Cap. 09- La Ciudad Mártir

Descipción de este artículo: Con la capitulación de Maracaibo, cesó de derecho la dominación española en Costa Firme; su último Capitán General, Comandante en Jefe del Ejército Expedicionario, quedaba inhábil para continuar la lucha. La escuadra realista había sido destruida

Con la capitulación de Maracaibo, cesó de derecho la dominación española en Costa Firme; su último Capitán General, Comandante en Jefe del Ejército Expedicionario, quedaba inhábil para continuar la lucha. La escuadra realista había sido destruida. Pero en pleno corazón de Venezuela estaba Puerto Cabello, último bastión, muros de piedra dura para alentar la defensa de los intereses de España y su Rey.

A fines del mes de julio de 1823, se inició el retorno de las tropas republicanas que cooperaron a la pacificación del Departamento del Zulia, dejado bajo el mando del General Manuel Manrique en su condición de Intendente y Comandante General. Los refuerzos que desde el Departamento de Orinoco habían marchado hacia Occidente sin llegar a tomar parte activa en la contienda, y de regreso algunos oficiales, principalmente el General José Francisco Bermúdez, decidieron bajo las órdenes de Páez participar en la rendición de la plaza fuerte. Soublette, en su condición de Director de la Guerra, ordenó a Páez movilizarse durante el mes de agosto a los fines de integrar una armada capaz de bloquear Puerto Cabello; el 25 de ese mes el gobierno de la República, de orden del Vicepresidente Santander y por conducto del Ministro de Guerra y Marina, decidió hostilizar a los realistas; debían los representantes republicanos hacer valer el artículo 1° de la capitulación de Maracaibo, que suscrita por la autoridad superior española en todo el territorio, obligaba a la entrega pacífica de la plaza; de igual manera, establecer contactos oficiales con los defensores del reducto porteño y movilizar tropas y buques en caso de negativa respuesta. Cuando Páez recibe tal orden, ya había ejecutado todas las medidas previstas por el gobierno de Bogotá, menos la instancia de hacer valer la capitulación de Maracaibo, por negarse los realistas a entrar en negociaciones.

Desde el Cuartel General de Valencia, dirigió Páez una nota al comandante de la plaza en la cual se instaba a los españoles por medio de una solución pacífica, a evitar los inmensos sacrificios de la rendición violenta; conducida por un edecán, al llegar a la línea exterior y anunciar su misión, "recibió la simple contesta de no haber orden de recibir ninguna comunicación del gobierno de Colombia por prohibición expresa del gobierno Español" (l). Quedaba Páez completamente convencido de que por medios moderados y políticos, no poseería la plaza; era necesario tomarla por la fuerza.

Los ánimos de los defensores y pobladores de Puerto Cabello luego de conocida la disolución del ejército español en Maracaibo, estuvieron dispuestos a un arreglo; los militares ante la realidad de una lucha en inferioridad de condiciones, cansados de guerrear interminablemente, desprovistos de toda ayuda exterior y carentes de una jefatura capaz de conducirlos a la victoria, se decidieron por una capitulación; los vecinos y pobladores de la ciudad, conocedores por los anteriores sitios de las duras condiciones a que serían sometidos, y sobre todo por haberse desarrollado entre ellos el convencimiento de poder construir junto a los demás colombianos una patria en paz, con instituciones democráticas que habían conocido por la actitud liberal durante tres años del gobierno español y por contactos mantenidos con los republicanos a través de correspondencias y trato directo, fomentaron igualmente la idea de la entrega pacífica de la plaza. Pero la llegada durante la segunda quincena de agosto, proveniente de Curazao, del Segundo Jefe del Ejército Expedicionario, Brigadier Don Sebastián de la Calzada, cambió la situación (2).

Calzada era Jefe de excepcionales condiciones, fogueado en la lucha durante trece años, disciplinado y valeroso. Su presencia predispuso a las reliquias del Ejército Expedicionario a defender la plaza a toda costa. Sin embargo, personajes importantes como el Marqués de Casa León prefirieron acogerse a la seguridad de las colonias extranjeras; muchos soldados, aún durante el sitio y bloqueo, desertaron de sus puestos, e inclusive en cayucos, navegaron hacia Curazao. Pero lo más importante fue el fomento del partido republicano dentro de la ciudad: personajes influyentes, antes furibundos realistas, decidieron entenderse secretamente con los jefes patriotas y buscar una solución a la trágica actitud de los defensores de luchar hasta morir. La situación la conoció Páez por diversos conductos, confirmado el enfrentamiento entre vecinos y guarnición, por cartas llegadas desde Curazao. Ante esta circunstancia, encontrándose en La Guaira activando la conducción de un mortero, artillería y demás elementos de guerra para estrechar el sitio y bloqueo de la plaza, dirigió secretamente a Calzada y a algunos vecinos, entre ellos el español Jacinto Iztueta, correspondencias proponiendo un arreglo por vías pacíficas. Estas cartas según detalles señalados en su Autobiografía (3) fechadas el 17 de septiembre, fueron conducidas por dos presidiarios, que "sin quitarles los grillos los embarqué conmigo en la corbeta Úrica, y desde Ocumare los despaché en un cayuco para Puerto Cabello, encargándoles se presentasen al jefe español como escapados de las prisiones de La Guaira". Por la misma vía secreta hizo saber Calzada su negativa a cualquier solución. Simultáneo al envío de las correspondencias, movilizóse Páez frente a los muros de Puerto Cabello, con la finalidad de alentar con su presencia y la de las tropas a su mando, la opinión favorable entre los porteños. El 23 de septiembre de 1823 comenzaba el quinto y último sitio (tercero bajo las órdenes de Páez): con una columna de 300 infantes y 25 lanceros, fijó el Comandante patriota su Cuartel General en la Alcabala de Paso Real, donde el río San Esteban cortaba el camino que conducía a El Palito.

Por fin, encontramos frente a frente los dos personajes fundamentales que concluirán el drama bélico cuyo escenario fue la ciudad porteña. Al mando de las tropas sitiadoras el General en Jefe, Comandante del Departamento de Venezuela, miembro de la gloriosa Orden de los Libertadores, José Antonio Páez.

