Cap. 09- La Ciudad Mártir (parte 2)

Descipción de este artículo: pero figúrese vuestra señoría a ese español orgulloso con las fuerzas de su mando, lastimado en su honor por la acción del 24 de julio en la Laguna, calculando sobre nuestra marina desproveída de gente y con buques que le costaría mucho menos que las dos corbetas apresadas en mayo de este año, y vea si es o no posible que aún sin la necesidad de auxiliar a Puerto Cabello aventure una expedición con el fin de destruir nuestra escuadra

(viene de la parte 1)

pero figúrese vuestra señoría a ese español orgulloso con las fuerzas de su mando, lastimado en su honor por la acción del 24 de julio en la Laguna, calculando sobre nuestra marina desproveída de gente y con buques que le costaría mucho menos que las dos corbetas apresadas en mayo de este año, y vea si es o no posible que aún sin la necesidad de auxiliar a Puerto Cabello aventure una expedición con el fin de destruir nuestra escuadra; todo lo temo y la experiencia ya me tiene enseñado para no ser demasiado confiado en la negativa de anuncios de esta especie".

Así pues, todas las circunstancias obligaban a Páez a la adopción de una decisión rápida, capaz de ponerlo en posesión de la plaza. "Si no rendimos ahora a Puerto Cabello —escribió a Briceño Méndez— la consecuencia funesta de este suceso refluirá sobre toda la República...".

Debió hacerse un estudio sobre el terreno para llegar a la conclusión de que el único sitio vulnerable era su parte oriental, a través del inmenso manglar que la cubría por este flanco. Cual experimentado y consciente comandante, que no mira en las tropas a su mando simples números, debió calcular con gran angustia las bajas en los batallones con los cuales concurriría a la acción. Así lo manifestó a Soublette: "Para la operación que arriba he anunciado no tengo más que los Batallones Granaderos y Anzoátegui. Por favorable que sea el éxito, estos dos cuerpos deben quedar en esqueleto; por consiguiente creo oportuno para asegurar el Departamento, que V. E. pida volando uno o dos de los Batallones de los que haya en Maracaibo en mejor pie, y al Gobierno 500 ó 600 hombres de otro Departamento respecto a que de Venezuela es absolutamente imposible sacarlos, como debe estar V. E. convencido, para reemplazo de Granaderos y Anzoátegui" (41).

El 4 de noviembre —a tres días de las futuras acciones— aún no contaba Páez con los medios necesarios para realizar con éxito la toma. Carecía de botes para transportar las tropas a través de la laguna, o de prácticos para atravesar a pie el manglar. Sus propias palabras vienen a corroborar esta situación: "Hace días había premeditado, como ya lo anuncié, un golpe de armas a la plaza y aún me preparo para él, pero por falta de botes, pues sólo es dable por la Laguna, era necesario hacerlo a pie por dentro del agua por una vía que necesita de prácticos y hasta ahora carezco de ellos y de los fondos para gratificarlos, y no me ha sido posible conseguir todos los que son necesarios para no aventurar la empresa, porque la Laguna presenta un paso fácil, hay que desechar varios obstáculos entre ellos algunos lugares fangosos y otros profundos que no permiten vadearse a pie. Luego que yo pueda conseguir el número de los prácticos que necesito estoy resuelto a ejecutar el golpe de mano de que hablo". (42)

Es aquí cuando hace su aparición en escena el personaje clave en la toma de la plaza: Julián Iztueta. No en forma casual, como señala Páez en su Autobiografía, sino como una lógica consecuencia de las relaciones con los únicos que podían proporcionar prácticos para vadear el manglar: el "secreto partido", la segunda columna que operaba tras los muros porteños. Y cabe preguntarse a estas alturas de nuestro relato: ¿Cómo hacían los sitiadores para comunicarse casi a diario con el jefe de la facción patriota actuante en el interior de la plaza? En una ciudad con dos cortinas de murallas por su flanco Sur, amurallada igualmente por el Oeste, el Norte protegido por el castillo y lae baterías de Punta Brava: ¿No era el manglar de su flanco oriental el único sitio por donde a pie, o en bote, siempre burlando la recorrida de las flecheras realistas, podía salir el contacto, el mensajero, entre sitiadores y colaboradores internos? No es difícil llegar a la conclusión de que siendo Don Juan Jacinto Iztueta el Jefe del "secreto partido", correspondiera a él estar en conocimiento del plan de ataque, y proporcionar todos los medios a su alcance para el mejor éxito de la acción. Y nadie mejor, de más confianza y probado valor, que su esclavo Julián, quien en muchas oportunidades debió salir de la plaza portador de mensajes. La leyenda creada por Páez en torno a Julián Iztueta, no puede compaginarse en modo alguno con la verdad histórica (43). Con el práctico Julián Iztueta a su disposición, el 5 de noviembre en horas de la noche, el Capitán de Caballería Marcelo Gómez, y los tenientes del batallón Anzoátegui José Hernández y Juan Albornoz, reconocieron la Laguna. "El reconocimiento se hizo —dirá Páez— y se descubrió que la Laguna prestaba paso para las tropas aunque con indecible dificultad por ser toda ella un terrible lodazal y atascadero".

