo segundo del señalado bando, la severa sanción, a todo ciudadano que no diera noticia inmediata de la infracción cometida por otro. En el mismo sentido se dio comisión a un tal Gerónimo Salazar para que aprontara la esclavitud de los valles y las pusiera a la orden del ciudadano Antonio Leocadio Larrido, al objeto de sacar la sal de Goaigoaza y evitar en tal forma el argumento de carencia del producto (30). Un nuevo bando publicado el 24 del mismo mes (ver apéndice documental N° 14) decretaba la movilización total de los habitantes de los pueblos de Goaigoaza, El Cambur, Patanemo, "y demás de las fronteras de Puerto Cabello", así como también "los negros de las haciendas de Santa Cruz, Guadalupe, Miquija, Santa Rosa, y demás de cacao, o café como también todos los habitantes de aquellos contornos",
los cuales serían trasladados fuera de la línea, costeando el gobierno los gastos de transporte y ofreciéndoles recompensar tan "pequeño trabajo" una vez tomada la plaza, ya que Manrique suponía que los trabajos del sitio iban a durar muy poco. Seis días después de publicado el bando, todos los individuos que fueran encontrados en los caminos y lugares de la línea exterior, serían considerados espías y tratados como tales.
La Torre, veterano en cuestiones de sitios, ya que había participado como sitiador en Cartagena, presenciando los horrores del hambre y la desolación a la entrada de las tropas españolas en esa plaza (31), y como sitiado en la plaza de Angostura, donde terminaron alimentándose con yerbas, y no quedó perro o gato que no sirviera las mesas españolas (32), conocía bien la crítica situación en que se hallaba.
Decidió así una serie de medidas urgentes a las cuales hicimos referencia, y desarrolló actividades tendientes a preparar la plaza para un largo asedio. En base a las experiencias de los dos primeros sitios sufridos por la ciudad en los años 1813-1814, concibió la idea de construir una segunda línea que resistiera el embate inicial del enemigo, proporcionara enorme desahogo a la plaza y permitiera salidas con mayor éxito, ya que la línea magistral debía conceptuarse formada por los baluartes del Príncipe y La Princesa, esto es, todo el frente llamado de la Estacada. Para ello contó con el celo y actividad de los ingenieros Juan Nepomuceno Jaldón y Manuel de Albo. Esta línea se ejecutó en la parte norte de la llamada plaza de la Constitución (33),
apoyada por el Oeste sobre la boca del río San Esteban, que llegaba cercano a la llamada playa del Mercado, y terminaba en el manglar al Este. Como las casas laterales a la plaza de la Constitución, esto es, sus flancos Este y Oeste, imposibilitaban una mejor defensa, se ordenó su demolición. Frente a esta segunda línea, en la llamada puerta de la Surtida (34) se construyó un tambor o batería, para aumentar la capacidad defensiva de la línea. Las casas fueron comunicadas por el interior de las mismas y se construyeron aspilleras por el lado externo, de manera que quedó constituida una verdadera muralla defensiva, cuya fortaleza quedó demostrada a través de la lucha.
Entre el frente de la Estacada y la espalda de la segunda línea, fueron demolidas las casas comprendidas entre las llamadas calles de la Geringa (hoy Bolívar) y de los Cuernos (hoy Plaza).
En la Junta de Guerra (35) celebrada el 21 de julio, a instancias del Ayuntamiento, para que resolviera sobre la destrucción de las casas señaladas como inútiles y causa de estorbo, se acordó además la limpieza del foso, correr una estacada desde la batería de La Princesa hasta la de la Constitución y desde ésta al Muelle, renovándose esta última batería por el mal estado en que se encontraba. Punta Brava fue aumentada con cuatro cañones y contra la voluntad del Ingeniero Jefe, se resolvió no colocar pieza de artillería alguna en el Fortín Solano, "por ser absolutamente inútil"; se alistaron las fuerzas sutiles para la defensa de los caños y manglares y se confirmó la orden dada por el General en Jefe de recoger y depositar "en parajes de seguridad las maderas de las casas que se han de arruinar, para los diferentes usos a que son aplicables en los sitios", entre otros los de blindajes, y construcción de cajas para el transporte de cartuchos y balas de fusiles" (36).
Otras medidas tomadas para la defensa, fueron el acopio de mantas y la preparación de sacos de tierra destinados a cerrar brechas en los muros. El presidio fue trasladado "a otro edificio de seguridad". El Ayuntamiento fue encargado de reunir todos los carpinteros y albañiles de la plaza y ponerlos a la orden del Comandante de Ingenieros.