Detrás de los muros, al Brigadier de los reales ejércitos, Don Sebastián de la Calzada, Segundo Jefe de los restos del Ejército Expedicionario de Costa Firme. El General republicano, de humilde origen, nacido según sus propias palabras (4) "el 13 de junio de 1790 (...) en una muy modesta casita, a orillas del riachuelo Curpa, cerca del pueblo de Acarigua, cantón de Araure, provincia de Harinas", se formará en la guerra, comenzando por los grados más bajos de la milicia, a punta de lanza, con tesón y esfuerzos inauditos, hasta alcanzar a los 31 años de edad el más alto grado en el ejército de la República. Don Sebastián de la Calzada, también de origen popular, comienza su carrera militar como simple sargento del antiguo Regimiento Veterano de la Reina, en la División realista comandada por D. José Yánez, integrada fundamentalmente por llaneros, y que posteriormente dará origen al llamado Ejército de Apure, factura fundamental de Calzada; coincidencialmen-te, la provincia de Barinas será escenario bélico para el desarrollo de dos aptitudes dispuestas por causas e ideologías diversas, pero paralelas en su empeño de llevar adelante el triunfo de una idea. Disciplina, valor, carácter, aptitud de mando, caudillesco influjo en los subalternos, serán cualidades de ambos Generales. Sobre ellos, en plena época de sus actuaciones, la leyenda pudo decir más que la verdad histórica; de Páez llegó a aseverarse entre los realistas, que "tenía paralizadas las piernas y que sus soldados le cargaban para ponerlo a caballo" (5), amén de señalarlo cual azote de españoles, cruel y sanguinario; de Calzada, baste decir que se forma en la escuela de la guerra a muerte, y que en el desastre patriota del año 1814 participa en igualdad de condiciones a Boves, Rossete, Ceballos y otros comandantes realistas pasados a la historia modelos de crueldad. Ambos forman parte de un mito. Los dos llegan a comandar grandes Divisiones, colocados a la cabeza de ellas por las mismas tropas: Calzada, a la muerte de Yánez en Qspino, elevado al rango de Teniente Coronel y comandante de la División, suplantando a D. Pablo Gómez, su Jefe en el Regimiento de Numancia; Páez en los llanos de Casanare, elevado a la jefatura pasando por encima de oficiales de gran prestigio y mayor jerarquía, cual Santander o Urdaneta. Los máximos conductores de la guerra en Costa Firme, darán a estos comandantes puestos de grandes relevancias; a principios de 1818, en el primer encuentro de Bolívar con Páez en San Juan de Payara, el General llanero será factor determinante en la Campaña del Centro; en Carabobo, Páez será comandante de la Primera y más importante División. En forma similar, Morillo luego de organizadas las provincias de Venezuela y emprendida la campaña de Nueva Granada, confiará a D. Sebastián de la Calzada, a pesar de la decisión real y del propio Mariscal de Campo de separar del mando a quienes habían hecho la guerra popular en los años de 1812 a 1814, la difícil tarea de dirigir por tierra al interior del Reyno de Santa Fe, la Quinta División del Ejército Expedicionario, mientras Morillo mismo se embarcaba en Puerto Cabello con el resto del ejército a poner sitio a la plaza de Cartagena. De la confianza depositada en ellos, confirman los triunfos de Calzada en la batalla de Cachiri (marzo 1816) en la campaña de la Nueva Granada, o la ocupación de Popayán el 24 de enero de 1820, cuando ya Bolívar se encuentra instalado en Santa Fe, luego del triunfo de Boyacá. Por Páez, dicen las Queseras del Medio, Mucuritas, Carabobo. Hombres de primera línea, sobre ellos irá la loa o el dicterio; de Sebastián de la Calzada, polemista contra La Torre en esa suerte de dimes y diretes que cubre la dignidad de los jefes españoles en los últimos tres años de su permanencia en Costa Firme, dirá Don Ramón Hernández de Armas, defensor de La Torre: "... Calzada no ha sido más que un militar insubordinado y que lejos de saber y entender las ordenanzas de su profesión, sólo se ha hallado poseído de una atrevida ignorancia" (6). De Páez nada se dirá en su época de General victorioso que no sea alabanza y estímulo; pero en la vida del político, el señalamiento de su fase negativa en la pluma de sus enemigos, llenaría volúmenes enteros.

Lo importante, lo fundamental en estos dos guerreros que ahora decidirán la última acción de la guerra de independencia, es que en ellos sobró la iniciativa, la capacidad de mando, el carácter militar y el afán de gloria. Separados por los muros de Puerto Cabello, la ciudad será testigo y actora en la contienda. Pero en los inicios del tercer sitio no hablarán los cañones su lenguaje de destrucción y muerte. Un epistolario único en su género, curioso en su lenguaje, precederá el tiempo de la lucha.

"Señor Brigadier: Al momento mismo de poner en movimiento mis fuerzas para atacar esa plaza se me presentó el espectáculo sensible de las víctimas que deben preceder a su rendición. Quisiera excusarlas y terminar el asunto con las ventajas posibles en favor de esa guarnición y vecindario, pero que sean compatibles con las leyes de la República e integridad de su territorio. No le falta más que esa plaza y puerto; contra ella deben dirigirse todas las fuerzas de Colombia, así marítimas como terrestres. En ningún otro puerto tienen a qué atender, al paso que las reliquias del ejército español que V. S. manda, están destituidas de socorros y de esperanza de cooperación de la Península ocupada en una guerra funesta y agitada de convulsiones políticas, cuyo término sobre ser largo es problemático y que sea cual sea el éxito nunca quedará en estado de aspirar nuevas conquistas imposibles en toda la extensión del Nuevo Mundo, que con un voto general ha pronunciado su libertad e independencia". La intimación la escribe Páez desde su Cuartel General en Paso Real, el mismo 23 de septiembre en que llega con su ejército frente a la plaza; el destinatario será Don Sebastián de la Calzada, quien podrá cerciorarse que las tropas republicanas comienzan a tomar posiciones en torno a la ciudad. Continuará leyendo su texto, donde se le señalan detalles de su angustiada situación. "No pongamos los ojos le dice Páez sino en la imposibilidad que en el momento se presenta de defender esa plaza, y mucho menos de intentar operaciones de guerra sobre el territorio de Colombia. Fijemos nuestra atención sobre la suerte de los españoles habitantes en estos países que no tienen otro punto para fijar su domicilio y existencia, al menos mientras la Península esté conmovida y desorganizado su gobierno, y concluiremos que no es prudencia ni puede nunca graduarse de valor la obstinación estéril y desesperada de una defensa que sólo puede producir viudas, huérfanos, sangre, lágrimas y muertes, y que mientras los españoles conserven aquí la resolución de seguir la guerra, el gobierno tal vez tomará medidas contra los que existen en su seno en precaución de su tranquilidad, sin una venganza que en las actuales circunstancias sería dislocada y poco noble, pero depuesto el ánimo hostil con el acomodamiento que hagamos, renacerán los vínculos de amistad y disfrutarán de las leyes de un país, en que tienen radicadas sus generaciones y elementos de su fortuna". Páez concluye enfático esta carta, cuyos términos serán los mismos de la enviada al Alcalde de Primera Elección del Cabildo porteño: "Persuádase General, de los bienes que deben esperarse de tan halagüeña perspectiva, y los males que se evitan de los horrores de una guerra, que según las leyes de ella debe ser cruel a pesar del grito de la humanidad que no alcanzará a dulcificarla. Con su contestación procederemos a los ajustes de mutua conveniencia, en inteligencia que estoy dispuesto a deferir a todas las ventajas que sean compatibles con el decoro y leyes de la República" (7).

Calzada contestará el mismo día, en forma inmediata, posiblemente con el edecán parlamentario que conduce la intimación. El Comandante General de las tropas españolas de Puerto Cabello está allí, al frente de un grupo desesperado de realistas, para defender el maltrecho honor de la Nación española y cumplir con sus deberes de soldado. La respuesta será breve: "Excelentísimo señor: Vuestra Excelencia se cansa en vano de alegarme razones de cuya importancia prescindo por ahora, ni en exagerarme sus fuerzas y recursos. El uso de la guerra tiene perfectamente marcados cuáles sean mis deberes dentro de esta plaza, y trato de cumplirlos; es todo lo que tengo que contestar al papel de vuestra excelencia de esta misma fecha, devolviéndole el adjunto como menos necesario, porque es a las autoridades militares que vuestra excelencia debe dirigirse, no teniendo nada que hacer con ninguna otra" (8).

