Cap. 10- Día de los Difuntos

Descipción de este artículo: Terminada la calle Valencia el paisaje se abría a lado y lado; y brisa del manglar soplaba refrescante. Verdes al Sur se erguían los cerros, con sus elevaciones cercanas hacia el mar. La Calzada, empalme natural de la ciudad con el viejo camino de los españoles

Larga la Calzada; aquel "Lomo de Perro" a cuyos lados dos inmensas sabanas se anegaban totalmente, cuando al barrio Campo Alegre las lluvias caían en la ya rebozada pleamar.

Terminada la calle Valencia el paisaje se abría a lado y lado; y brisa del manglar soplaba refrescante. Verdes al Sur se erguían los cerros, con sus elevaciones cercanas hacia el mar. La Calzada, empalme natural de la ciudad con el viejo camino de los españoles, continuaba al pie del Vigía penetrando al valle de Pitiguao y San Esteban. Mas allá trasmontando los cerros, terminaba en Valencia. De allí el origen del nombre de !a referida calle.

Desde lejos terminada la calle Valencia se veía una grande y ancha fachada con un portón gris altísimo y dos ventanas a sus lados que permanecían siempre abiertos. En el capitel se alcanzaba a leer una inscripción en 'engua extraña: "Transieruntomnia illa tamquam umbra" tomada del Libro de la Sabiduría. Estábamos frente al Cementerio.

De tarde a eso de las cinco, ya empezaban a llegar los grupos de vecinos que conducían un nuevo habitante a la necrópolis. La brisa marina parecía envolvernos con las brillantes Trinitarias, desde alto derramaban su consuelo. ¡Contrastes! En el dolorde la muerte, iridiscencias de vida de rutilante color. Con toda su modestia aquellas flores entonaban su canto a orillas del sepulcro.

Indefinible la emoción volviendo a casa dejando en el cementerio al amigo muerto. ¡ Qué vacío tan grande! o tal vez qué presencia colosal, al reparar que no estaba más quien hasta ayer siempre había estado: que no era más quien siempre había sido.

E! Cementerio del Puerto con sus altos chaguaramos. La Bellísima generosa colgaba en rojo de las tapias y sepulcros sus mechones escarlata. El estanque, agua serena, daba al aire particular frescor. Al Este los cerros y el mar, umbral de fantasías sueltas a la luz volaban al viento hacia lejano confín, parajes de ensueño y legendario lugar.

Había uno o dos días cuando en el Cementerio se daban cita todos: Los residentes y los que aún esperaban el turno como tales a ingresar. Era el día de los Fieles Difuntos o también Día de los Muertos. Temprano se movilizaban hacia el camposanto los deudos que iban al encuentro de recuerdos y también quienes buscaban algún justo beneficio, prestando servicios para el adecentamiento del lugar. Desmontar la tumba todo el año olvidada, pintar un sepulcro, reponer cruces caídas o imágenes deterioradas. Presentes estaban los Pastores de almas de aquel arisco rebaño de la ciudad porteña. Generalmente tres, cada uno asistido del correspondiente monaguillo, caldereta e hisopo en mano, listos a ofrecerlas al venerable oficiante.

Recorrían los Reverendos el Camposanto, con un hormiguero de gente disputando un responso para los seres queridos.

-¡Por aquí, Padre! ¡Por aquí!!

-No, yo estaba primero.

-Sí... pero mi muerto esta más cerquita. ¡Aquí no más, Padre!

Y así se repetía la discusión parroquiana, seguidos o no según la suerte por e! solemne levita. Apostados ante la tumba venía la consabida petición:

-Un responso Padre. ¡Un responso!

-¿Cómo lo quiere? Preguntaba el monaguillo. -¿Cantado o rezado?

Y seguía el diálogo:*

-¿Cuánto cuesta cantado?

-Rezado un bolívar y cantado dos.

Haciendo el monaguillo de contratista y tesorero improvisado. Cerrado el convenio y abierto el Ritual, comenzaba el preste una lectura que sabía de memoria. En latín atropellado a más de embrollado difícil, se dejaba oír el solicitado rezo o la desentonada monocordia con escapes de falsetes si la elección había sido por mejor postor.

Soplaba grata la brisa marina. Tostaba el sol cuanto encontraban sus rayos. Sudaba chorros la frente del oficiante, quien exhausto llegaba a la pausa que invitaba al Pater Noster. Era el momento de salir alguna risa incontenible, ante aquellasquiebrasdelfalsetedel Impúber monaguillo.

Puesto el sol, los faroles dejaban caer su mortecina luz en la ciudad porteña. Los vivos regresaban a sus casas, los muertos quedaban en su tumba.

El viento marino siempre fresco, parecía cargado con sombras de tristeza; el mar lamía las piedras y ia noche caía dejando sentir en cada rincón la presencia de los muertos.



Ir a la parte superior de la página

Estás leyendo: "Cap. 10- Día de los Difuntos"


Temas Relacionados con "Hadas, Duendes y Brujas del Puerto":

Ir a la parte superior de la página



Portal de Juan José Mora

Estás leyendo: "Cap. 10- Día de los Difuntos"