Angosta, que no sé cómo al alarife le salieron zaguán con puerta y dos ventanas para formar la fachada.
Los pisos siempre fueron de espejo; las imágenes en ellos reflejadas parecían de repente tomar independencia y vida propia. Creí una vez haber visto a la tía en amena tertulia recibiendo la visita de su propia sombra. No sé cómo hacía para dar a aquellos pisos el brillo del brillante y la pulitura del marfil.
Al entrar, en el recibo nos asaltaban cual jungla las palmas en el patio. Con su fresco verdor mitigaban el implacable calor, colando la brisa del entreabierto portón. Tiempos en que se vivía a puertas abiertas, pues sin estar en la Edad de Oro los cacos eran cosa rara.
Desde el recibo se sentía el fresco, que como imanes de succión traían aquellas palmas. Sitio predilecto el rincón amable de los íntimos, entre ángulo y pasillo del angosto comedor.
Toda impecable, cada cosa en su puesto y cada puesto con su cosa, la casa de la tía era paradigma de dignidad y pulcritud.
Palmas y mecedoras con abanicos de Sevilla, de Manila o de Japón; instrumentos invariables para combatir al enemigo: ¡Aquel calor!
En horas de la tarde atrás en el patio el lugar suave. Lo cubría el cielo azul donde viajaban nubes blancas como mechones de algodón y algún ave errante resaltaba su silueta.
¡Cómo recuerdo aquel lugar! Escenario de juegos y ensueños infantiles matriz de aventuras que nos lanzaban lejos a incógnito lugar. |