Una vez rendido el informe por la patrulla de reconocimiento, ordenó Páez el alerta permanente en su ejército y buques de la escuadra, a cuyo frente se encontraba desde principios de noviembre el Capitán de Navio Renato Beluche. La marinería de las flecheras permaneció 24 horas continuas sobre los remos, en espera de la orden de ataque que en cualquier momento podía llegar de la Comandancia General.

El plan de operaciones aprobado por el Estado Mayor, ampliado con oficiales de la Escuadra y altos jefes que asistían al sitio, fue el siguiente: debía efectuarse el ataque en horas de la noche; por lo tanto, era necesario fatigar durante el día a los sitiados, con bombardeo continuo y simulacros de ataque, además de otras acciones que demostraran se pensaba continuar el sitio hasta rendir la plaza por hambre. Se previeron dos maniobras de diversión: una a cargo de la flotilla de flecheras, que debían amagar un desembarco nocturno en la playa al pie de la desartillada muralla que unía a los fortines El Corito y Príncipe, por lo cual debían cañonear desde el mar este último reducto; y la principal maniobra, a cargo del batallón Granaderos, que consistía en atacar por el frente amenazando la línea exterior realista: estas acciones secundarias debían efectuarse cuando la columna principal de ataque presentara señales de haber atravesado el manglar. El día escogido fue el 7 de noviembre; a las 5 de la mañana comenzaron las balas y granadas a caer sobre el pueblo interior.

Para el mismo día de la acción, la plaza de Puerto Cabello presentaba una situación insostenible. Durante una semana habían sufrido incesante bombardeo, que dejaban las baterías de La Princesa al descubierto, arruinado las principales casas y mantenía la ciudad envuelta en una capa de humo y polvo. La Casa Fuerte, que seguida de casas con las paredes aspilleradas en forma de reducto, constituían la línea exterior y protegían la desembocadura del río para garantizar el agua, se encontraba en escombros, y era bañada constantemente por fuego de metralla y fusilería. La artillería de los Cocos, "batía en brecha a menos de medio tiro de fusil", las murallas de la segunda línea, derrumbada en buena parte, con una brecha por la que fácilmente podía penetrar la infantería republicana. El día 3 había sido desviado el curso del río, y sólo una pequeña cantidad de agua llegaba a su desembocadura; las patéticas escenas presentadas por los sitiadores, son narradas por Páez de la siguiente manera: "Causa admiración ver agolpar la gente a tomar agua y ver sacrificarse el soldado, el paisano, la mujer y el niño que a porfía prefieren la muerte cierta a la sed que les devora; es rara la vez que no conducen para adentro muertos o heridos, pero nada de esto los contiene, y aunque apenas sólo pueden coger el agua que entra a la mar con una velocidad increíble y que esta misma no les puede bastar, ayer resolví desechar el río cerca de su embocadura bajo todos los fuegos del castillo por ser la parte más angosta, y hoy hemos visto casi concluido nuestro trabajo de lo cual espero todo el buen éxito posible" (44) (45).

