Cap. 09 - El Dolor Desgarrando el Espíritu

Descipción de este artículo: Con un color de miseria y de hambre y sus tremolas de miedo en sus voces apagadas, sesenta hombres, divididos en dos grupos, fueron lanzados al vientre húmedo de dos bóvedas vecinas al mar, con la violencia de los carceleros vasallos del Rey

Con un color de miseria y de hambre y sus tremolas de miedo en sus voces apagadas, sesenta hombres, divididos en dos grupos, fueron lanzados al vientre húmedo de dos bóvedas vecinas al mar, con la violencia de los carceleros vasallos del Rey.

La protesta de los huéspedes forzados por el reducido espacio que tenían, solamente para acostarse al mismo tiempo, se perdió entre las paredes salinosas. Ninguno hablaba español. Pertenecían al grupo apresado en Ocumare el año 1806, en la fracasada invasión del Generalísimo Francisco de Miranda.

Con las manos amarradas a las espaldas, uno a uno fue gritando su nombre: Jhon T. Sullivan, John Edsall, Jeremiash Powell, John H. Sherman, Henry Ingersoll, Thomas Gilí, Lewis Fargurson, Daniel Kemper, Charles Johnson, Miles L. Hall, Thomas A. Billop, Gustavos A. Bergurd, John Fe-rris, James Gardner, Thomas Donahue, Paul T. George, David Hakle, John Moore, John M. Elliott, Robert Sanders, John Hays, Daniel Me Kay, Beunet B. Negus, Peter Neulry, Moser Smith, W. M. Lippencott, Stephen Burtis, Phineas Raymond, Matthew Berchanann, Jhon Burk, John Parsels, Joseph Benenett, David Winton, Eaton Burlington, John Scott, James Grat, Alexander Buchanan, Federik Rigus, William Long, Benjamín Davis, Joseph L. Heckle, Henry Sperry, David Newherry, William Cartwrigth, Samuel Tow-sier, William Buside, Robert Stephenson, Benjamín Nicholson, Samuel Prince, Elory King, Hugo Smith, Abraham Head, James Hyatt, William Rpi-de, Pompey Grant, George Fergurson y Roberto Rains.

Los prisioneros Head, Hyatt, Pride, Grand, Fergurson y Rains, eran negros y compartieron el sufrimiento de su demás compañeros en celdas que la palabra de aquellos hombres jamás pudieron describir, por su estado "asqueroso, nauseabundo, hedor e inmundicia, enfermedad, sofocación y muerte".

Sombras trágicas flotan sobre los muros anunciando torrentes sobre los cielos nublados. El prisionero Moses Smith, para dejar entre la bruma tibia que se rompe al costado izquierdo del duro macizo, su protesta, gritó indignado para que las palabras quedaran grabadas en las piedras: "El sepulcro en vida en que fuimos encerrados es una cavidad oscura entre los muros del castillo, profundamente hundido bajo la superficie del suelo. Cuando llueve, el agua se filtra a través de los cimientos y cuando los cuerpos se fatigan, ceden al deseo de descansar, para caer sobre los hieros y hundirse en la inmundicia, fango y cieno. A los pocos días, por humedad, todas las ropas se pudrieron sobre los cuerpos".

Algunas veces los muros se apiadan del dolor del preso y murmuran y cuentan la tragedia de aquellos que procedían de otras tierras tras la huella de Miranda. Cuando esos mercenarios o soñadores llegaron a los calabozos, existían pequeños agujeros para la luz y la ventilación situados encima de la puerta, pero fueron tapados por precaución o crueldad de los carceleros.

Al caer el día sobre la madrugada, los presos se sentían dichosos si tenían la suerte de lograr en el agujero de la cerradura de la pesada puerta o en el quicio donde se cuela un hilillo de brisa, la oportunidad de respirar otro aire menos viciado. El asombro reflejado en aquellos rostros demacrados, llenos de incertidumbre, marcaban la extrema miseria que no les permitirían resistir por largo tiempo.

El dolor desgarrándole el espíritu, las torturas sofocantes y la crueldad de la guardia del penal, condujo al capitán Durning a quitarse la vida, presa de una espantosa crisis nerviosa. Su esquelético cadáver recibió sepultura en el propio cementerio del castillo.



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