Cap. 09- La Fuga de Alarcón y Pedrarias

Descipción de este artículo: Dos de sus mejores capitanes desertaron, entre ellos, uno depositario de su confianza y afecto, aunque en otras oportunidades trató de abandonarlo y él lo había perdonado; se trataba de Pedrarías de Almesto a quien distinguía con el calificativo salamero de hijo mío

La aridez sedienta del arenal de la sabana se empañaba con el nervioso pensamiento calcinante del soldado otrora "pequeño y de ruin talla" pero ahora soberbio general del ejército expedicionario que se atrevía a desafiar al rey.

Nada temo a los ejércitos del Rey don Felipe, compuestos por soldados que tiemblan de miedo al oír nuestros hombres. Siento pánico a los traidores y fariseos más dañosos que todas las armas guerreras. Dos de sus mejores capitanes desertaron, entre ellos, uno depositario de su confianza y afecto, aunque en otras oportunidades trató de abandonarlo y él lo había perdonado; se trataba de Pedrarías de Almesto a quien distinguía con el calificativo salamero de hijo mío. Para el tirano la fuga de estos hombres representaba virtual quiebra en la moral del grupo de soldados que le acompañaron con fe ciega desde el Perú a Borburata.

Hachazos de muerte destrozaron los sentimientos y vanidad del Jefe Marañen. Sobre los fugitivos vomitó todo el odio que sentía por los hombres malagradecidos que abandonaban sus filas para arroparse cobardemente con las banderas de Felipe Segundo. Lope de Aguirre estaba consciente de que sobre él lloverían crueles improperios profanadores de su vida y honra, si los desertores lograban sus propósitos. Diego de Alarcón era el otro marañón huido a la montana, cansado de la inútil y larga aventura, tal vez avergonza-o o arrepentido de la sucesiva matanza que paso a paso ensangrentó la ruta trazada por un loco ambicioso con pretencíones de Príncipe. Alarcón tenía en su haber la ingrata responsabilidad de ser ejecutor de muchas muertes ordenadas por su caudillo.

Pelado, desnudo, casi desvestido del azul del cielo y el verde de las islas centinelas que desafían tormentas frente a la costa, el paisaje marinero semejaba con su tristeza, la fingida paz de confesionario viejo. Mientras tanto, el nervioso general vizcaino presintiendo con pensamientos siniestros que su afán de revanchas contra oidores y vasallos del Monarca de Castilla, se derrumbaban por la perfidia y traición de un grupo de cobardes, ordenó perseguir a Pedradas y Alarcón; vivos o muertos y hacerlos cuartos como escarmiento y símbolo de la justicia de los marañones.

Aseguróse el tirano de la efectividad en la captura de los fugitivos, encomendando la difícil misión al Alcalde Benito Chávez y al Alguacil Mayor don Julián de Mendoza, cuyas esposas quedaban en rehenes hasta tanto se cumpliera este mandato. Las damas, con seguridad y respeto fueron conducidas junto con Elvira, la Torralva y la Sotomayor, en un grupo especial que emprendería el duro viaje a Valencia y Barquisimeto, por veredas desafiantes de peligroso tránsito.

Cuando la tarde caía sobre las blancas arenas de la playa, las voces se hacían pequeñas en el triste silencio del pueblo. El sol con sus rayos rojizos daba la impresión de que la sabana se teñía de sangre. Antes de la llegada de Aguirre, la gente de Borburata cerraba los portones con trancas de guayacán. Los frailes habían sembrado con prédicas fanáticas, la conseja que hizo posible el milagro de la fe en aquellos habitantes que se aferraban a la vida esperando confesión: cuando se apaga la luz del alma, los espíritus penitentes son azotados por el diablo.

Juana de Torralva y la doncella María de Arrióla, recibieron por órdenes del Caudillo otra seria responsabilidad, además de cuidar a la niña Elvira: Debían mantener bajo su protección a las esposas de Chávez y Mendoza, hasta tanto aparecieran los traidores Alarcón y Pedrarías, a quienes daría cruel castigo.

