Lo conocían más como "Carreñito", forma cariñosa de llamarlo. A diferencia del grave Sentís o el pulcro Ignacio, barberos estables como barcos anclados en el mismo lugar, Carreño era volátil. Diríase un barbero ambulatorio. Nunca paraba en sitio fijo. A veces anclaba en las cercanías del Mercado y desaparecía por un
tiempo hasta desaparecer más adelante como un pez volador.
Ofrecía servicios domiciliarios, y también en las barberías de los clubes sociales, y otras agrupaciones de buena clientela.
Mediano de estatura, menudo de cuerpo, trigueño de tez, cabellos lisos ligeramente ondulados más abundantes que escasos, así era él.
Sobre los finos labios portaba impecable bigotillo; barba afeitada, voz clara y expresivo el hablar. Si Ignacio era un barbero silente, Carreño era barbero locuaz.
No se iba del muelle al mercado y viceversa sin toparlo varias veces, de ida o de venida. No sé cómo abandonaba sus clientes, me parecía que había adiestrado a peines y tijeras que por mágico encantamiento seguían por sí mismas el trabajo, permitiendo al dueño ausentarse a impostergable diligencia.
Blusa blanca, su maletín negro, porte atildado y locuacidad segura, opinando con toda autoridad. Quien no lo conociera habría pensado que se trataba de un médico del Puerto.
Desde lejos la voz delataba su presencia. Cualquier transeúnte que fuera en la misma dirección era de inmediato investido con el rango de íntimo confidente. Conocía a todo el mundo. No había en el Puerto secretos ni cosas ignoradas o desconocidas para él.
Carreñito se fue un día, ¡Barbero mercurial! Pero aún me parece oír su voz cuando vuelvo y recorro las calles del Puerto. Algo me dice que Carreño no anda lejos, que debe estar por ahí! |