La situación de la armada realista, a pesar de ciertos deteriores que mostraban sus dos unidades de guerra, la fragata "Ligera" y el bergantín "Hércules", era del todo satisfactoria, ya que los patriotas no podían oponerle más que buques corsarios, por cuanto todo barco útil se encontraba bloqueando las plazas de Cartagena y Cumaná. Las limitaciones de víveres en que se encontraba la plaza de Puerto Cabello, retardaron el envío de auxilios a la de Cumaná, que había recibido transportados por una goleta holandesa, los últimos comestibles el 30 de julio, con una nota del Mariscal La Torre que decía: "Irán buques cargados de gente y de vituallas; me tienen sitiado Bolívar, Páez y todas las notabilidades de la República; pero la plaza está bien provista, es fuerte, y los rechazaremos. Consérvese por
España Cumaná y todo se ha de remediar. Animo y valor" (37). A pesar del optimismo del General en Jefe y de lo "bien provista" que estaba la plaza, es sólo el 9 de octubre cuando sale el Capitán de Fragata Don Ángel Laborde, conduciendo un convoy de víveres y refuerzos; los víveres calculados para dos meses, dejaban a Puerto Cabello con sólo veinticinco días de alimentos. Ante la noticia de la caída de Cumaná —había capitulado el día 16 de octubre con las fuerzas patriotas comandadas por Bermúdez— Laborde regresó a Puerto Cabello, donde entró el 26 del mismo mes.
A pesar de que la toma de Cumaná permitía la movilización de la escuadrilla patriota al bloqueo de Puerto Cabello, esto no se realizó como hemos dicho sino en el mes de abril de 1822, en concordancia con el establecimiento del sitio formal. Por el control que Laborde llevaba en el Apostadero del puerto (38) comprendemos que los buques realistas marinaban sin peligro. Ejemplos varios así lo demuestran: el 26 de junio de 1821 entró al puerto, procedente de Nueva York, la goleta anglo-americana "LA ANTEL". El correo de Puerto Rico tuvo el siguiente movimiento en 1821: goleta "CLARITA" entró el 9 de septiembre y salió el 22 del mismo mes; la goleta "SUPERIOR" arribó el 25 de octubre y zarpó el 31 de ese mes; la goleta "PATRIOTA" tomó puerto el 16 de noviembre, y se hizo de nuevo a la mar el 23 del mismo. Durante los primeros meses de 1822 y hasta el establecimiento del bloqueo, arribaron al puerto la goleta "PISQUI" (25 de febrero ) y la "ARGOS", en los primeros días del mes de marzo. Todo esto, además de las múltiples salidas realizadas por los buques del Apostadero, en misiones especiales o de rutina.
Fundamental problema presentado a los realistas el de la subsistencia. La falta de víveres y numerario para las diversas necesidades de la plaza, fue permanente preocupación. Desde comienzos del año 1821 se habían enviado comisionados a La Habana y México, así como al Gobernador de la isla de Martinica, solicitando proveyeran de víveres la plaza. De las diversas gestiones realizadas después de la batalla de Carabobo, sólo se obtuvo respuesta positiva del Gobernador General de las Antillas francesas, Conde de Danselot, quien logró de comerciantes particulares de Martinica remitieran a Puerto Cabello un cargamento de víveres, que hizo escoltar por buques de guerra de la marina francesa. La fuente de suministro principal fue la isla de Curazao, a pesar de que el Gobernador de la misma tratando de quedar bien con ambos bandos, permitía a los corsarios patriotas el apresamiento en puerto de buques españoles.
A los fines de subsanar el error inicial, justificado por la emergencia del embargo de los víveres de naves que se encontraban en bahía a la entrada de La Torre a la ciudad, se declaró libre de derechos todos los alimentos que fueran introducidos por buques particulares, estimulando en tal forma las remisiones que hicieran comerciantes de las Antillas cercanas.
Las operaciones comerciales de compra de víveres se cancelaron mediante libranzas contra las cajas reales de La
Habana, Puerto Rico y México. En una sola oportunidad — mayo de 1823— se trajo dinero efectivo a la plaza. Las ayudas venidas desde otras colonias españolas, las pocas veces que se recibieron, fueron víveres comprados a precios elevados en relación con el costo local, o en especies comerciables, como tabaco llegado de Cuba. Los otros medios de pagos fueron también en especies: café y cacao requisados a las pocas haciendas de las cercanías o botín de la salida practicada en noviembre de 1821 por el Brigadier Morales sobre la costa de Barlovento. La posesión de Coro a principios del año 1822, proporcionó otra moneda sumamente preciada: esclavos!, los cuales fueron remitidos en lotes a Curazao para los pagos de contratas.