El día 6 se terminó de desviar el río San Esteoan; según la narración de Calzada (ver apéndice documental N° 20) "cortaron luego el río enteramente de modo que no corrí? una sola gota de agua y me pusieron en el caso de hacer uso de la del algive del castillo". Al problema de la escasez del agua, se unía el no menos crítico de que a ración corta sólo quedaban víveres para 16 días, y no había esperanza alguna de recibir alimentos desde Curazao o cualquier otro lugar. Luego de 28 meses de mantenerse la guerra en torno a la ciudad, sin que se le dotara de nuevos pertrechos, a la otrora bien apertrechada plaza sólo quedaban municiones para 8 días de defensa, por lo que Calzada ordenó no fuera contestado el "horroroso fuego de cañón y mortero" que se hacía sobre ellos, lo que nos hace suponer fue un "sálvese quien pueda" la actitud realista durante el bombardeo del 7 de noviembre. El ánimo de los defensores debió estar en grado ínfimo; diariamente se desertaban soldados, y en los primeros días de noviembre, cuarenta hombres de la Milicia Nacional se desertaron en masa hacia Curazao. La noche del asalto, sólo trescientos soldados, todos ellos fusileros, defendían la línea magistral de La Estacada y la segunda línea; "... para atender todos los puntos —escribió posteriormente Calzada— sólo tenía yo sesenta hombres de la Milicia Nacional y otros tantos Borburateños que agregados a la artillería servían las piezas y el resto hasta los trescientos hombres con que he dicho contava estaban en la línea exterior...". (De Calzada a Laborde, ver apéndice documental). Según la versión del Jefe de la plaza, el total de defensores sin incluir los del castillo San Felipe, llegaban a los 450 hombres, lo cual coincide con el número de muertos, heridos y prisioneros —462 en total— que señala el parte de guerra y el boletín del ejército sitiador. Como en la línea exterior la noche del asalto se encontraban 90 fusileros, los defensores del pueblo interior fueron cerca de 360 hombres; si damos como ciertas las cifras patriotas de muertos (156) y heridos (59), de cada tres hombres dos cayeron en combate. Analizada la situación desde el punto de vista de las enormes pérdidas sufridas por los realistas, las tropas republicanas no dieron cuartel. Días antes de los acontecimientos, Páez había rendido tributo de admiración a los heroicos defensores de la plaza; el 4 de noviembre decía a Briceño Méndez: (46): "Repito a Vuestra Señoría que Colombia no presentará en su historia otro cuadro igual al de Puerto Cabello en donde un puñado de hombres han disputado hasta ahora y siguen disputando contra el valor, constancia y decisión por morir que tienen nuestros soldados antes de abandonar la línea que ha trazado nuestra audacia". Luego de tomada la plaza y ante las elevadas cifras de quienes murieron o fueron heridos defendiendo su puesto de lucha, las palabras del General en Jefe no fueron mezquinas en significar el valor realista: "Estos jefes y oficiales —decía en el parte de guerra— (Apéndice documental N° 21) viendo la muerte que por todas partes les rodeaba, más bien quisieron exponerse a ser muertos que abandonar cobardemente sus puestos. Ellos pelearon hasta que su fortuna les sesgó la muerte y la generosidad de nuestros soldados les dio la vida...".

Dieciocho horas ininterrumpidas estuvo la plaza bajo el bombardeo de las baterías patriotas; al sacar este cálculo no sabemos si las "300 bombas que dispararon, igual número de granadas y un inmenso balerío" de que hablaba Calzada a Laborde, durante el día 7 de noviembre entre las cinco de la mañana y las once de la noche, superaron en número los fuegos de todo el sitio. Calzada, cual experimentado Comandante, debió suponer que la infantería patriota atacaría durante la noche de ese mismo día, al cesar el bombardeo; fue quizás por ello que los acontecimientos lo encontraron reunido con su Estado Mayor en el baluarte del Príncipe. Aun cuando previo cual medio más prudente abandonar la línea exterior o evacuar completamente las dos líneas de defensa, los baluartes y todo el pueblo interior, reduciéndose al castillo, debió comprender que tal medida sólo aliviaría transitoriamente su apurada situación, y que el abandono de la plaza dejaba a merced de los sitiadores a la población civil y a los enfermos del hospital. Por eso esperó el ataque frontal, por su línea exterior; la sorpresa al verse atacado por el flanco oriental de la plaza, desconcertó cualquier plan defensivo que hubiera organizado en cumplimiento de sus deberes de comandante.

A las 10 de la noche del 7 de noviembre, partió desde el Cuartel General de Paso Real la principal columna de ataque, compuesta de 400 infantes del batallón Anzoátegui y 100 lanceros a pie, seleccionados entre los miembros de la Guardia de Honor de Páez. La columna fue puesta bajo el mando del Mayor Cala, actuando como segundo Jefe el Teniente Coronel José Andrés Elorza; el hecho de que un militar de inferior jerarquía a los tres Tenientes Coroneles que participaron en la operación, obtuviera el comando, se explica por estar el Mayor Manuel Cala durante muchos años al frente del Batallón Anzoátegui, cuyos hombres mayoritariamente integraban la columna principal, además de las dotes de valor y bizarría que siempre lo caracterizaron. Lentamente atravesaron el espacio que dista entre Paso Real y la batería del Trincherón, en cuyo sitio se organizaron para penetrar al manglar.

