Cap. 11- Las pesadillas del tirano

Descipción de este artículo: La tierra de Borburata, inmaculada y virgen sin violaciones de hombres divorciados de Dios, conservaba sus fronteras físicas de mar y espuma, blancas como la pureza del recién nacido. Su inmensa riqueza entre árboles y montañas estaba intacta, sin manchas, sin depredaciones

Hacia donde los cerros se empinan, el bosque se puebla de esperanzas en las decisiones apresuradas del tirano. Justamente, arriba, en la cumbre de la montaña donde los arro-yuelos nacen entre piedras y musgos. Para la angustia que golpea sin piedad alguna su pecho de guerrero, Aguirre, burlándose de su impotencia física derivada de su crónica cojera, se aferra a su propósito fundamental: conquistar la cima presuntamente imposible, donde la selva cedía al filo de las hachas afiladas en la inhóspita ladera.

La tierra de Borburata, inmaculada y virgen sin violaciones de hombres divorciados de Dios, conservaba sus fronteras físicas de mar y espuma, blancas como la pureza del recién nacido. Su inmensa riqueza entre árboles y montañas estaba intacta, sin manchas, sin depredaciones, a pesar de que por los caminos verdes llegaron amenazantes riadas interminables de soldados masacrando a los primitivos pobladores. Centinela permanente de su ejército, el tirano con mirada profunda y penetrante de lechuza vieja, velaba cada paso, cada acción y cada gesto de sus hombres, desconfiando hasta de la palabra pronunciada maliciosamente. Solía sellar la duda en su atormentado cerebro diciéndoles a cada instante: Marañones...!, arrojad vuestras mentiras derrotando a la muerte, puesto que en mí tenéis siempre la verdad y nunca os he engañado.

Cuando los pasos no resuenan en la alta madrugada sobre los callejones dormidos y solo rompen la plácida tranquilidad los aullidos de perros y el sonoro canto de los gallos que se adelgazan en la distancia, Lope de Aguirre busca refugio para el necesario cansancio, siempre con el puño amenazante de todas las venganzas.

Entre los fieles seguidores de Aguirre se encontraba Antón Llamozo, quien por cierto, según revelara más tarde uno de sus compañeros pasado a las filas de Pablo Collado, fue el último de sus hombres que le abandonó en la jornada cuando el cadáver del tirano cosido a cuchilladas, el tórax perforado por los arcabuces y la cabeza con blanca cabellera expuesta a la intemperie como símbolo de victoria de los soldados del Rey, yacía tirado en el duro suelo de la casa donde instaló su cuartel general en Barquisimeto.

Llamozo y el criado Antónico, en la Borburata se guarecían bajo el mismo techo que cobijaba al Caudillo, mientras otros soldados, permanecían en los alrededores haciendo guardia. De las terribles pesadillas del vizcaíno se contaron algunas que tostaban las entrañas como fuego devorando hojas secas. Como fantasmas pidiendo clemencia, la visión dantesca de más de cien indios, hombres y mujeres que le acompañaban en la travesía por los inmensos ríos del continente, hacían travesuras en los incómodos sueños del verdugo que ordenó deslastrar las embarcaciones de esta inocente carga humana, exponiéndoles a muerte segura en las peligrosas is-letas del Orinoco.

Aquellos infelices indios cristianizados, estaban apegados ya a una vida distinta al lado de españoles de quienes aprendieron usos y costumbres considerados como parte de la civilización impuesta por una raza supuestamente superior. El dejarlos abandonados a su propia suerte en isletas que carecían de recursos para subsistir, donde igualmente serían presas fáciles de caribes y otros núcleos aborígenes aclimatados en la zona, suponía un acto de ruindad que eternamente mordería la oscura conciencia del tirano.

Al despuntar el alba, los árboles se mecían en las quietas aguas del río. El sol sobre la montaña desesperezaba la nostalgia del pueblo donde la muerte inexorable amenazaba criaturas de Dios acobardadas.



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