Ha comenzado el desafío... No se ha cruzado un disparo entre defensores y sitiadores. La palabra sustituye cualquier arma irracional. El diálogo irá tomando fuerza, haciéndose cada vez más amenaza en la palabra republicana, y grandilocuente y heroico en las voces españolas. Páez aprovecha la fisura que abre en los cerrados muros porteños la respuesta de Calzada, y al día siguiente —24 de septiembre— de nuevo escribe para aclarar al General español que en modo alguno ha exagerado fuerzas y recursos, que están a la vista de todos; que el ejército de la República ha destruido en todas partes al de España y que sólo quedan las reliquias encerradas en Puerto Cabello; que la marina española ha corrido la misma suerte del ejército real; y que "era necesario entrar en negociaciones para evitar la efusión inútil de sangre y el incurrir en la dureza que las leyes militares establecen contra la obstinación". El General en Jefe, al final de la nota pasará de la insinuación a la amenaza: "Trato de juntar y establecer todos los elementos para atacar y rendir la plaza, y después de juntos y puestos en acción sin que haya corrido una sola gota de sangre, sofocaré en mi pecho todos los sentimientos de humanidad para cumplir con las leyes de la guerra, denegándome a cualesquiera proposición que se me haga por no haberse atendido a las generosas que he propuesto en beneficio de la humanidad, vecindario y guarnición". Termina Páez señalando que se había dirigido al cabildo porteño, "... para que, como representante y protector del pueblo, sepa el peligro inminente en que se halla" (9).

En la respuesta de Calzada a la segunda intimación de Páez, no hablará solamente la voz y el orgullo del soldado último Capitán del Imperio español en Costa Firme; es la voz misma de España, que concluye trescientos años de dominación con un lenguaje ejemplo de valor e hidalguía, virtudes estas que una vez apaciguadas las tormentas de la guerra a muerte, trajeron a la palestra nuestros libertadores. "Comandancia General, Plaza de Puerto Cabello. Excelentísimo señor:

Si los recursos con que cuenta Vuestra Señoría para rendir y posesionarse de esta plaza son inmensos a la vista y notoriedad de todas las naciones, no será nuevo para ellas el ver un puñado de españoles resistir con ánimo firme y decidido el poder de sus enemigos, superiores infinitamente. Lo que sí sería nuevo, indecoroso y aún ridículo es que la simple narrativa de los medios de ataque, bastasen para rendir una plaza fuerte. No me detengo a manifestar a vuestra señoría las equivocaciones que ha padecido al pintar a su modo la inferioridad de nuestras fuerzas, porque esto a nada conduce. No es con disputas con lo que se hace la guerra; y entiendo que vuestra excelencia debe ser naturalmente superior cuando las circunstancias le han puesto en estado de atacar. Valerse siniestramente de esa superioridad, endurecer su corazón sofocando todos los sentimientos de humanidad y dictar leyes nuevas de barbarie y crueldad es el extremo conque vuestra excelencia amenaza, en el caso de que haya puesto sus medios en acción y una sola gota de sangre haya sido derramada. Pero creo que V. excelencia no querrá manchar su nombre con la nota de sanguinario y que trabajando para su gloria, no dejará a la posteridad un infame recuerdo. En todo caso las amenazas que vuestra excelencia hace no serán olvidadas, y vuestra excelencia verá en la defensa lo que podemos hacer unos pocos soldados viejos, cuando el enemigo no da lugar a elección entre vencer o morir. —Dios guarde a vuestra señoría muchos años—. Puerto Cabello, 25 de septiembre de 1823. Excelentísimo señor —Sebastián de la Calzada—, Excelentísimo señor General Don José Antonio Páez" (10). El carteo entre los contendores se detendrá sólo breves días. La férrea posición realista no exaspera aún el carácter del Jefe sitiador, quien comprende - como guerrero la posición de Calzada. En comunicación del 1° de octubre a Briceño Méndez (ll) entre otras informaciones, anota estas circunstancias: "Mas reconociendo que efectivamente es racional la negativa del jefe que la manda mientras no se le presenten fuerzas efectivas, he suspendido hacer la última y perentoria intimación hasta que, reunida toda fuerza destinada al efecto, pueda hacerla con la esperanza de que sin estrago y desolación quede en posesión la República de la integridad de su territorio". En realidad el sitio, luego de una semana de estar los patriotas frente a los muros porteños, es un simulacro. La escuadra de bloqueo, sin la cual se comprende todo intento de tomar la plaza será vano, está integrada únicamente por el bergantín Úrica, anclado en el fondeadero de Isla Larga. Ni en mar ni en tierra hay actividad bélica. Sólo el duelo de palabras entre los actores del drama.

El 3 de octubre, Páez se dirige de nuevo a Calzada. "Señor brigadier le dice, no tienen más objeto mis invitaciones que el evitar los horrores del último término de esta guerra. Es verdad que no será nada nuevo que un puñado de españoles resistan con ánimo firme y decidido el poder de un enemigo superior infinitamente. Los españoles están reconocidos del mundo por su valor y conducta, y yo mismo estoy convencido de este bien merecido concepto, pero también reconoce el mundo y yo que son tan ilustrados como valientes y saben discernir el valor y la temeridad". Tan elogiosos conceptos para los enemigos que aún combate, no es posición circunstancial o diplomática actitud; en otros escritos de la época, Páez se expresará en igual forma de los nacidos en la Península o las islas Canarias. "Ya no ven en Sagunto y Numancia —continúa Páez— cosa digna de imitación y sí sólo de una admiración sin gloria. No es sólo la suerte de la guarnición lo que interesa mi sensibilidad, es la del vecindario y es la de un pueblo que vamos a arruinar hasta los simientes sin más utilidad que hacer alarde de un valor dislocado que nada agrega y sí degrada la estimación del adquirido por la nación española en los pasados siglos coh hechos memorables y acciones heroicas".

El General republicano se esfuerza en hacer comprender a su contendor la necesidad de negociar la entrega de la plaza; le plantea en forma real la situación desesperada en la que se mantienen las fuerzas españolas y lo estéril de un sacrificio sin gloria; concluye exhortando al Jefe español a nombrar conjuntamente "comisionados que arreglen los tratados que deben ser el iris de paz para que no entremos pisando escombros y cadáveres, oyendo el llanto de las viudas y huérfanos..." (12).

La respuesta de Calzada está fechada el 4 de octubre, y repite en líneas generales el contenido de las anteriores; rechaza las invitaciones que se le hacen de concertar una paz honrosa, porque "... sería obrar de una manera indecente el acceder a ellas y creo que vuestra excelencia misma me hará la justicia de reconocer que hallándome en una plaza fuerte con suficientes recursos para mantenerme, con recursos más que suficientes para prolongar su defensa, me haría gravemente responsable al gobierno de mi nación si diese oído a las sugestiones del enemigo, que parece se dispone a atacarla. Los horrores de la guerra son en efecto repugnantes para todo corazón humano, pero la defensa es natural a toda clase de vivientes, por tímidos y cobardes que se les suponga. Si vuestra excelencia gusta de hacer un papel en las escenas de luto y desolación con que me amenaza, puede vuestra excelencia excusar al ataque porque yo y los míos nos hemos de defender necesariamente y aunque no creamos merecer el tributo de admiración que paga la posteridad a los defensores de Sagunto y Numancia, todavía mostraremos que no somos indignos de marchar por la senda que esos nuestros padres nos dejaron trazada" (13). Buena ocasión se había proporcionado a los defensores de la ciudad porteña, de lucir la prosa clásica tan usual en la época. Pero llegaba el momento de cesar las palabras y escuchar el rugir de los cañones.