La carencia de medios para sostener las tropas y atender los múltiples problemas económicos confrontados, impulsó a la Junta de Guerra en reunión del 1° de octubre de 1821 a enviar al Brigadier Don Francisco Tomás Morales a la isla de Curazao, a los fines de "que invitase a los emigrados de estas provincias que existen en ella a que contribuyesen con lo que pudieran para llenar tan graves necesidades (39). En Junta de Pacificación celebrada el 27 de octubre de ese mismo año (40) el Brigadier Morales informaba del resultado de su comisión: se habían recaudado donaciones y realizado contratos por un total de 44.445 pesos en metálico y especies, consiguiendo formalizar un convenio para suplir víveres, con los comerciantes curazoleños Jorge Federico Lens y Jorge Curiel.
Las múltiples gestiones realizadas por La Torre no obviaron sus permanentes reclamos enviados al Rey a través del Secretario de Estado y del Despacho Universal de Guerra. En carta del 20 de agosto de 1821 (41) al señalar entre otras cosas que sólo quedaban víveres para un mes, concluía: "Yo he puesto en práctica, no obstante, todos los medios que me han sugerido la necesidad y el deber. He renovado mis solicitudes a La Habana, he pedido a Puerto Rico, y mandado un Comisionado a las Colonias para que haciendo contratas de víveres, librando contra la Isla de Cuba, México o cualquiera territorio de la Península se me provea de lo indispensable para vivir. Si estos esfuerzos no producen los resultados a que aspiro, abandonaré esta plaza y la de Cumaná por no deber permitir perezcan los cortos restos del Egército sin fruto alguno, por que desde mi regreso al mando he manifestado al gobierno repetidas veces que sin hombres y sin dinero principalmente no es dable hacer la guerra en estas provincias".
En diversas oportunidades se recurrió a empréstitos forzosos a comerciantes de la localidad, siempre a través del Ayuntamiento; pero este medio de proveer recursos fracasó estruendosamente a mediados del mes de septiembre de 1821. Se había resuelto en Junta de Guerra del 15 de ese mes, se formara una Junta de comerciantes y demás propietarios que no hubiesen emigrado, presidida por La Torre, y asistida por el Brigadier Correa y el Super Intendente Don Diego Alegría, a los fines de adquirir algún numerario para las múltiples atenciones de la plaza, proponiéndoles al efecto un empréstito "voluntario". El 18 de septiembre se reunió el
Ayuntamiento con la asistencia de veintiocho propietarios y emigrados con el objeto de tratar sobre el donativo exigido para hacer provisión de víveres para un mes, que a razón de cuatro mil raciones diarias, significaban una erogación de 13.000 pesos. La respuesta de los comerciantes irritó los ánimos del General en Jefe, pues la reunión se convirtió en oportunidad de crítica a la permanencia y sostén de las numerosas tropas que guarnecían Puerto Cabello. "En ella sólo deve haber —decían— (ver apéndice documental N° 15) con derecho a mantenerse de los almacenes públicos la guarnición suficiente para su mantenimiento, y aún en caso de apuro, que contribuyan los vecinos a su defensa como lo han savido hacer en dos ocasiones, y están dispuestos a hacerlo si se quiere otra vez. Los demás deben ir a comer el pan que consumen los enemigos, o a otro lugar que no se halle y esté en el duro aprieto que éste". Al mismo tiempo acusaban de despilfarro a la Superintendencia y que la solicitud del donativo estaba en contradicción con la oferta de hacer salir las tropas a combatir. A lo único que se comprometieron los comerciantes locales fue a sacrificarlo todo por mover el interés de los españoles refugiados en las Antillas". Habían aprendido demasiado rápido los comerciantes porteños, a sacrificar lo ajeno en provecho propio.