La columna debió dividirse, de acuerdo a las normas tácticas de guerra, en una vanguardia, un centro y una reserva, esto es, en tres secciones autónomas aunque apoyadas recíprocamente, que debieron marchar separadas por cierta distancia y algunos minutos de tiempo. Como los puntos claves de la plaza eran los baluartes de La Princesa y El Príncipe, a la vanguardia correspondió la tarea de tomarlos. La Compañía de Granaderos, comandada por el Capitán Francisco Domínguez; la Primera Compañía bajo la responsabilidad del Capitán Pedro Rojas, y cincuenta lanceros del Regimiento de Honor —un total de doscientos hombres— integraron la vanguardia bajo el mando del Teniente Coronel de Caballería Francisco Farfán. Otro punto clave de la ciudadela era su muelle y la batería El Corito, situada en la parte Nor-Occidental; a la sección del centro —unos 220 efectivos— correspondió la captura de estos objetivos: la Segunda Compañía, al mando del Capitán Laureano Gómez y 25 lanceros con el Capitán Juan José Mérida, debían tomar el muelle; la Tercera Compañía comandada por el Capitán Joaquín Heres, la batería del Corito. La batería Picayo o Constitución, por estar distante del baluarte de La Princesa apenas doscientos metros y situada al borde del manglar, y Poder abrazar sus fuegos a la columna de ataque que Precisamente entre este baluarte y batería debía entrar a la plaza, fue encomendada a la Cuarta Compañía, con el Capitán Gabriel Guevara a la cabeza; integrando igualmente la sección del centro, 25 lanceros comandados por el Teniente Coronel José de Lima, Ayudante de Campo del General Páez, tuvieron cual misión la captura de la puerta de La Estacada, con la obligación de conservar el puente del mismo nombre. La reserva, en la cual se mantuvo el Mayor Cala, la integró la Compañía de Cazadores al mando del Capitán Valentín Reyes.

"Jamás se ha visto operación militar con tanto arrojo, pericia y disciplina ejecutada —diría Páez en el parte oficial—. A pesar de la insuperable dificultad que presentaba un tránsito lleno de agua y lodo, a pesar de la vigilancia del enemigo, nada arredró a nuestros bravos que, decididos, iban a perecer atascados en el mangle de la Laguna o a dar a Colombia un nuevo día de gloria". "En aquella ocasión —establecía el Boletín del Ejército Sitiador— probó nuestra tropa más que nunca su disciplina pues en un espacio de más de ocho cuadras de agua y fango (47) en que apenas se podía tener el soldado no se oía el menor ruido en la marcha ni desunión (48) en la extensa línea que formaba una columna de 500 hombres marchando de costado".

Una particularidad resaltante, única en los anales de la historia patria, tuvo la columna de 500 hombres que atravesó el manglar: iban todos completamente desnudos! Desde la época de la Conquista, cuando los gloriosos aborígenes defendieron palmo a palmo el terreno que les arrebataba el conquistador, no presenciaban los españoles un ataque contra sus defensas por hombres enteramente desprovistos de toda vestimenta; Páez, siempre en primera persona, dice en su Autobiografía: (p. 142): "...Reuní, pues, mis tropas y ordené que se desnudasen quedando sólo con sus armas". Calzada señala en su carta a Laborde, que fueron "seiscientos infantes con cien Lanceros pie a tierra y todos en cueros..." los que atacaron por el mangle; aun y cuando se equivoca en la cantidad, confirma la certeza de venir las tropas desnudas. Esto se explica por las condiciones en las cuales debía realizarse el ataque:

atravesando un lodazal, caminando sobre raíces de mangles, con el agua a veces al cuello, circunstancia en las que sobraba y era más bien un estorbo cualquier ropa; y por el hecho de ser un ataque nocturno, en noche muy oscura según las fuentes documentales, penetrando a una ciudadela donde pocas horas antes habían cesado de caer bombas y la iluminación estaba prohibida militarmente, y la única forma de identificar al enemigo cuerpo a cuerpo, era tantear primero su ropa para luego hundir el cuchillo o la bayoneta. Este último detalle hace suponer que en la columna de ataque vinieron muy pocos fusileros (49).



