Cap. 14- La Plaza Concordia

Descipción de este artículo: Percibo al Norte, en su fachada amarilla y generosos aleros la Farmacia Nacional. Lugar para el encuentro, la noticia y la tertulia banal e intrascendente. Al Sur, otra farmacia, Botica Alemana, del inolvidable Carlos Meier. ¿Quién no conoció a sus famosos productos? El vino de Quina y Kola, y las Gotas Tocológicas, que bien estimaban todos los porteños

Extraña aquella plaza sin nombre de procer. ¿No estaban acaso hechas para los héroes manteniendo vivo su recuerdo? La Concordia era una plaza rara, con una columna en su centro sobre la cual en vez de un caudillo, estaba una figura parecida a una muñeca. En la base,'-,. palabras e inscripciones extrañas, crípticas, ilegibles, >¡ sucesiones de consonantes separadas con grupos del puntos.

Su dimensión pequeña no permitía correr ni jugar al Gárgaro o Cuarenta Matas, como en las otras. Había en cambio gente sentada a toda hora. Unos en silencio, otros conversando, todos esperando. ¡Esperando! Viajeros sin destino, contemplando el vacío, el acaecer de | la nada.

Evocándola aún puedo verme en ella. Al frente el "jardín de rejas verdes, donde estableció su solar un viejo patriarca porteño, traído por el mar desde otro puerto lejano, puerto de brumas y de estuario, el brumoso de ¡ Hamburgo.

Percibo el aroma de su producto fresco, la Panadería Roma, que más tarde dio paso al Edificio Pizzolante. Desde su azotea se podía ver el mar. Cosa insólita sólo lograda por las alturas de los templos en toda la ciudad.

Percibo al Norte, en su fachada amarilla y generosos aleros la Farmacia Nacional. Lugar para el encuentro, la noticia y la tertulia banal e intrascendente. Al Sur, otra farmacia, Botica Alemana, del inolvidable Carlos Meier. ¿Quién no conoció a sus famosos productos? El vino de Quina y Kola, y las Gotas Tocológicas, que bien estimaban todos los porteños.

Más lejos, siempre al Sur, mirando hasta los cerros, asomaba con inclinación piadosa su vetusto balcón La Beneficencia del Carmen. Al Oeste el Bar Los Españoles" tras cuyos mostradores sonrientes siempre, esperaban sus dueños, los hermanos Rodríguez.

Aún más al Oeste, abierta a los contritos, la Iglesia de La Caridad, y a su lado el Hospital Municipal; asociados ambos a los nombres de inolvidables Párrocos, entre los cuales no se puede olvidar al Padre Feliciano González, sin faltar al recuerdo de los antecesores que iniciaron la construcción del Templo.

Valga mencionar sólo a los P. Aurelio, Antonio y Maximino Diez fallecido siendo Párroco. Sirva esta nota de honor a su recuerdo.

Y así cerraba la estampa que en su contorno figuraba aquella Plaza. Los años han pasado, el sitio ha cambiado. ¡Cuánto podrían contarnos esos árboles! Esas fachadas centenarias que aún quedan. Testigos de los años, del correr de la vida en la monotonía marina de la ciudad porteña.



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