El Ayuntamiento de Puerto Cabello se constituyó en el principal dolor de cabeza del General en Jefe. Con la jura de la Constitución el 9 de marzo de 1820, los cabildos recobraron potestades y facultades que el poder real había mutilado progresivamente hasta dejarlos en su mínima expresión de protesta y defensa del común. En la ciudad sitiada era la única autoridad constitucional existente y el Alcalde la máxima potestad judicial, por cuanto la Audiencia había emigrado. Por otra parte, el pueblo manifestaba a través de sus munícipes la repulsa general hacia los llamados "pacificadores", que habían convertido la ciudad en su cuartel general desde 1815, haciendo sentir la prepotencia que les daba el hecho de ser fuerza y sostén de la nación española en guerra. Por ello, a raíz de la revolución de Riego y Quiroga y la vigencia de la Constitución, comenzó un período reivindicativo para la. colectividad representada por su Ayuntamiento; el 25 de junio, cuando las fuerzas realistas se limitan al recinto de la plaza, estaba constituido por Don Martín Aramburu, Alcalde de Primera elección; Don Juan Bautista de Goizneta, Alcalde Segundo; y los munícipes Antonio Bauza y Vila, Ramón Milá de la Roca, Ylario María de Zabala, José Bto. de Austria, Antonio Ferrer y Maris, Juan Moré y Villalonga y Francisco Massaguer: Asistía con el carácter de Presidente, el Jefe Superior Político Coronel Esteban Díaz Aguado; la Sindicatura estaba desempeñada por Fernando Moreda.
Con espíritu noble trató el Cabildo el grave problema que significó la emigración llegada desde distintos puntos del país, que exponía a la ciudad a gastar sus reservas de víveres, y por el clima malsano a una epidemia u otras calamidades. El tener que socorrer a los emigrados, causaba dispendioso gasto en las fortunas de los porteños. Pero estuvieron siempre dispuestos —y así lo manifestaban a La Torre en reunión del Cabildo del día 24 de junio, cuando el General perdía en Carabobo— (42) a sostener la justa causa y socorrer los emigrados, aliviando sus males y organizándolos. Cuando entra el derrotado Mariscal a la ciudad y se toman medidas
de emergencia, el Ayuntamiento aprueba y colabora en fortalecer las defensas y ayudar al ejército expedicionario; el 29 de junio entrega 550 barriles de harina, "considerable partida de todos caldos, carne salada y otros artículos" (43); pero los problemas comienzan a fines de ese mismo mes cuando la Intendencia del ejército encarga al Ayuntamiento de la distribución diaria de raciones, medida esta de eminente carácter militar, a la cual se niegan los munícipes. En instancia dirigida a La Torre en fecha 1° de julio (44) se manifiestan de acuerdo con la demolición de edificios ordenada por Ingeniería y se prestan a realizar los avalúos correspondientes; sin embargo, adelantan opinión sobre la necesidad de que la Intendencia tomara cartas en el asunto a los fines de garantizar pagos e indemnizaciones a los afectados, y sobre todo, recomendaban se decidiera en Junta de Guerra la procedencia de tales medidas. La Torre contestó (2 de julio) admitiendo la conveniencia de que el gobierno indemnizara a los afectados por la destrucción de sus viviendas, y señaló al final que la convocatoria a Junta de Guerra era de su exclusivo arbitrio (45). El conflicto fue tomando cuerpo ante la serie de reclamaciones de vecinos despojados de sus casas para albergar tropas y las demoliciones que se realizaban entre la primera y segunda línea de defensa, ya que al recurrir al cobro de arrendamientos o indemnizaciones, se encontraban sólo con promesas y libranzas a largo plazo contra las cajas reales de lugares distantes. El detonante del conflicto fue el decreto fecha 28 de julio del Super-Intendente Diego Alegría, acogiéndose a los dictámenes de los encargados de Hacienda, Juan Bautista de Oleaga y Juan Antonio Cortez, mediante los cuales se negaba el pago de dos casas que habían sido derribadas al vecino Don Ylario María Zavala, representado por Don Manuel Gómez; para negar los pagos se desempolvaron Reales Ordenes de fecha 16 de octubre de 1784, que prevenían no se construyeran en la población exterior casas nuevas ni se reedificaran las que se deterioraran y estuvieran "bajo del tiro del cañón del frente de tierra de la Plaza", en el sitio llamado arrabal o pueblo'exterior; y la de fecha 7 de octubre de 1791, que ratificaba la anterior en cuanto a que no se construyeran nuevas casas y permitía la reparación de las existentes, "con la obligación y precisa condición de ser demolidas siempre que sea preciso prepararse para la defensa en caso de que la Plaza se vea amenazada, sin que sus dueños tengan derecho a reclamar indemnización alguna por los daños". Comenzó así un litigio que demostraba el gusto de los porteños de la época por tales pleitos, y que pondría al Ayuntamiento definitivamente al lado del pueblo que representaba y contra la prepotencia militarista de los despectivamente llamados "pacificadores". Se renovaba, según la acertada expresión del Auditor del Ejército Hernández de Armas, "la guerra civil que entre el Jefe de Ingenieros y los vecinos se conservara de tiempo inmemorial".