A las dos y media de la mañana del 8 de noviembre llegó la vanguardia a la orilla del mangle, entre las baterías Constitución y el baluarte La Princesa; había recorrido ocho cuadras de manglares en casi cuatro horas de tiempo, lo que hace pensar el sigilo y lentitud con los cuales se movió la columna de ataque, que le permitió pasar en las cercanías de la corbeta Bailen sin ser detectada y acercarse al baluarte La Princesa sin que los centinelas se dieran cuenta. Pero una vez reunidos los de la vanguardia, debieron dar el ataque sin esperar a que llegara el resto; en consecuencia, los doscientos hombres al mando del Teniente Coronel Francisco Farfán atacaron con gran celeridad los baluartes de La Princesa y del Príncipe, puntos neurálgicos en la defensa de la plaza.

Al oírse los primeros disparos, se efectuaron simultáneamente las maniobras previstas como secundarias. Cuatro- , cientos infantes del batallón de Granaderos, encabezados por su Compañía de Cazadores bajo el mando del Capitán j Francisco García, se movilizaron contra la línea exterior realista, llamando la atención por este flanco e impidiendo que las fuerzas de la segunda línea pudieran auxiliar a quienes combatían sobre la línea magistral. De igual manera, seis flecheras y algunos botes pequeños de los utilizados como dotación por los buques de la Escuadra, atacaron llamando la atención sobre el flanco derecho realista, dirigiendo sus fuegos contra el baluarte del Príncipe y La Estacada. Así pues, el ataque se dio simultáneamente por tres frentes, lo que desconcertó las defensas realistas a merced de los atacantes. Los movimientos contra la batería Constitución, el muelle y el reducto del Corito, se realizaron tardíos en relación a los de La Estacada y sus baluartes. Esto permitió que la resistencia fuera más obstinada en estos puntos, y el que algunos miembros del Estado Mayor español, entre ellos el Coronel Manuel Carrera y Colina, comandante del Castillo San Felipe, que acompañaban al Brigadier Calzada en el baluarte del Príncipe, tuvieran tiempo de llegar al Corito, y a nado o sujetándose de una cadena de madera que impedía la entrada de los buques al puerto, pudieran pasar al castillo a dirigir las operaciones contra los patriotas (50).

Media hora duró el combate; debemos suponer lo encarnizado del mismo por el número de muertos y heridos entre los realistas; las tropas republicanas no dieron cuartel; los defensores del baluarte La Princesa que pudo ser tomado al comenzar la acción y en el cual se mantuvo el Mayor Cala con la reserva, fueron todos pasados a cuchillo... Los defensores de la plaza que corrieron la suerte de prisioneros, lo fueron por haberse logrado mantener en los baluartes del Príncipe y del Corito, y rendirse a discreción. Según Calzada,, la plaza incluso fue saqueada, lo cual ponemos en duda, primero por no ser una práctica común en el ejército patriota desde hacía muchos años, y luego, porque en una plaza desmantelada, no había nada que saquear.

Capturadas las principales defensas, hubo la cesación del fuego. Páez ordenó a la Compañía d& Cazadores del Granaderos, retroceder. "Esta brava Compañía —señalaría en el parte oficial— mantuvo un fuego vivo avanzando hasta poner las manos en las puertas de la Casa (51), en donde se mantuvo haciendo el mismo fuego hasta que tuve a bien mandarla retirar por haber conocido por las señales que tenía convenidas que estábamos en posesión de la plaza...". La orden de retirada fue igualmente pasada a las flecheras, las cuales debieron sufrir durante el ataque los fuegos del Castillo; el comandante de las fuerzas sutiles, Tomás Licet, resultó herido, y quemados quince marineros de la flechera Cumanesa, por habérsele incendiado el repuesto de pólvora, lo que debió hacerla estallar. Los fuegos de las flecheras al baluarte del Príncipe, causaron heridos entre las fuerzas republicanas que se empeñaban en tomarlo por asalto, ante la obstinada resistencia de los defensores.

Noventa fusileros que defendían la segunda línea realista, viéndose entre dos fuegos, se encerraron en la Casa Fuerte y pidieron capitulación; Páez les intimó rendición incondicio- nal como única alternativa, lo cual necesariamente fue aceptado por los infantes españoles.

