La Iglesia que señoreaba el pueblo con su pequeña torre blanca, se llenó de púrpura con su cruz en lo alto del campanario tratando de no desplomarse con el viento. Los cirios encendidos le daban al improvisado Altar Mayor una visión de muerte, al no lograr vencer la penumbra cuando la brisa peinaba sus débiles llamas.
Lope de Aguirre, de pronto, quiso reconciliarse con Dios y pidió al Padre Alonso Contreras la celebración de una misa con toda la liturgia que la Santa Madre Iglesia establecía para que el mensaje de fe llegara a su destino. Elvira su hija, lo único bueno que existía en la vida del tirano, estaba perdidamente enamorada de Pedrarías de Almesto. La joven con el temor a flor de labios, confesó a su progenitor la gran pasión que sentía por el cronista de la expedición.
Hija...!, no es tiempo para pensar en bodas y holgorios, sino para rezar y para pedir perdón a Dios. Ni siquiera sabemos si hemos de estar vivos mañana, contó más tarde la Torralva que Aguirre respondió a la súplica de Elvira.
El vizcaino con el pesado atuendo de correajes, espada y sombrero protector, iba y venía gesticulando, hablando consigo mismo como si invocara al diablo. Sus marañones leales le habían traído a Francisco Martín de los escapados con el Prior en Margarita. El soldado fugitivo recaló en la Borbura-ta en los barcos portadores de la trágica noticia. El marañón frente al Jefe, se arrodilló mirando la cruz solitaria, implorante, dijo haber sido engañado por el traidor Monguia. Habían caído en una trampa y solo ahora conocía los designios de aquellos lamesuelas hideputas.
Martín con violento temblor en la voz hizo promesas de fidelidad a su Jefe; informó la presencia en la región de otros marañones deseosos de volver al ejército del general Aguirre, padre y único caudillo de la justa causa que luchaba contra Felipe II, su corte de lacayos y cerdos, alimentados con la carroña y despojo de sus subditos.
La duda le mordisqueaba el cerebro; las complicaciones cada día más agresivas estaban dañando la estabilidad de su ejército. Aguirre dotado esta vez de desacostumbrada prudencia, ordenó la libertad del marañón, aceptando su arrepentimiento y la formal promesa de hacer regresar a otros fugitivos supuestamente engañados por el Provincial. La próxima jornada sería dura con grandes acechanzas en los inhóspitos caminos y la presencia de hombres curtidos en las luchas era necesaria aunque tuviera que ejercer vigilancia permanente sobre ellos.
El badajo golpeaba con fuerzas el sonoro metal de la campana, invitando al acto sublime de la transformación del pan y el vino en cuerpo y sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Mientras el Vicario invocaba a Dios para el milagro, Aguirre solo pensaba en su pequeña Elvira. Si él muriese en el camino de la gloria que buscaba, estaba seguro de convertirse en pasto de buitres y coyotes, pero ella, ¿qué sería de ella...? El tirano la imaginaba en brazos de una manada de lobos hambrientos, saciando en sus carnes vírgenes, bestiales pasiones sexuales. Sería su pobre hija víctima de traidores, enemigos invisibles, dispuestos a cobrar supuestos agravios cabalgando sobre ella todas las perversas intenciones.
A Lope de Aguirre le contabilizaron numerosos e innecesarios crímenes, pero tuvo en su haber el principio moral de fanático respeto hacia la mujer honesta. Gonzalo de Zúñiga, dice del tirano: "solía mostrarse caballeroso con las mujeres; posiblemente por influencia de su hija", "que era mestiza que trajo del Pirú, a la cual quería y tenía en mucho: nunca ja-naás se halló hacer fuerzas ni deshonra a ninguna, antes las tenía el tirano muy a recaudo y siguras de ningún mal; y de sus honras tenía el tirano una cosa por extremo, que las que eran honradas mujeres las honraba mucho, y a las malas las deshonraba y trataba muy mal". Sobre lo último, se recordaba la vida atormentada de doña Inés de Atienzar, catre sin pudor de cuanto bellaco, según el decir de Aguirre, quería acostarse fornicando sobre ella.
El viento acariciaba el coqueto ramaje de las palmeras en lo alto de sus penachos verdes, desafiando la majestad del mar. El sol con rayos de fuego calcinaba la arena tostando las piedras con edad de siglos. El prelado, temeroso frente a aquel ejército de foragidos irrespetando con su presencia la Casa de Dios, rezó en silencio la sagrada oración de rechazo al grupo de farsantes que le invocaban: "No se puede vivir sin tí, Padre mío, sin sentir helarse nuestros corazones; tu santo evangelio es eterno, los que han endurecido sus corazones y tapiado sus oidos para no escuchar el llanto y el dolor de la humanidad, solo profanan tu nombre". La campanilla accionada por improvisado sacristán, anunció el acto sublime de la consagración.
Elvira...! eleva tu corazón y tu mirada al Supremo Creador y reza hija mía, expresó devotamente el tirano, con los brazos cruzados en el pecho.
Los foragidos que levantaron una polvareda de sangre por los caminos que conducían a un reino incierto, resolvieron con oraciones fingidas escalar el cielo para buscar a Dios. Los peldaños de aquellas escaleras imaginarias carecían de sólida estructura moral para aceptar el peso de plegarias sin base.
De repente, el límpido horizonte de la Borburata solitaria, se quiebra en mil pedazos con la guasábara de loros, guacamayas y pericos que se internan en la montaña. En la lejanía, nómadas indígenas arrancaban a las guaruras alegres melodías. |