La defensa que el Síndico Procurador Municipal, Don Fernando Moreda, hace de los derechos del común, es menester calificarla de brillante y creadora de la tradición de lucha contra la arbitrariedad que ha sido característica del pueblo porteño al través de los tiempos. Comienza por señalar que el decreto de la Superintendencia, "vuelve a
rebibir un asunto odioso e intrincado que por las últimas disposiciones Superiores estaba ya decidido y olvidado"; que tal medida obligaba al Ayuntamiento a salir al paso y evitar la "destrucción de una población que se ha erigido a expensas de mil fatigas, crecidos desembolsos, y trabajos muchos", y que traía por conclusión la ruina y mendicidad de muchos vecinos. "Parece señores —decía el Síndico— que cometieron estos un gran delito cuando invitados del Gobierno que les delineó y franqueó el terreno, fabricaron allí sus casas. Parece que el genio del mal y de la discordia se han propuesto perturbar la quietud de estos: porque es increíble a la sana razón que con una buena intención se trate de demoler una población que por mil razones en necesidad de utilidad y combeniencia se había de fomentar y proteger. Dos contrastes que están en contradicción: es decir la necesidad y utilidad común e individual de aumentar y progresar aquella población con el empeño particular de arruinar y destruirla (siempre con pretestos especiosos)".
Fundamentaba el Síndico los derechos del pueblo porteño a ser indemnizado en los daños que se le causaban a sus viviendas, en el artículo 172, restricción Décima, de la Constitución de la Monarquía Española, que declaraba sagrada la propiedad del vecino y que a todo evento debía ser indemnizado quien recibiera daños en su propiedad por parte del Estado; solicitaba al efecto una declaratoria prejudicial sobre la vigencia o no de la Carta Magna en Puerto Cabello. La representación de Fernando Moreda estaba fechada a día cinco del mes de agosto de 1821 (46).
Al siguiente día se reunió el Cabildo, invocando el antiguo juicio de "acreditados y memorables Ingenieros Brigadier Don Agustín Crame, Don Miguel González Dávila, Don Baltasar Gayangos Lascary y Don Miguel Marmión (...) sabios encanecidos en el arte de fortificación, libres de pasiones con respecto al vecindario de este Puerto", a los fines de justificar la existencia de la población exterior y el pago de los daños causados a la propiedad (47). Copia del acta y de la representación del Síndico, fueron hechas llegar a La Torre y al Jefe Superior Político.
El Auditor Don Ramón Hernández de Armas hizo suya la causa porteña, cuando en diversas comunicaciones al General en Jefe, justificó a través de un espíritu liberal y profundos argumentos jurídicos, el derecho de los lesionados. "Todas las Reales Ordenes, estableció leyes y disposiciones legales que se oponen a la Constitución Política de la Monarquía Española están derogadas, ecepto aquellas que en lo militar tienen por objeto la conservación de la disciplina, como fundamento radical de sostener ilesa la observancia puntual de este sagrado Código; de consiguiente están derogadas como opuestas a la décima restricción del artículo 172 de nuestra gran carta, las Reales órdenes de 16 de octubre de 1784 y 7 de octubre de 1791 que sirvieron de apoyo a la Superintendencia para negar las justas solicitudes del apoderado de Don Ylario María Zavala". En otro escrito argumentaba: "Contra el impedido no transcurre el tiempo. Este axioma legal se verificó en Puerto Cabello. En baño reclamaron los vecinos, menos pudieron hacer el menor uso de su derecho. Todo estaba bajo la férula de los mandatarios
y si no se hacía gemir al pueblo no era buen Comandante el que se manifestaba inclinado, que no a la conmiseración a la Justicia, y esta ha sido la suerte de este vecindario; por lo tanto por más que se publicaron estas Reales órdenes, por más que se les conminó con las penas que se tuvieron por convenientes señalarles y por mucho que se les dijese que no construyesen, su silencio observava la condición miserable a que les reducía el poder y la fuerza y el mismo les animaba a repasar sus edificios, sufriendo el baldón de arrabal hasta que el tiempo, la ilustración y las circunstancias le proporcionaron ir reacreciendo y recuperar del todo la dignidad de hombres libres y la reintegración de los derechos de ciudadanos españoles y ya como no impedidos para hacer sus reclamaciones fundados en aquella Ley fundamental no nueva, sino tan antigua como la España, piden en virtud de ella la indegnización de sus propiedades, ya que el Rey o el Gobierno en su nombre no puede por el objeto de una utilidad común tan conocida, como la sostención de esta Plaza a todo trance, tomar las Casas para derribarlas y habitarlas el soldado...". Y consideraba ridicula los términos en que estaba concebida la Real orden de 1784, ya que no quedaba sitio en el pueblo exterior donde no alcanzara el tiro del cañón, además de que no se expresaba el calibre del mismo para fijar los límites del territorio libre de construcciones.