En este punto, queremos referirnos a la actitud del Brigadier Don Sebastián de la Calzada, Comandante General de las tropas españolas y de la plaza. Páez en su Autobiografía (p. 143) asienta: "Al amanecer se me presentaron dos sacerdotes diciéndome que el General Calzada, refugiado en una iglesia, quería rendirse personalmente a mí, y yo inmediatamente pasé a verlo. Felicitóme por haber puesto sello a mis' glorias (tales fueron sus palabras) con tan arriesgada operación, y terminó entregándome su espada. Díle las gracias, y tomándole familiarmente del brazo, fuimos juntos a tomar café a la casa que él había ocupado durante el sitio". Esta aseveración de Páez, cuarenta años después de los sucesos que narra, es un infundio y un atropello a la memoria del último Comandante español en Costa Firme. La verdad histórica es otra, y Páez mismo, en el parte oficial que envía al Gobierno de Bogotá, se encarga de trasmitirla a la posteridad. Calzada, con todo su Estado Mayor, resistió en el baluarte El Príncipe, al frente de sus hombres, durante todo el ataque, hasta que irremediablemente perdido fue hecho prisionero. El valor, la audacia, la dignidad de soldado y comandante, que fueron virtudes militares del Brigadier Don Sebastián de la Calzada, le impedían irse a cobijar bajo el techo de una iglesia abandonando a sus hombres en tan difíciles circunstancias, y mucho menos buscar mediadores para entregar su espada de vencido. La hidalguía castellana, el valor puesto a prueba por los defensores de Puerto Cabello, que aún cuando defenfían una causa perdida y hoy considerada injusta después de 150 años de patria libre y soberana, lo hicieron convencidos de cumplir un deber, reivindicada debe ser en la persona del Brigadier Calzada. Dejemos que las tres fuentes documentales en las cuales hemos fundamentado nuestro relato, hablen por sí mismas: Boletín del Ejército Sitiador de Puerto Cabello:

"El Brigadier Don Sebastián de la Calzada, Comandante General de las tropas y de la plaza, que valerosamente se mantuvo en el Príncipe con su Estado Mayor, sufrió la suerte de prisionero, habiéndose sostenido hasta que, muertos o heridos casi todos los que guarnecían aquella batería fue forzoso ceder al esfuerzo de nuestra columna...". Eí parte oficial, suscrito por Páez' "Estos jefes y oficiales viendo la muerte que por todas partes los rodeaba, más bien quisieron exponerse a ser muertos o prisioneros que abandonar cobardemente sus puestos. Ellos pelearon hasta que la fortuna les sesgó la muerte y la generosidad de nuestros soldados les dio la vida, no como el cobarde Coronel Manuel Carrera que, espantado del lado de su General Don Sebastián de la Calzada, que le daba ejemplo de serenidad, del ruido de nuestra primera carga, huyó despavorido...". Caria de Don Sebastián de la Calzada al Capitán de Navio Don Ángel Laborde y Navarro: "... los del Mangle lograron salir entre las baterías de la Constitución y Princesa, corriéndose en seguida en todas direcciones quedaron dueños de la plaza perdimos la mayor parte de la guarnición pues todos se portaron bien mas sin embargo muchos se salvaron con Carrera pasando al castillo, gracias a una cadena de madera que yo había puesto a la boca del puerto, yo quedé prisionero en el asalto con parte del E. M. (Estado Mayor: nota nuestra) y algunos otros oficiales que llenos de pundonor se sostuvieron hasta el último momento. Todo se concluyó a las cuatro de la mañana...".

Junto a Calzada quedaron prisioneros el Teniente Coronel Don Ángel Loño, 7 capitanes, 7 tenientes, 12 subtenientes, 2 cirujanos, 5 practicantes y 213 hombres de tropas, los integrantes del Cabildo, el Jefe Superior Político e Intendente Don Diego Alegría y el Auditor de Guerra Don José Manuel Oropeza. Ciento cincuenta y seis muertos, entre líos, los Tenientes Coroneles Fausto Garcés (que murió en su puesto de combate en el baluarte del Príncipe y no como dice la tradición a las puertas de la iglesia del Rosario), y José Manuel Sarsamendi; y 59 heridos, entre los cuales el Teniente Coronel Comandante General de Artillería Don Faustino Navarro, cinco oficiales y 53 de tropa. La posesión de la plaza arrojó un botín de guerra de sesenta cañones de todos los calibres (52), 620 fusiles, tres mil quintales de pólvora que se encontraban en el castillo y seis lanchas cañoneras, las cuales fueron devueltas a sus propietarios en virtud de la capitulación con los defensores del castillo. La corbeta de guerra Bailen, sin arboladura y por muchos años anclada en la bahía sirviendo solamente de alojamiento a las tropas, por especiales instrucciones del Comandante del Apostadero Don Ángel Laborde cuando marchó a ponerse al frente de la Escuadra en la Laguna de Maracaibo, las cuales prescribían que en caso de pérdida de la plaza la corbeta debía ser destruida, fue volada en el amanecer del día 8 de noviembre.

