Los compañeros expedicionarios de la odisea mirandina, están lelos en los calabozos, como preguntas difíciles que no tienen respuestas. El recuerdo de la dura travesía emprendida en febrero de 1806 desde el puerto de New York era una visión dolorosa en su destino incierto. La majestuosidad de la nave capitana "El Leander". La presencia de aquel hombre de seis pies de estatura, metido en una bata roja y en zapatillas adornadas, a quien todos identificaban como General, con una cabellera blanca, color de plata, bullía en las mentes afiebradas de los que ahogaban sus esperanzas entre los sólidos muros de la fortaleza.
El oleaje cercano rompiendo su impetuosidad en las gruesas paredes oxidadas por el tiempo, trajo recuerdos de Jacqmel, puerto hatiano poblado de negras con anchas caderas de lujurias encendiendo los instintos de los marinos embarcados en una aventura lejana y ajena a sus propios ideales. El "Baco" y la "Abeja", las dos naves viajeras, eran una pesadilla en sus mentes confusas.
La señera figura del capitán inglés Wright, comandante de la fragata "Cleopatra" quien junto con el mayor Smith sirvió de ayuda para la continuación de la expedición, así como las islas holandesas de Aruba y Donaire, eran recuerdos borrosos en el antro donde habían sido encerrados.
Sobre el montón de ruinas y despojos humanos que ha dejado el fracaso de una acción fraguada en la esperanza de la espada de Miranda, las piedras que forman los muros centenarios no comprenden las irritantes desigualdades que han hecho posible aquel tremolar de banderas de odio y muerte.
El lenguaje de los presos, cobra expresión vigorosa en las palabras. Donde los engrillados forman una trabazón de traviesas en el piso, los carceleros que se mezclan con sus víctimas mediante conversaciones repelidas, denuncian su asquerosa presencia de espías.
Al fin llegó el día anunciado para el sometimiento a juicio de los ilusos que pretendieron basar sus defensas, con argumentos infantiles de haber sido engañados por Miranda. Las confesiones revelaban ignorancia de las verdaderas intenciones revolucionarias del Precursor, en un país lejano lleno de incertidumbres y sorpresas.
Un silencio de voces y un ruido de cerrojos que habren las pesadas rejas, vomitan desde las bóvedas un enjambre de seres humanos amarrados entre sí, como reses bobinas llevadas al degüello. El chillido de un clarín rezongón, flota en los aires como una marcha fúnebre, como un lamento.
¡Salgan para ser ahorcados...! gritó el intérprete, un español con cara de estúpido, que había aprendido el inglés en Gibraltar.
A través de un pasadizo donde colgaban de un garfio de hierro el podrido cuerpo de un hombre, los presos pasaron cabizbajos, horrorizados con el macabro espectáculo del cadáver danzando con las carnes completamente putrefactas, casi colgando de los huesos, cayéndose a pedazos.
El grupo identificado como oficiales del General Miranda, diez en total, escucharon la sentencia rumiando los recuerdos en avaro silencio de palabras.
"En la mañana del 21 de julio a las seis en punto, vosotros y cada uno de vosotros, sois sentenciados a ser colgados por el cuello hasta que halléis muerte; después de lo cual vuestras cabezas serán separadas de vuestros cuerpos, clavadas en estacadas y repartidas para ser expuestas en los sitios más públicos del país".
Lewis Farguarson, Charles Johnson, Miles L. Hall, Thomas A. Billop, Gustavus A. Berguard, Daniel Kemper, Jhon Ferris, James Gardner, Thomas Donahue y Paul T. George, escucharon la sentencia de muerte con inaudita calma.
De ellos nos dijeron los muros lo siguiente:
"Consumidos y escuálidos como se encontraban, no
demostraron el más leve temor y oyeron pronunciar
su sentencia con altivez y firmeza, dejando ver que la muerte venía hacia ellos más como amigos que como ladrón".
Los otros integrantes de la fracasada intentona mirandina en la costa de Ocumare, recibieron las siguientes sentencias: catorce debían ser enviados con grillos al Castillo de Omoa, cerca de la bahía de Honduras, para cumplir durante diez años y meses de trabajos forzados, al cabo de los cuales no se les permitirá abandonar el país, a menos que esto fuera del agrado de su Majestad Católica.
Otro grupo de catorce prisioneros fueron condenados "a cárcel, cadenas y trabajos forzados en Pueto Rico, en la isla de las Indias Occidentales, cincuenta millas al Este de la Española, pertenecientes al Reino de España". En cuanto a los diez y nueve restantes, serían enviados a cumplir ocho años de trabajos forzados en Boca Chica, a la entrada de Cartagena. Por tratarse de simples marineros y el grupo de seis negros, fueron tratados
con más lenidad, según explicó más tarde John Edsall. |