Simultáneo al envío de la señalada correspondencia, Páez mantuvo un permanente contacto epistolar, a través de mensajeros que secretamente entraban y salían de la plaza, con un grupo de personalidades comprometidas en un golpe civil-militar que entregaría la ciudad en capitulación; el denominado por Páez "secreto partido" mantuvo plenamente informado a los patriotas de la situación de las defensas y del ánimo del pueblo porteño, dispuesto por la República. En la combinación de partido estuvieron comprometidos comerciantes, miembros de la guarnición, y personas a quien Páez, siguiendo las instrucciones emanadas de Bogotá en fecha 25 de agosto, ofreció gratificaciones hasta por cantidades expresamente señaladas por el Despacho de Guerra. Páez esperó ansioso durante los primeros días del mes de octubre se suscitaran acontecimientos idénticos a los sucedidos en diciembre de 1813 que culminaron con la expulsión de Don Domingo Monteverde y su plana mayor, y que depusieran esta vez a Calzada o lo obligaran a entenderse con los sitiadores. En varias correspondencias señala Páez la existencia de esta segunda columna operante tras los muros de la ciudad. El 14 de octubre, en carta al Secretario de Guerra (14) informa de algunos acontecimientos y le dice: "fomento el partido que tengo dentro de la plaza, ofreciendo gratificaciones hasta por la cantidad que vuestra señoría me indica sin que esto relaje mi actividad en preparar y disponer todos los elementos de ataque para imponer o para rendir por fuerza en caso nece'sario". En otra correspondencia de igual fecha y dirigida al mismo destinatario (15) es totalmente explícito en el señalamiento de la conspiración: "Estaba empeñado en la empresa de rendir a Puerto Cabello por medio de una combinación de partido que logré tener dentro de la plaza en que están comprendidos los principales vecinos y mucha parte de la guarnición. Casi todo era de españoles ganados por uno que es el principal que se entiende conmigo por comunicaciones secretas. Manifestaron que aspiraban a quedarse en estos países donde tienen sus mujeres, sus hijos, sus intereses y el modo y medios de adquirir sus subsistencias. No dudé abrir la mano y ofrecer y proponer cuantas ventajas no fuesen contrarias a las leyes, constitución y decoro de la República". El cabecilla de la conspiración, "el principal" como le llama Páez, fue Don Juan Jacinto Iztueta, personaje de influencia en la colectividad porteña, participante activo en la insurrección de los Canarios y por ello prisionero en las bóvedas del Castillo San Felipe, donde es factor importante en el levantamiento de esta fortaleza contra la República, y la consecuencial pérdida de la ciudad; de igual manera, Iztueta conspira contra Monteverde y logra su expulsión de la plaza. Ahora, el antes furibundo realista, cambia de partido y maquina contra Calzada. Pero un acontecimiento circunstancial echó por tierra las posibilidades de que se operara la insurrección interna y la República pudiera poseer la plaza por vías pacíficas (16).

El acontecimiento inesperado que desbarató los planes de Páez, casi al momento de estallar la insurrección, fue la llegada e inmediata aplicación en el Departamento de Venezuela, de la Ley sancionada por el soberano Congreso de la República de Colombia el 1° de julio de 1823, y posterior reglamentación del 7 del mismo mes, que expulsaba a los españoles desafectos al régimen; las insurrecciones de Pasto, La Ciénaga, Ocaña, los acontecimientos del Departamento del Zulia y el levantamiento en las sabanas de Cartagena, obligaron al Estado a proveerse de un instrumento jurídico capaz de poner fin al peligro de una regresión realista; recibida en Caracas en la segunda quincena de septiembre, el Intendente del Departamento, General Francisco Rodríguez del Toro, la aplicó contra todos los españoles, desafectos o no al régimen. Encerrados en la plaza de Puerto Cabello, los restos del Ejército Pacificador y los vecinos se enteraron por noticias provenientes de Curazao, llegadas en una goleta cargada de víveres que burlando el bloqueo penetró en el puerto el 3 de octubre. Ese mismo día Iztueta manifestó a Páez la desconfianza que había cundido entre los españoles comprometidos en el movimiento cívico-militar, sobre la seguridad y cumplimiento de las ofertas. Páez, cumplidor de la palabra empeñada, reiteró las promesas hechas con anterioridad, y se empeñó seriamente en paralizar la aplicación de la Ley y Reglamento en el territorio del Departamento de Venezuela. A los efectos, el 4 de octubre se dirigió al Intendente Rodríguez del Toro (17) para manifestarle que tenía "por conveniente, importante e importantísimo para el éxito de la empresa de Puerto Cabello el que se suspenda la ejecución de la expulsión general de los españoles, dejándola subsistente para aquellos que sean notoria y comprobadamente desafectos, cuya desafección infunda temor prudente de trastornos en la seguridad pública. Todo con calidad de por ahora y hasta la resolución del Superior Gobierno...". En la misma fecha se dirigía al Secretario de Estado y del Despacho de Guerra (18) como mediador entre los españoles y el Gabinete de Colombia, cumpliendo así las promesas hechas a Iztueta y su facción; señalaba los males causados en las negociaciones para la entrega de la plaza por las noticias sobre la aplicación de la Ley y el Reglamento; que el escándalo había llegado en sus ecos hasta el puerto y que ante el estrépido causado prometió su mediación ante el supremo Gobierno, solicitando la Ley se contrajera a su verdadero espíritu y literal contrato que comprendía sólo a los desafectos, y no como la estaba aplicando el Intendente del Departamento, ante quien había propuesto se suspendiese su aplicación "en calidad de por ahora". "Tuve por objeto de esta medida explicaba Páez a Briceño Méndez— el grande e incalculable bien que reportamos de la rendición de una plaza fuerte, único puerto que falta para poseer la integridad del territorio de Colombia, acabar la guerra actual y precaver las ventajas del enemigo en la futura presunta; evitar el sentimiento casi general de la Mayor y más sana parte de los pueblos al ver arrancar del seno de sus familias a muchos españoles pacíficos, sin más delito que haber nacido en la Península e Islas Canarias, y el conocer que la ley y el reglamento para su cumplimiento se contraen a los desafectos, perniciosos y peligrosos sin extensión a los que no lo son.

Además que verificada la toma de Puerto Cabello cesa la desconfianza y se acaban los temores y pierden los mismos españoles su esperanza de una reacción, y por consiguiente, se atemperan a vivir tranquilos y felices entre nosotros, aumentando la riqueza territorial, la población y prosperidad de las familias que en la otra hipótesis no podían celebrar nuestro último triunfo sino con lágrimas".

Tanto había cambiado la opinión en apenas diez años de haberse promulgado el Decreto de Guerra a Muerte, que la más temible lanza republicana, feroz exterminador de españoles, se hacía portavoz del "sentimiento casi general de la mayor y más sana parte de los pueblos", y abogaba en favor de los peninsulares y canarios. No se encontró jamás tan noble mediador a favor de la perdida causa española, que este General Páez que cambia la espada del guerrero aún en víspera de una victoria, por la concienzuda pluma del magistrado. Cuando ya la plaza estaba en poder de la República, en Consejo de Gobierno del 10 de noviembre de 1823, se analizaba en Bogotá la carta de Páez; y se ordenaba a la Secretaría de Guerra contestar señalándole "que habiendo empezado a llevarse a efecto la medida, era de terminarse su ejecución porque no sería decoroso el suspenderla a un Gobierno naciente que debe darse a conocer por su justicia y fortaleza", y que tales razones no eran con el ánimo de convencer al Comandante del Departamento de Venezuela "de la justicia del procedimiento, pues no hay motivo para que el General Páez no profese sus mismos antiguos sentimientos en esta parte...". Se hacía un reconocimiento a la nobleza de espíritu de quien combatiendo en el día a los enemigos de la Patria, no por ello dejaba de manifestar ante las máximas autoridades de la República, su parecer favorable al buen trato hacia quienes defendían una causa distinta.

