El pueblo amaneció dormido por el miedo y solo los pájaros marinos desafiaban las huestes de Aguirre que bajaban en la cercana playa. Hambrientos, algunos famélicos, los hombres habían sido bautizados como marañones después de haber seguido la ruta imaginaria del Dorado, río abajo para llegar al mar.
Procedían esta vez de una isla pacífica donde los moradores pagaron caro la incursión de la soldadesca aventurera que seguía ciegamente a un Caudillo prófugo de la Justicia. Lope de Aguirre de "procero linaje", según rezaban los documentos expedidos en Sevilla, tomó en América el peligroso atajo del delito, formando un ejército de foragidos bajo la falsa bandera de una redención.
Ciento sesenta hombres cuyos rostros patibularios infundían terror, pisaron la arena caliente en medio de grandes previsiones. La zona desierta poblada de acechanzas vigilaba a los intrusos forasteros que llegaban forrados con la rara indumentaria conocida como "escapuil", para protegerse de posibles emboscadas, no solo de los vecinos que defendían sus hogares, sino de aborígenes diseminados en la costa solitaria.
Seis piezas da artillería, cien arcabuces, treinta monturas, dos caballos esqueléticos y un macho, desembarcaron en la tierra abandonada sembrada de cujíes y cardones, los soldados que peregrinaban hacia un objetivo creado por la afiebrada fantasía de un loco que se creyó Príncipe.
Sorprendía la presencia de un Sacerdote en aquel grupo ae fascmerosos. Era el Padre Alonso Cbntreras, Vicario de Margarita, traído por Aguirre en la expedición en calidad de Prisionero con responsabilidad de administrar los Santos Sacramentos a moribundos que de acuerdo con la gracia concedida por el propio Tirano, merecieran recibirlas. El duro Caudillo era implacable con sus enemigos; sabía que la mayor parte de los que integraban el ejército, eran fanáticos en eso de morir sin confesión... ellos no le temían a la muerte, pero antes, suplicaban cumplir con el sagrado mandamiento.
Detrás del Cura desfilaron cuarenta negros reclutados en la isla, todos dispuestos a correr la misma suerte, sirviendo como bestias a sus esclavizadores y a veces cometiendo actos reñidos con los principios que forjaron años de dolor y humillación en su raza oprimida por otra que se consideraba superior.
En el cercano piierto, un navio propiedad de Rodríguez Lucero después de un largo viaje desde Santo Domingo, ancló con su carga de barricas de vinos para el trueque, esperando el desarrollo de los acontecimientos. Abordo navegaban diez tripulantes y un próspero mercader de nombre Andrés de Lerma Polanco. Mala época escogió el navegante para su arribo a Borburata.
Como Jauría sedienta, el grupo expedicionario observó la hermosa nave con mirada golosa, parecida a la de esos perros cuando huelen a una compañera en celo. La noticia de la presencia del barco de Lucero cargado de barricas de vino, aceleró la gula de los invasores del histórico puerto. Más tarde, el dulce néctar de las viñas de Andalucía calcinaba estómagos y mentes de aquellos bárbaros.
Algunos Marañones utilizaron el preciado líquido para lavar sus rostros y otros volcando cántaros sobre sus cabezas desperdiciaban en orgía de licor incontrolable, el maravilloso producto que hizo las delicias del paladar de Baco, Noé, Nerón y que luego la Sagrada Biblia transformó en sangre del Divino Redentor del Mundo.
En la bahía, el barco de Rodríguez Lucero una vez saqueado por instrucciones del Caudillo, fue quemado y hunddo en el mismo lugar donde ancló a su arribo de Santo Domingo. Desde una colineta en la montaña cercana, al amparo de frondosos árboles, el mercader y la tripulación presenciaron, mordiendo su ira, el final del navío devorado por gigantescas llamas. |