El Informe del 'Auditor del Ejército tenía fecha 23 de agostó de 1821 (48); por disposición de La Torre de fecha 25 del mismo mes, se acogían los argumentos de Hernández de Armas y se ordenaba al Superintendente dar cumplimiento al decreto mediante el cual se preveían las indemnizaciones a los afectados por las obras de la plaza, determinando que en las certificaciones de crédito se anotara la circunstancia de no tener fuerza para obligar al pago hasta ser aprobadas por el Rey.
Ni un mes duró la paz entre los "pacificadores" y los representantes del pueblo porteño. Con motivo de la reunión de comerciantes a que hemos hecho referencia, el 18 de septiembre se reanudaron las hostilidades. En tal acta y en la del cabildo reunido el día 22, se hicieron severas críticas a la inactividad del ejército español, a la circunstancia de haber La Torre unido en un mismo cargo el de Comandante Militar y Jefe Político de la Plaza, y a los atropellos a la ciudadanía y desconocimiento del poder civil. La Torre dejó a un lado su espíritu liberal y procedió dando pruebas de un carácter digno de mejores causas. En Oficio dirigido al Superintendente de la plaza, fechado 19 de septiembre, y en otro de misma fecha dirigido al Jefe Superior Político (49) señalaba: "Sírvase V. S. exponer al referido Ayuntamiento que en las actas que han llegado a mis manos he observado como lo tengo advertido no se introduzca en las materias de guerra ajenas de sus atribuciones, siendo muy escandalosos los términos en que se expresa en la que debuelvo, por sindicar mis operaciones como si fuera fiscal de ellas, cuando debían guardarme todas las consideraciones que el Rey y las Cortes mandan...". Señalaba diversos argumentos para justificar la distribución de raciones y la preocupación de no exponer las tropas sin probabilidades de buen éxito; "... el enunciado Ayuntamiento —señalaba— también se vale de expresiones
que conspiran a conmover el Pueblo estableciendo el desorden, (y) se servirá V. S. hacerle entender que si las raciones debe comerlas la tropa de las que tienen los enemigos, no dudaré un instante colocar a todos los individuos en una de las Compañías de Granaderos para que vean como se adquieren, y que si no se abtienen de seguir la conducta que hasta aquí han observado tampoco tendré embarazo en hacer un ejemplar castigo con ellos sin exceptuar a ninguno, para que los demás que constituyan nuevamente este Cuerpo aprendan a respetar las autoridades". En la carta al Jefe Político materializaba las amenazas anteriores: "Y respecto a que la fuerza disponible sólo es de mil quinientos hombres, que la guarnezcan en caso de salida, he dispuesto que con arreglo a los artículos 8 y 9 de la Constitución Política de la Monarquía Española, se verifique la contribución a que me refiero, y se alisten todos los individuos capaces de tomar las armas desde la edad de 18 a 50 años de que me pasará V. S. una lista nominal, en la cual debe incluirse la mitad del ilustre Ayuntamiento a quienes tendré la satisfacción de conducir a la victoria ya que tanto se interesa por la gloria de las armas nacionales y felicidad de estos habitantes".
A los fines de fortalecer su autoridad, convocó La Torre a Junta de Guerra el 25 de septiembre (50); en ella expuso que su persona era objeto de las conversaciones del pueblo y malidicencia del Ayuntamiento, que pretendía entenderse en cuestiones de guerra y se oponía a sus providencias, dirigiéndole "infinidad de sarcasmos y le injuria de tal suerte (sigue en la parte 2) |