Desbaratada la posibilidad de poseer la plaza por medios pacíficos y ante la obstinada posición de sus defensores, no quedó más recurso que prepararse militarmente a tomarla por un golpe de mano o mediante el asalto de sus murallas.

Antes de pasar a la narración de los sucesos bélicos que condujeron a la toma de Puerto Cabello, se hace necesario una disgresión a los fines de dejar establecido el criterio tradicional en torno a tales acontecimientos y las fallas fundamentales que encontramos en el mismo.

Comenzaremos por decir que los autores que se han referido al tema lo han trabajado tomando como casi exclusiva fuente, la narración de Páez en su Autobiografía. Era lógico suponer que el principal actor de la contienda conociera los hechos plenamente. Pero en forma paradójica, la Autobiografía de Páez, en lo que a los sucesos de Puerto Cabello se refiere, está escrita de espaldas a la verdad histórica. En confrontación con documentos de la época, escritos sobre el teatro de operaciones y en las mismas fechas de los acontecimientos, y narraciones de testigos y participantes en los treinta meses que duran los hechos en torno a Puerto Cabello, el escrito autobiográfico del General Páez queda contradicho; se llega al caso inclusive, de que en su Autobiografía Páez desarrolla versiones distintas a las escritas por él mismo en documentos y correspondencias sostenidas en la época con sus superiores jerárquicos Soublette, Briceño Méndez, Santander, etc. Y cuando hemos buscado explicación a tal paradoja, nos encontramos con las siguientes conjeturas: Páez escribe su obra entre los años 1864 y 1867, esto es, a más de cuarenta años de los sucesos de Puerto Cabello; en la memoria más privilegiada, el obstáculo que presenta en el tiempo revivir tales hechos con la precisión debida, resulta imposible; por otra parte, a pesar de conservar sus notas y algunos documentos que transcribe en su obra, careció al elaborar sus memorias de un archivo, posiblemente porque a diferencia de otros Libertadores nunca tuvo el cuidado de llevarlo en forma, al extremo de que hoy se encuentran dispersos documentos producidos en momentos culminantes de la historia del país en los cuales le tocó actuar, en diversos archivos y publicaciones; además, debemos tomar en cuenta que es un político exilado quien se dedica en los rígidos inviernos neoyorkinos a rehacer su vida a través del relato, lo cual influirá notablemente en presentar una faceta intencional de su personalidad, orientada a dejar en el ánimo de los lectores —que serían fundamentalmente venezolanos— la mejor impresión, capaz de borrar recuerdos inmediatos de su dictadura durante los acontecimientos de la Guerra Federal. Cuando en 1869 aparecen publicadas las Memorias, se encuentra el héroe en el ocaso de su vida; y testigos o actores de acontecimientos narrados, los tendrá la muerte o el olvido en la imposibilidad -de refutarlos. Debemos agregar que Páez, según la acertada apreciación de O'Leary, "Complacíale referir sus proezas en la Guerra" (19), y es lógico suponer a un héroe vivo, leyenda andante, a fuer de repetir la narración de sus hazañas, terminar por moldearlas a su imagen y semejanza, como mejor creyera que debieran ser o hubieran ocurrido. Es así que la participación de Páez en los sucesos de Puerto Cabello, termina por convertirse en una leyenda. Al ser su obra autobiográfica y estar escrita en primera persona, quien lea por ejemplo: "Me resolví, pues, a entrar en la plaza por la parte del manglar (...) cuatro horas estuvimos cruzando el mangle con el agua hasta el pecho y caminando sobre un terreno muy fangoso, sin ser vistos a favor de la noche, y pasamos tan cerca de la batería de la Princesa que oímos a los centinelas...", deberá necesariamente concluir que Páez dirigió personalmente la columna de asalto; confesamos que tal convencimiento lo tuvimos cuando hace algunos años nos propusimos escribir estas líneas. Dos de sus más conocidos biógrafos —Vitelio Reyes y R. B. Cunninghame Graham— incurren en errores históricos, precisamente por basarse en la narración de Páez en sus Memorias; se llegó incluso al caso, llamémoslo curioso, de que el último de los escritores señalados, seguro como estaba de que Páez había penetrado por el manglar, escribe que después del asalto "partió Páez, medio desnudo como iba para reunirse con Calzada, quien entregó su espada y lo felicitó..." (20). Los acontecimientos sucedieron de manera distinta, según veremos más adelante. Páez crea intencionalmente la leyenda en torno a Julián Iztueta, el guía que conduce la columna de ataque, con la posible finalidad de congraciarse con lo que fuera un día el pueblo que lo admiró hasta el delirio, y que lo había olvidado al convertirse en Jefe de la Oligarquía conservadora del país. Páez deforma las circunstancias de la rendición de Calzada, quien es hecho prisionero combatiendo, con la intención quizás de dar mayor brillo a sus proezas. De igual manera deforma los hechos en torno a la rendición del Castillo San Felipe. Son múltiples los detalles que hemos señalado y continuaremos haciéndolo en notas, en los cuales Páez da la espalda a la historia para convertirse él mismo, sus proezas, su gesta, en leyenda. Dicho lo anterior, su Autobiografía no puede continuar cual fuente, al menos en lo que a los acontecimientos de Puerto Cabello se refiere, si no se confrontan con otras fuentes documentales directas.

El parte oficial escrito por el mismo Páez, a la Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra (21) en fecha 12 de noviembre de 1823, esto es, en plenos acontecimientos; el "Boletín del Ejército Sitiador de Puerto Cabello", fechado en la misma plaza a 12 de noviembre de 1823 y suscrito por el Jefe del Estado Mayor del Departamento de Venezuela, Coronel George Woodberry (22); y por último, el informe que el Brigadier Don Sebastián de la Calzada rinde en carta privada al Capitán de Navio Don Ángel Laborde, fechado al frente de la isla de Cuba el 22 de noviembre de 1823, cuando llegaban a La Habana los buques que transportaban los vencidos en Puerto Cabello (ver Apéndice documental N° 20), serán las fuentes documentales en las que basamos Ids hechos de la toma. Ha contribuido igualmente a deformar la verdad histórica en torno a los acontecimientos, la tradición oral trasmitida a través de generaciones por el pueblo porteño, y recogida por el Dr. Paulino Ignacio Valbuena, quien en justicia podría calificarse primer cronista de la ciudad. Valbuena publica en el centenario de la Declaración de la Independencia —5 de julio de 1911— un opúsculo al cual denomina Reminiscencia Histórica, "Sorpresa y Toma de la Plaza de Puerto Cabello" (23) donde hace la siguiente "Advertencia":