El fracaso en la búsqueda de los fugitivos en matorrales y conucos vecinos, mantenía al jefe vizcaino bajo violenta presión que hacía estallar sus nervios. La muerte de Francsico Martín, el marañón que hizo votos de lealtad ante su general, después de haber desertado de las filas del ejército en Margarita, le causó cierta sensación de alivio al conocer detalles del trágico suceso: Juan Aguirre encontró en poder de Martín, papeles comprometedores sobre la supuesta fidelidad a la causa del vascongado y sin mediar palabras le hundió la daga en el pecho partiéndole el corazón, luego le cortó la cabeza para colocarla en las ramas de un frondoso cují. El resto del cadáver quedo a la intemperie para alimentar a buitres y perros vagabundos.

A lo lejos, la luz de una estrella parpadeaba siniestramente en la oscuridad, mientras la brisa de la ensenada dor-mida sacaba del destartalado campanario sonidos de metal cobrizo.

ponsabilidad de ser ejecutor de muchas muertes ordenadas por su caudillo.

Pelado, desnudo, casi desvestido del azul del cielo y el verde de las islas centinelas que desafían tormentas frente a la costa, el paisaje marinero semejaba con su tristeza, la fingida paz de confesionario viejo. Mientras tanto, el nervioso general vizcaino presintiendo con pensamientos siniestros que su afán de revanchas contra oidores y vasallos del Monarca de Castilla, se derrumbaban por la perfidia y traición de un grupo de cobardes, ordenó perseguir a Pedrarías y Alarcón; vivos o muertos y hacerlos cuartos como escarmiento y símbolo de la justicia de los marañones.

Aseguróse el tirano de la efectividad en la captura de los fugitivos, encomendando la difícil misión al Alcalde Benito Chávez y al Alguacil Mayor don Julián de Mendoza, cuyas esposas quedaban en rehenes hasta tanto se cumpliera este mandato. Las damas, con seguridad y respeto fueron conducidas junto con Elvira, la Torralva y la Sotomayor, en un grupo especial que emprendería el duro viaje a Valencia y Barquisimeto, por veredas desafiantes de peligroso tránsito.

Cuando la tarde caía sobre las blancas arenas de la playa, las voces se hacían pequeñas en el triste silencio del pueblo. El sol con sus rayos rojizos daba la impresión de que la sabana se teñía de sangre. Antes de la llegada de Aguirre, la gente de Borburata cerraba los portones con trancas de guayacán. Los frailes habían sembrado con prédicas fanáticas, la conseja que hizo posible el milagro de la fe en aquellos habitantes que se aferraban a la vida esperando confesión: cuando se apaga la luz del alma, los espíritus penitentes son azotados por el diablo.

Juana de Torralva y la doncella María de Arrióla, recibieron por órdenes del Caudillo otra seria responsabilidad, además de cuidar a la niña Elvira: Debían mantener bajo su protección a las esposas de Chávez y Mendoza, hasta tanto aparecieran los traidores Alarcón y Pedrarías, a quienes daría cruel castigo.

El fracaso en la búsqueda de los fugitivos en matorrales y conucos vecinos, mantenía al jefe vizcaino bajo violenta presión que hacía estallar sus nervios. La muerte de Francsico Martín, el marañón que hizo votos de lealtad ante su general, después de haber desertado de las filas del ejército en Margarita, le causó cierta sensación de alivio al conocer detalles del trágico suceso: Juan Aguirre encontró en poder de Martín, papeles comprometedores sobre la supuesta fidelidad a la causa del vascongado y sin mediar palabras le hundió la daga en el pecho partiéndole el corazón, luego le cortó la cabeza para colocarla en las ramas de un frondoso cují. El resto del cadáver quedo a la intemperie para alimentar a buitres v perros vagabundos.

A lo lejos, la luz de una estrella parpadeaba siniestra-mente en la oscuridad, mientras la brisa de la ensenada dor-mida sacaba del destartalado campanario sonidos de metal cobrizo.



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