Cap. 06- Sabañón y "Barriga de Mero"

Descipción de este artículo: La ventana abierta cualquier día o cualquier hora dejaba ver lo mismo. A las siete, las ocho, cuando fuese, se sabía quién pasaba de dónde y para dónde; por qué y para qué. Todo predeterminado con regularidad impresionante. Las mismas voces, los mismos saludos, la misma gente en la invariable rutina del diario acontecer

Puerto de confluencias e inevitables encuentros, personajes típicos inolvidables merodeando siempre a la orilla del mar.

Instituciones permanentes, marcas en el tiempo llenando el mismo espacio. Iban y venían, como movidos por hilos de voluntad superior.

La ventana abierta cualquier día o cualquier hora dejaba ver lo mismo. A las siete, las ocho, cuando fuese, se sabía quién pasaba de dónde y para dónde; por qué y para qué. Todo predeterminado con regularidad impresionante. Las mismas voces, los mismos saludos, la misma gente en la invariable rutina del diario acontecer. Algo informaba que esos personajes del Puerto habían estado allí siempre, como el enorme árbol de generosa sombra en el patio de la casa, en primer plano junto al mar.

Por virtud de cual encantamiento, unos podrían haber sido cangrejos convertidos en gente. Así le indicaba su aspecto, sus colores preferidos, gris o pardo; parecían emanarlos hasta en la misma voz. Otros tal vez caracoles en anterior reencarnación. No faltaría vuelta gente la peregrina golondrina, la alegre mariposa, el altivo alcatraz ni la ágil gaviota. Sólo son formas de la vida en la orilla del mar. ¡Puerto! Mundo mágico, universo en transformación. En tu cielo el reflejo de aquel azul de fascinante luz y tu infierno: Aquél presidio sombrío por ironía llamado Castillo Libertador.

En el muelle, abordo o en tierra los mismos personajes. Como ánimas en pena o ángeles custodios ofreciendo protección. Entre ellos recuerdo dos permanentes: Sabañón y Barriga de Mero, curiosos apodos a los cuales respondían sin la menor señal de enojo.

El primero era de talla mediana y buena contextura. Rostro curtido y cabello liso más cano que entrecano, dábale una fisonomía hindú muy antillana. Faz de piel oscura destacando siempre amplio bigote bien cuidado: blanco el marco conteniendo la faz en el mismo color. Bajo la gorra azul teníamos delante un viejo "Lobo de mar" varado en tierra, o un capitán retirado que ya viejo, como los cangrejos, sólo podía vivir junto al mar.

Sabañón hablaba poco, lo hacía todo en silencio: amaba esta condición. Caminaba sobre goma con silentes sus pasos. Parecía flotar en el aire, forma sutil humanizada de ángel protector de los niños llegados al muelle.

Barriga de Mero era distinto. Cara afilada cortada a bisel, bajo la nariz un bigotín caído. Mirarlo era confirmar la sospecha que había sido una picúa en anterior vida. La barriga visiblemente expuesta, puntiaguda y no redonda como todas las venerables tan frecuentes en el Puerto.

Miraba sin pestañear con los párpados fijos medianamente caídos. Andaba sin prisa con cierto aire de elegancia marcial. También como un oráculo de puerto, sabía todo cuanto se nos antojara preguntar. ¿Cómo subir o bajar a un barco sin que aparecieran esos dos "Angeles custodios"?



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