"Nos hemos permitido dar publicidad a estas reminiscencias que se relacionan con uno de los hechos de armas más trascendentales de nuestra historia, porque hasta ahora, que sepamos, no hemos visto que se haya hecho mención siquiera del suceso al cual nos referimos y conociéndolo por tradicionales narraciones de actores y testigos presenciales, creemos cumplir con el patriótico deber de trasmitirlas conforme han llegado a nuestro conocimiento...". En realidad, la buena fe del Dr. Valbuena no lo exime de haber trasmitido un cúmulo de inexactitudes y errores históricos a la posteridad. A esa falsa tradición se deben circunstancias que hoy se tienen por verdades, como el caso de la supuesta escaramuza celebrada al amanecer del día 8 de noviembre entre un piquete de caballería patriota y los defensores del fuerte La Princesa (el cual equivocadamente sitúa Valbuena y la tradición en la parte Occidental de la plaza), en la hoy llamada Calle de los Lanceros, encuentro que en ningún momento llegó a realizarse. Igualmente, Valbuena habla de la calle El Mangle y la sitúa en la hoy Calle Municipio, cuando en realidad la parte poblada de la ciudadela sólo llegó hasta la actual Calle Anzoátegui, que fue por donde penetraron las tropas del asalto. Valbuena y la tradición hablan de un cuartel llamado Valencey, el cual nunca existió entre las edificaciones de la plaza, igual en el momento del asalto no combatieron tropas del célebre Regimiento de ese nombre, cuyos restos capitularon con Morales en Maracaibo. Por último, Valbuena al igual que Páez en su Autobiografía, a la cual sigue en buena parte de su trabajo, alienta la leyenda de Julián Iztueta, a quien apellida quizás acertadamente Ibarra; mantiene igualmente las inexactitudes en torno a la rendición de Calzada, escena que coloca en la actual Iglesia del Rosario, llamada a principios de siglo Iglesia de San José, y sobre los hechos que precedieron a la capitulación del Castillo de San Felipe. Algunos aciertos posee sin embargo el trabajo señalado; entre otros el autor combate a quienes han escrito aseverando que Páez entró por el manglar con la columna de ataque, y asegura en concordancia con la verdad histórica, que fue por la puerta de La Estacada que hizo su entrada a la ciudad en el amanecer del 8 de noviembre de 1823. Concluida esta larga disgresión, imposible de incluir en una nota marginal como habíamos hecho hasta ahora, retomamos el hilo de los acontecimientos.

A los fines de bombardear y cañonear la plaza, Páez había desembarcado en el Puerto de Borburata el 26 de septiembre, alguna artillería transportada desde La Guaira en el bergantín Úrica; con ella, se decidió artillar el fuerte del Trincherón, que encontró como en anteriores oportunidades, sin guarnición alguna, debiendo sin embargo en sus operaciones sufrir los fuegos de las baterías de La Princesa y del Caballero; el 7 de octubre un cañón de a 24 libras disparaba desde el Trincherón sobre la plaza y obligaba al teniente realista Don Pedro Calderón, que con una flechera controlaba los caños del manglar, a retirarse. A los fines de garantizar la traída de pertrechos de guerra desde el puerto de Borburata, se fortificó la batería de San Luis, al Este del Trincherón y dominando la sabana de Santa Lucía (24).

El comandante de las fuerzas sitiadoras decidió establecer una línea artillada capaz de batir la Casa Fuerte y las casas aspilleradas que formaban la línea exterior del enemigo. A los efectos, el 12 de octubre concluyó la batería de Los Cocos (25) para controlar la boca del río: al Oriente de esta batería se colocó un mortero de 14 pulgadas, con el cual se comenzó a lanzar bombas y granadas dentro de la ciudadela.

Efectivos de los batallones Granaderos y Anzoátegui tomaron posiciones en los parapetos y trincheras construidos en el llamado arrabal. Aun cuando no se tiene la cifra exacta de los efectivos de infantería que participaron en este último sitio, por estar cada uno de los señalados batallones integrados normalmente por seiscientas plazas, deben calcularse 1.200 hombres en acción. Además participaron escuadrones de lanceros.

La falla fundamental en las operaciones estuvo como siempre en la escuadra para bloquear el puerto; desde el 23 de septiembre sólo participaba el bergantín Úrica, sin fuerzas sutiles, lo cual permitió la entrada de una goleta cargada de víveres, que consumían en apretadas raciones los sitiados. A los fines de organizar la escuadra, partió Páez hacia La Guaira, donde estaban algunos buques preparándose para participar en el bloqueo. Este viaje lo realizó entre el 15 y el 20 de octubre, dejando encargado del sitio al General Bermúdez.

Es necesario establecer que en la guerra de Independencia, es la única oportunidad en la cual coinciden en una acción tres Generales en Jefe, miembros de la orden de los Libertadores, y émulos de brillante trayectoria. El Comandante General del Departamento de Venezuela, José Antonio Páez, al frente de las fuerzas sitiadoras; el Intendente y Comandante General del Departamento del Orinoco, José Francisco Bermúdez con todo su Estado Mayor, voluntario en ayuda de Páez, encargándose Bermúdez del establecimiento de la artillería y dirección del bombardeo, y Santiago Marino, sin cargo jerárquico alguno, pero decidido igualmente a no ahorrarse la gloria de tomar Puerto Cabello. El General Marino sirvió de enlace entre el ejército y la armada; al efecto viajó con Páez a La Guaira para activar el acondicionamiento de los buques y en ese puerto se encontraba cuando los acontecimientos del 8 de noviembre. En la primera quincena del mes de octubre, coincidieron los tres Generales frente a los muros de Puerto Cabello.

En fecha 4 de octubre informaba el Comandante General a la Secretaría de Guerra (26) sobre el estado del sitio y bloqueo; señalaba que los realistas habían colocado a la entrada del puerto, entre la fortaleza El Corito y la playa del castillo, dos cadenas que ahora impedían la entrada, lo cual pudo evitarse de haberse tenido una escuadra capaz; sobre las posibilidades de tomar la plaza, escribía: "No me queda más esperanza que rendirla por hambre dentro de veinte días si acaso no le entran víveres y aumentan los que tienen, que según informes que he recibido circunstanciados del partido que conservo dentro, son para cuarenta días...". Informaba igualmente de la entrada de una goleta conduciendo víveres y recalcaba el retardo de la rendición española por falta de medidas y recursos para hacer efectivos las tentativas y esfuerzos de las tropas sitiadoras. Terminaba lleno de optimismo, que "a pesar de todo tengo esperanzas fundadas de que el partido que tengo dentro de la plaza, reanimado con mis ofertas y garantías, cooperará al fin de que por acomodamiento o por un movimiento interior se verifique la torna de la plaza, y aunque lo espero, no por eso desmayo, no relajo mi actividad para conseguirlo por la fuerza".

Y los esfuerzos se multiplicaron realmente. De La Guaira se trajo la corbeta Boyacá, al mando del capitán Boguier, y al bergantín Pichincha, aunque sólo tripulado por 27 hombres cuando su dotación debía ser de por lo menos 100 marineros; vinieron igualmente cuatro flecheras recién llegadas de Cumaná; lo que integraba a la escuadra fuerzas sutiles tan necesarias en el bloqueo. Para el 20 de octubre, siete naves cerraban la boca del puerto; los realistas no podían oponerle buques mayores, ya que el Apostadero contaba con sólo una caladora y algunas lanchas flecheras.

Llegaron además desde La Guaira algunas piezas de grueso calibre y un obús los cuales fueron colocados en la línea que pasando por frente a la plaza Constitución, abarcaba cuatro puntos artillados; "uno, a la entrada de la Plaza de la Constitución; otro, en la savana entre el mangle y la línea (se refiere a la segunda línea realista); otro en los Cocos y otro frente la puerta del Río en las primeras casas y todos a tiro corto de fusil" (27). Calzada calculaba 12 piezas mayores de artillería, incluyendo el mortero y el obús, que era de 7 pulgadas. Páez en informe a la Secretaría de Guerra (28) de fecha 4 de noviembre, escribía: "Nuestra línea situada en la plaza de la Constitución desde los Cocos hasta el Rebote contiene cinco piezas de grueso calibre, un mortero y un obús, y nuestras baterías apenas distan de las del enemigo , dos cuadras...". La batería del Rebote, situada en la parte más oriental de la línea, con "uno de sus cañones que giraba sobre una barbeta limpió el mangle de las lanchas enemigas que flanqueaba hasta allí nuestra línea y el otro batió los merlones de la Princesa, causándole un descalabro que casi dejaba su artillería a descubierto" (29). El obús y el mortero ; cambiaron de posición en las diferentes baterías de la línea, causando grandes estragos en el interior de la plaza, lanzando bombas, granadas y balas incendiarias. El bombardeo fue continuo y despiadado; el pueblo interior día y noche aparecía cubierto de humo y polvo producto del bombardeo; fueron pocas las casas consideradas habitables; las baterías realistas de la línea exterior quedaron prácticamente arruinadas; los muros de la línea exterior y los de la línea ¡ magistral de La Estacada, presentaban en el día grandes brechas, que eran cerradas de noche por los sitiados. Según Calzada, se dispararon el día del asalto sobre 300 bombas, ; igual número de granadas y "un inmenso balerío". En los ,' fuertes de la montaña la lucha no fue tan intensa; después del 7 de octubre se colocó en las ruinas de la vigía del centro un cañón para ofender al Mirador Solano; la desmoralización ¿ de los defensores realistas no los mantuvo mucho tiempo en I sus puestos de combate: en la segunda quincena del mismo 1 mes, entregaban el Mirador mediante capitulación.