Las pérdidas patriotas, además de los heridos de las fuerzas sutiles, en la columna principal de ataque resultó el Capitán de la Segunda Compañía del Batallón Anzoátegui, Laureano López, y el teniente del mismo batallón, herido por metralla disparada desde las flecheras, José Hernández; el Sargento de Lanceros Santos Parada y tres soldados. De la Compañía de Cazadores del Batallón Granaderos, que atacó la línea exterior, murieron el Teniente Gregorio Schrieder y cinco hombres de tropa; heridos 17 soldados (53). A las cuatro de la mañana estaba todo concluido, escribió posteriormente Calzada; él mismo señala que a las seis "entró Páez y Bermúdez y me recivieron con la más apreciable conducta". La actitud con los vencidos, fue cortés y generosa: "... al soldado, al paisano, al jefe, al oficial, a todos se respetaron en sus personas y poco tiempo después se veían confundidos por las calles vencedores y vencidos" (54).

Más valioso resulta el testimonio de uno de los prisioneros, el Jefe Superior Político y a la vez Intendente, Don Diego Alegría: "No puedo menos que informar a V. E. que la conducta de los enemigos en aquella temible invasión ha sido más humana y plausible que lo que debía esperarse de las circunstancias, pues... se han salvado dentro de ella cuantos, vista la superioridad, se rindieron al vencedor... Tal ha sido... el término aciago de los sacrificios, de la constancia sin ejemplar de la guarnición, vecinos y moradores de esta plaza. Lo comunico a V. E. con el dolor que es concebible..." (55) (56).

Quedaba por rendir el castillo San Felipe, donde 326 hombres bajo el mando del Coronel Manuel de Carrera y Colina estaban dispuesto a resistir y bombardeaban la plaza desde el amanecer. A las siete de la mañana Páez envió un parlamentario con la siguiente intimación (57):

"República de Colombia - Departamento de Venezuela -Comandancia General - Cuartel General de Puerto Cabello, a 8 de noviembre de 1823 -13°. Al señor Coronel Don Manuel Carrera y Colina. Ya vuestra señoría habrá visto que la suerte de la guerra unida al valor de los soldados que mando me ha hecho poseedor de esta plaza. El punto que Vuestra Señoría conserva no puede sostenerse por sí mismo, por tanto conforme con la conducta filantrópica que-ha marcado en todos los tiempos los pasos de mi Gobierno, propongo a vuestra señoría una capitulación honrosa cuyos artículos los , propondrá vuestra señoría y yo ratificaré o no, según convenga con las instrucciones que tengo de mi Gobierno. Dios Guarde a vuestra señoría. El General en Jefe sitiador, José Antonio Páez".

El Castillo San Felipe significaba el último baluarte de la resistencia realista. Al Coronel Carrera y Colina resultaba imposible, sin ayuda exterior y rodeado completamente, intentar cualquier acción que no resultara suicida. Páez esperó hasta el mediodía del 8 de noviembre para dirigir la segunda intimación al Comandante del Castillo: "Para el arreglo de mis operaciones militares —señalaba— necesito lo más pronto la contestación de vuestra señoría a mi nota anterior. En esta virtud espero que vuestra señoría se servirá comunicarme su resolución sobre la capitulación que estoy pronto a conceder a Vuestra Señoría" (58). Carrera y Colina contestó las anteriores comunicaciones el mismo día:

"El asunto que vuestra excelencia me propone en su primer Oficio, es indudable, excelentísimo señor, que es de la mayor importancia y que por lo tanto necesito proceder en él con mucho pulso y tino, pues de su consecuencia pende la suerte de muchos, y por lo tanto no debe atribuir a otra causa que ésta mi retardo en su contestación, debiendo vivir persuadido que desde su recibo ninguna otra cosa ha ocupado mi imaginación..." (59); concluía señalando que por su parte cesaban las hostilidades, "a menos que por mar se presenten buques, pues en este caso me veré en la dura precisión de hacerle fuego". En consecuencia, desde el mismo 8 de noviembre los españoles reducidos en el San Felipe estaban dispuestos a entrar en negociaciones; una Junta de Guerra de los oficiales defensores del Castillo decidió proponer capitulación, de acuerdo al ofrecimiento de Páez. El día 9, a las 11 de la mañana, se entrevistaron con Páez los comisionados enviados desde el Castillo, "completamente autorizados e instruidos"; correspondió al Capitán Comandante del Castillo San Felipe, Don José María Isla, al Comisario de Guerra Don Miguel Rodríguez y al Síndico Procurador Municipal Don Miguel de Aramburu, que suponemos quedó prisionero la noche del asalto, representar al Coronel Don Manuel de Carrera y Colina en las conversaciones; el mismo General José Antonio Páez , discutió los artículos de la Capitulación, que se firmó el 10 de 1 noviembre de 1823, fecha en la que efectivamente cesó laj dominación española en Costa Firme. Cual rehenes, según' los usos de la guerra, para el cumplimiento de la Capitula-1 ción, quedaron por parte del gobierno español los miembros I de la comisión, y por el lado republicano los Capitanes Rafael Romero y Ramón Pérez. (Ver Apéndice Documental N° 22). (Nota: La forma como se sucedieron los acontecimientos de la rendición del Castillo San Felipe contradicen lo aseverado ' por Páez en su Autobiografía, pág. 143, donde señala que Calzada se ofreció a escribirle a Carrera y Colina para que 3 cesara las hostilidades contra la plaza, y que desconocida la autoridad del Brigadier por el comandante del Castillo, Páez le devolvió la espada a Calzada: "Entonces, devolviendo yo su espada a Calzada, le envié al Castillo, desde donde me escribió poco después diciéndome que Carrera había reconocido su autoridad al verlo libre, y que en su nombre me invitaba a almorzar con él en el castillo". El empeño por rebajar la dignidad del Brigadier Calzada, colocándolo incluso de mensajero y mediador en la rendición de una ¡ fortaleza que Carrera y Colina estaba en el deber de defender, no lo comprendemos más allá de las apreciaciones indicadas anteriormente en torno a la Autobiografía de Páez).

Rendido el San Felipe (60) fueron encerrados allí todos los prisioneros. El hecho cierto de no haber desaparecido la amenaza de la expedición anunciada desde Puerto Rico (61) y el peligro de uíia reacción realista, además del consumo de víveres diarios de tan numerosos presos, plantearon a Páez la necesidad de embarcar lo antes posible a los capitulados. A los efectos trató de conseguir buques mercantes, y en la imposibilidad, se decidió por los de guerra, "para concluir de una vez este paso y salir de dificultades que más adelante pueden sobrevenir y además aprovecharme de los mismos víveres que actualmente está consumiendo el enemigo", según comunicaba a Soublette el 14 de noviembre (62).

Al día siguiente señalaba Páez que no podía tomar medida alguna en la plaza, mientras las armas españolas permanecieran, en virtud del artículo 9 de la Capitulación, ocupando el castillo. En consecuencia hizo embarcar el día 15 toda la guarnición española en los buques de guerra Pichincha, las corbetas Bolívar y Boyacá, y una goleta mercante norteamericana (la Tártaro) fletada a propósito; los buques pondrían rumbo a Santiago de Cuba y en tal sentido Páez ordenó al« comandante de la Escuadra, Capitán Renato Beluche,' aprestar la expedición a los fines de "ponernos en estado de arreglar esta Plaza reducida a escombros, y establecer de una" vez nuestros parques y almacenes" (63). La misión fue encomendada por Beluche al Capitán de Fragata J. Mactland. (Ver Apéndice Documental N° 23). las buques transportarían los Jefes, oficiales y tropas capituladas, observándose durante el trayecto una total suspensión de hostilidades contra naves de nación española; los comandantes de los buques darían "el mejor tratamiento, acojida y agasajo a las tropas que conducen y un inviolable respeto a los Gefes y oficiales Españoles, sin que por ningún modo se los maltraten sus personas...". La corbeta Bolívar llevaba orden expresa de tocar en Curazao y trasbordar los pasajeros a dos goletas que pudieran contratarse en dicho puerto (64).

En el amanecer del día 16 de noviembre de 1823, se rendían honores por última vez en territorio venezolano al pabellón español hasta entonces enarbolado en el castillo San Felipe; según los términos de la Capitulación, no hubo saludo por parte de las baterías colombianas. A bandera desplegada, "tambor batiente, dos piezas de artillería de campaña con 25 disparos cada una y mecha encendida, llevando los jefes y oficiales sus armas y equipajes, y la tropa con sus mochilas, correaje, 60 cartuchos y dos piedras de chispa" y correspondidos en honores de guerra por las tropas republicanas, habían salido los españoles el atardecer del día 15, embarcándose en los transportes. El convoy llegaría frente a las costas de Cuba el 22 del mismo mes. El 10 de diciembre estaría de regreso en Puerto Cabello.

El 16 de noviembre flameó por última vez en territorio patrio la bandera de España. Los españoles en lontananza divisarían arbolado para siempre el tricolor nacional.



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