-Atención...Firrrr!
-Aladeeee...ré!
-A la iiüiiz...quier!
-Mediaaaaaa.-.vuel!
Las voces de mando se repetían al infinito. Los movimientos tenían que ser perfectos. Cuánta expectación cuando en la calle habían de practicarse en presencia de miembros de la Marina o el Ejército. Siempre esperábase que en un momento dado, debían quedar boquiabiertos ante tanta perfección.
Las banderas en alto, corneta y redoblante sonando a todo dar, Anzola lo batía impecable. Cuando iba delante el grupo marchaba con ritmo de danza. Los redobles salían como por magia de aquellos cueros tiesos cuando manejaba los palillos. Lo hizo siempre con tanta soltura y precisión que fue el redoblante mejor que vez alguna hubo en el Puerto.
El Cuartel había cambiado varias veces de lugar. Estuvo en la calle Bolívar, frente a donde estaba la Policía Municipal. Más tarde en la calle Sucre, diagonal con la Iglesia Parroqu ¡al. También en la calle Anzoátegui, arrimado a la Agencia para el Café, del Ministerio de Agricultura y Cría. Después en la calle Carabobo. Todo dependía de la generosidad de las arcas Municipales y de la munificencia del Alcalde de turno; pero donde quiera que estuviese siempre era lo mismo: Teatro de ejercicios en calle solitaria, redobles de la banda seca; voces de mando, entradas y salidas, reuniones y más reuniones, creo nos reuníamos por instinto!
Cualquier oportunidad de fiesta en la comunidad, cualquier acontecimiento, era apto para aparecer en público. Desfilar, sacar banderas, hacerse presentes con la corneta y el tambor; ir y venir de norte a sur y sur a norte por las mismas y cansadas calles del Puerto. Los vecinos miraban. Se reconocían caras, había saludos, risas y a veces hasta aplausos. ¡Qué mágico encanto de triunfo había en todo aquello!
La Semana Santa era ocasión especial para los servicios más graves, como hacer la guardia ante el Santo Sepulcro con su imagen de Cristo muerto, velado entre cirios y rezos de tragedia musitados a coro por las matronas del Puerto.
-Rata-plan-rata-plan-plan-plan.
-Ta..ta..ra...ta...ta...ra!
Sonaba delante la corneta, las banderas al viento. En tarde de prácticas se había ido muy lejos. El cielo claro como tantos cielos del Puerto; la calzada tranquila hasta la altura del puente; todo impecable miradas de respeto. Qué extraña sensación aquel desfilar. Cuánta plenitud rebosante. Fantasías y sueños de marchas triunfales, magia de tambores y trompetas al viento, yendo y viniendo por las callejas del Puerto. |