Hacia los últimos días de octubre debió establecerse una tregua unilateral de parte republicana y cesar el bombardeo.

Esta circunstancia fue aprovechada por Páez para enviar a su contendor una nota por vía secreta, en la cual solicitaba entrevista personal entre los comandantes sitiadores y Calzada, Manuel Carrera y Colina y otros Jefes. "República de Colombia - Departamento de Venezuela - Comandancia General - Cuartel General de Paso Real a 28 de octubre de 1823 - 13° - Señor Brigadier: Interesa a esa guarnición, vecindario y al interés General de ambos Gobiernos el que tengamos una conferencia con V. S., el Sr. Coronel D. Manuel Carrera de Colina (sic) y demás Jefes que V. S. tenga por combeniente a cuyo efecto concurriremos al punto que acordemos y dejo a V. S. la elección - Dios Guarde a V. S. muchos años - El General en Jefe sitiador: José Antonio Páez - Sr. Brigadier D. Sebastián de la Calzada Comandante General de las Tropas Españolas de Puerto Cabello" (30).

Calzada contestó al siguiente día en estos términos: "Tengo el disgusto de no poder acceder por mi parte a la entrevista que V. S. se ha servido proponerme; pero no tengo dificultad en nombrar sujetos de mi confianza, que se acerquen a V. E. con el objeto que me indica, y si bien hecho de menos el que V. S. se digne contraerse a materias determinadas, no encuentro inconveniente en que vayan los mencionados sujetos a imponerse del asunto que V. E. me quiere comunicar. En cuanto al sitio nada diré a V. E. sino es el rogarle que sea lo más distante de la plaza que fuere posible, y la hora si a V. E. parece, puede ser a las 4 de esta tarde - Dios guarde a V. E. muchos años - Puerto Cabello 29 de octubre de 1823 - Sebastián de la Calzada - Excmo. Sr. General en Jefe del Exército de Colombia" (31).

Por lo visto, eso de salir los altos Jefes españoles a conferenciar fuera de los muros de la plaza con los Jefes enemigos, era confiar Calzada en extremo de la hidalguía colombiana; prefirió enviar parlamentarios a un lugar lo más lejos posible de la plaza, a los fines de que no se enterara ningún subalterno que se entendía secretamente con el enemigo. La conferencia debió celebrarse en la fecha y hora convenidas, y el tema del día debió ser el único posible: la rendición y entrega de las fortalezas de la ciudad. El día 30 de octubre debió esperar Páez la respuesta de Calzada a través de sus delegados, y que ésta fue como siempre negativa, lo prueba la intimación enviada el 31 de octubre, a las 8 de la mañana: "República de Colombia - Departamento de Venezuela - Comandancia General - Cuartel General en Paso Real a las 8 de la mañana a 31 de octubre de 1823 -13° -Señor Brigadier: Después de haber visto parte de los sacrificios que he tratado de evitar, estoy dispuesto a consumarlos en el último caso en las personas de los causantes de ellos, y en su consecuencia, intimo a V. S. la rendición de esa plaza dentro del término de 24 horas, y no haciéndolo, pasaré a cuchillo toda la guarnición para vengar en ellas las víctimas que se han inmolado imprudentemente de los vecinos pacíficos, que son los que han sufrido en sus personas y sus casas - Dios Guarde a V. S. muchos años - El General en Jefe sitiador - José Antonio Páez - Sr. Brigadier D. Sebastián de la Calzada, Comandante General de las Tropas Españolas de Puerto Cabello" (32).

Si eran usos de la guerra los que obligaban al Comandante sitiador dirigir cartas como la anterior, que Páez llamó "Cuarta invitación dirigida al Comandante de Puerto Cabello", donde se amenazaba con pasar a cuchillo toda una guarnición, no llegamos a comprenderlo. La correspondencia mantenida entre los contendientes, estuvo signada por un tono de altura y mutuo respeto; el mismo Páez reconocía (33) que "el Brigadier Calzada que manda la plaza, me ha contestado siempre con la mayor moderación y política...". Páez siempre se caracterizó entre los Jefes republicanos, por un profundo respeto hacia los vencidos; según sus propias palabras, copiadas por algún biógrafo (34), nunca cambió en su vida de soldado la espada de vencedor por el cuchillo del verdugo. La última correspondencia al Brigadier español, debió ser fruto del desespero y angustia ante la firme decisión del enemigo de no ceder a sus pretensiones. El Comandante de las fuerzas sitiadoras proporcionó al Jefe de los últimos soldados españoles en Costa Firme, la oportunidad de escribir, entre sorprendido y humillado, la postrera correspondencia oficial del gobierno hispano en estos territorios, dando toda una lección de hidalguía:

"Día 31 de octubre de 1823 - Al General Páez - Nada tengo que contestar a la intimación que V. E. me hace en papel de esta fecha, ni mucho menos a la amenaza con que la acompaña. ¿Será posible que en el juicio de V. E. y en el carácter de moderación y mutuo respeto que han tenido nuestras comunicaciones; será posible, digo, que V. E. aventure una proposición tan falsa y absurda como es la de llamar causantes de los males de la guerra a los defensores de esta plaza? ¿Tenemos nosotros acaso la aptitud ofensiva, o en que hemos violado el derecho de las gentes para que así se infrinja y se quebrante con nosotros? - He" dicho a V. E. y ahora lo repito que mi ánimo es el de defender esta Plaza hasta donde mi dever (sic) me señala. Si por ventura V. E. tiene la fortuna de penetrar hasta este recinto, será después de haver (sic) vencido, y la victoria podrá dar a V. E. el derecho de disponer la mortandad y encarnisamiento (sic) Pero ruego a V. E. que medite el juicio que en las demás Naciones y en la posteridad más remota merecerán no sólo los hechos sino aún las simples amenazas de esta especie Dios guarde a V. E. muchos años - Puerto Cabello 31 de octubre de 1823 - Exmo. Sr. - Sebastián de la Calzada Exmo. Sr. General en Jefe sitiador José Antonio Páez" (35).

Quedaba cerrada la última posibilidad de diálogo entre sitiadores y sitiados. Sería de nuevo el rugir de los cañones y los intentos que en tres oportunidades —según Calzada— realizó la infantería patriota para posesionarse de la segunda línea realista. El día primero de noviembre fue también decisivo: Páez adoptaba la resolución de tomar la plaza a costa de cualquier sacrificio.

Diversas causas influyeron en el ánimo del General en Jefe sitiador para obligarlo a tomar la plaza por asalto. En primer lugar, la firme y obstinada posición de los defensores, manifestada a través de Calzada, de mantenerse hasta el último extremo de morir en cumplimiento de su deber; unido a esto, el relativo fracaso del partido republicano dentro de la ciudad, imposibilitado de revolucionar la guarnición y al vecindario y obligar a los comandantes realistas a capitular. Otro aspecto que influyó notablemente en el ánimo de Páez, fue el hecho que de continuar el bombardeo contra el pueblo interior, éste quedaría destruido hasta en sus cimientos; y ya no se trataba solamente de enemigos los que sufrían los estragos de la artillería patriota; una población neutral o adicta al gobierno colombiano, y un fuerte núcleo de españoles, civiles y militares, habían manifestado su voluntad por la República, arriesgando su propia vida en una conspiración que diera por terminada la acción bélica; concurrieron igualmente circunstancias que Páez palpaba y sentía en carne propia; la República no contaba con una escuadra capaz de imponer un bloqueo que imposibilitara a los realistas ser reforzados o aprovisionados por mar, y no exageraba al señalar a Soublette la necesidad de dotar de víveres a los buques de la escuadra— a principios de noviembre sólo tenían provisiones para quince días— para de "este modo conservar este simulacro de bloqueo como hasta aquí" (36). En vano se hicieron esfuerzos por combinar una escuadra que pudiera cumplir su cometido; en La Guaira se acondicionaban las corbetas Venezolana y Bolívar, y dos flecheras completaban su tripulación para concurrir al bloqueo. Desde Maracaibo, él General Manuel Manrique, Intendente y Comandante General del Departamento del Zulia, el 5 de noviembre oficiaba a Soublette (37) que al día siguiente daban a la vela algunos buques rumbo a Puerto Cabello. La República hacía lo posible por integrar una flota que eliminara en los sitiados toda esperanza de recibir oportunos socorros.

Pero circunstancias externas al territorio colombiano, decidieron consumar el asalto. Una de índole internacional y de suma gravedad para la República, cual fue la derrota del partido liberal en la guerra que aún en esos momentos se libraba en la Península. Los liberales españoles durante el cautiverio de Fernando VII en Bayona, influyeron en las Cortes para elaborar una Constitución que pusiera freno al absolutismo monárquico; el 19 de marzo de 1812 fue promulgada la llamada Constitución de Cádiz, la cual rigió en territorio peninsular —ya hemos visto que en Costa Firme no fue aplicada— hasta que restaurado en el trono Fernando VII, desconoció por Decreto del 4 de marzo de 1814, todo lo hecho por las Cortes desde 1810. Volvió el absolutismo a España, y vinieron expediciones guerreras a la América con la finalidad de pacificarla y mantenerla atada a la metrópoli. Pero el 1° de enero de 1820, en Cabezas de San Juan, se subleva al frente de tropas que debían venir a la reconquista Americana, el General Rafael del Riego Núñez, secundado inmediatamente por el General Quiroga, con la finalidad de implantar la vigencia de la Constitución de Cádiz y poner freno al absolutismo. El Rey se vio obligado a jurar el 9 de marzo de 1820 la Constitución, y el partido liberal estableció una serie de reformas que prácticamente anularon el poder monárquico. En vigencia entre las grandes potencias europeas los principios de la Santa Alianza aprobados en Viena el 9 de julio de 1815, mediante los cuales las monarquías se prestaban mutua ayuda para sostenerse en el poder, en el Congreso de Verana (1822) Austria, Francia, Prusia y Rusia, decidieron oponerse al avance de la revolución liberal en España.

Correspondió a Francia el papel de gendarme necesario, y el 7 de abril de 1823 la Península era invadida por el ejército francés. Los liberales combatieron con las armas en la mano, y tras sucesivas derrotas, el movimiento absolutista con el apoyo de los franceses comandados por el Duque de Angulema, liberó al Rey en poder de los constitucionalistas; el 1° de octubre de 1823 Fernando VII declaraba la nulidad de lo hecho por los gobiernos constitucionales. Prisionero combatiendo contra las fuerzas del Duque de Angulema, el General Rafael del Riego Núñez era fusilado en Madrid el día 7 de noviembre de 1823: el mismo día en que se movilizaban las fuerzas republicanas para imponer por siempre en territorio de Colombia, la vigencia del liberalismo y los principios constitucionales por los que Riego moría en España! El Gobierno de Colombia siguió con singular interés los acontecimientos, como que de los mismos dependía la continuación de la guerra en América. El 2 de noviembre, Por comunicación recibida desde Curazao, Páez se enteraba de lo acaecido en España, donde ya se consideraba al partido liberal completamente derrotado: "... debemos por esta razón prepararnos para una nueva tentativa del enemigo", fue el comentario que dirigió a la Secretaría de Guerra. Soublette, en cartas de esos mismos días, le proporcionaba amplia información sobre los sucesos españoles, y le instaba a posesionarse de la plaza a la mayor brevedad posible; igualmente, el Director General de la Guerra en los Departamentos del Norte, enviaba a Bogotá, con fecha 29 de octubre, algunas comunicaciones recibidas de Europa y ejemplares de gacetas, en las cuales imponía al supremo gobierno de las noticias de España. Briceño Méndez contestó a Soublette en los siguientes términos: "El Gobierno ha sido impuesto sin sorpresas de la comunicación de V. E. de 29 de octubre último N° 3, y de los artículos de las adjuntas gacetas que dan muy malos indicios sobre el resultado de la actual contienda entre la Francia y el partido liberal de España que parece ha de sucumbir. Ya tenía el poder ejecutivo los mismos avisos por otros conductos, y aunque le es sensible el giro que toman los sucesos en la Península, porque la ruina total de la Constitución en España arrastraría probablemente la guerra en nuestro país, se había preparado de antemano para recibir estas nuevas" (38). No podía correrse el riesgo de que la reacción monárquica encontrara en Costa Firme una plaza fortificada como Puerto Cabello, donde desembarcar fácilmente cualquier expedición y emprender la reconquista de territorios exhaustos por una guerra de trece años.

La otra circunstancia exterior, de carácter determinante para proceder a la toma de la plaza, fueron las noticias llegadas a Páez y a Soublette desde Curazao y San Thomas principalmente, por las cuales se anunciaba una expedición que saldría de La Habana comandada por Laborde, integrada por 2.500 hombres y diez buques de guerra. El 2 de noviembre confirmaban a Páez desde Curazao la salida de la expedición; ese mismo día escribía a Soublette y a Briceño Méndez, transcribiéndoles la noticia: "Hoy he recibido de Curazao una carta —decía— donde entre otras cosas me dicen que en aquella Isla se asegura con referencia a noticias de La Habana, que aunque Morales no vuelve más a militar en Costafirme vendrá otro jefe y Laborde que al efecto activa nueva expedición, lisonjeándose que sus fuerzas navales serán formidables, pues se compondrán de la fragata Constitución, corbetas Ceres, María Francisca y Carabobo, y bergantín Hércules y el queche Hiena, a los cuales se reunirá el navio Asia que esperan.

Examinando el estado de nuestra marina, sin el navio Asia considero suficiente la fuerza marítima del enemigo para levantar el bloqueo de Puerto Cabello. Estas noticias pueden muy bien no pasar de simples conjeturas, pero nosotros debemos estar vigilantes y creerlas como positivas, escarmentados del suceso del 1° de mayo último; por todo lo que creo de próxima urgencia realizar lo más pronto el favorable resultado de Puerto Cabello a costa de cualquier sacrificio" (39). En otra comunicación dos días después a la Secretaría de Guerra (40) al referirse a la (sigue en la parte 2)...



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