Las continuas caguetas de Pablo Collado ante la presencia cada vez más cercana de Lope de Aguirre, hicieron perder, las esperanzas de una pronta ayuda suya a los vecinos acorralados de Borburata y a los ya amenazados de Valencia. Hasta el Tocuyo volaron las noticias de las fechorías del Cojo Maldito, como le llamaban sus enemigos.
El licenciado Collado por ser persona pacífica, ajena a las actividades bélicas propias de la época, la proximidad del vizcaíno paralizó sus nervios por el inmenso miedo que le infundía el hombre considerado por él como enviado del diablo. Celosamente familiares y amigos íntimos trataron de guardar este secreto, pero por razones inexplicables el rumor en alas del viento desde el valle de las damas llegó a la Borburata.
Aguirre conoció detalles de esa repentina e inoportuna enfermedad de Collado, atacado por un mal que impedía desplazarse a lomo de bestia o en incómodas caminatas. Molestas hemorroides diagnosticadas por un curandero alcahuete, hacían necesario el reposo absoluto del Capitán en cuyas manos reposaba la espada redentora, que brillaba como una esperanza en las angustiadas mentes de los vecinos de Borburata fugitivos de las garras del cruel invasor.
El confidente que mantenía informado al tirano de los movimientos de Collado y su gente, prestaba doble servicio para ganarse la confianza de ambos bandos. Era un mestizo de Borburata conocedor de la ruta- que unía la costa con el Tocuyo, por haberla recorrido en diferentes oportunidades. La vinculación que tenía con indígenas y negros esclavos, favorecía sus actividades de espionaje, argumentando que si el diablo le fallaba Dios le ayudaba.
Los habitantes del Tocuyo, capital de la gobernación estaban confundidos, atemorizados, sin orientación de un jefe que coordinara las defensas contra las garras agresivas del ejército invasor. El tirano conocía las debilidades del gobernador, sabía de su miedo y falta de preparación militar.
El mestizo presenció la nerviosa actitud del Licenciado al exponer sus planes defensivos y así se lo dijo al tirano1 "Aguirre en Barquisimeto y nosotros en el Tocuyo; Aguirre en el Tocuyo y nosotros en Humocaro; él en Humocaro y nosotros en Carache; el tirano en Carache y nosotros en Trujillo" Lope de Aguirre simuló una sonrisa complacido, pero temeroso de sus propios hombres, de que aquellos hideputas le abandonaran, alzó la voz para increpar al Rey de España.
Felipe...! monarca de todas las indias, tu poder en estas tierras es tan frágil como manteca expuesta al sol. Tus capitanes y gobernadores corren como liebres al escuchar el estampido de mis arcabuces.
El hijo de Oñate de la tierra vazcongada no escondía su desprecio por el gobernador de la Provincia de Venezuela. Consideraba a Pablo Collado como un pobre hombre, timorato y cobarde, al mando de un puñado de borregos que dicen servirle al rey. Aseguraba el tirano, que si algún día ese ejército de huidizos se atrevía a darle combate, como cerdos los exterminaría a puntapiés.
Aguirre se aprestaba a desbaratar a los soldados del Rey de Castilla. Desmirriado, aherrogando entre sus manos huesudas la incertidumbre de un mañana, con gran excitación gritó:
Marañones...! valientes soldados y capitanes que han dado muerte y merecido castigo a sayones y perros sarnosos de su Majestad Felipe, es necesario acelerar el viaje pa tomar Valencia, Barquisimeto y el Tocuyo donde el go e nador cagueta no dará guerra.
Ignoraba el cruel Caudillo que no sería Pablo Collado. comandante del ejército defensor de los derechos de su Majestad en el Valle de las Damas. El veterano guerrero capitán Gutierre de la Peña, quien había sido regidor de Coro, gobernador de Margarita y Venezuela antes de Collado, estaba en ese momento tomando en sus manos la delicada situación en la región. Serían igualmente el capitán Diego García de Paredes, y el capitán Bravo de Molina, los que conducirían pelotones de soldados veteranos para enfrentarlos al ejército de foragidos al mando del aventurero vazcongado.
En la bahía azul de aguas tranquilas, entre la costa y las islas, cuatro navios rumbeaban mecidos por las olas coqueteando con la manada de indecisos que en tierra firme esperaban oportunidad para abandonar la peligrosa aventura. Los barcos eran una tentación, un riesgo, un peligro grave en los planes del general vizcaíno. En cada rostro de sus soldados, Aguirre presentía un traidor y ya tenía experiencia suficiente con los sucesos de Margarita.
Qué fácil es pasarse al enemigo, pensaba el Jefe Marañón, recordando a Monguia y los otros cobardes, traidores y bellacos huidos con el Prior de Maracapana. Tenía desconfianza de todos: capitanes, soldados, negros esclavos y hasta de los indios que habían asustado a sus hombres con la siguiente patraña: "los buitres al comerse la carroña de soldados muertos sin confesión, reciben el alma de éstos hasta el día de vomitarlos en las pailas del infierno". Luego murmuraba mordiendo las palabras:
— Dios tiene el cielo para quien le sirva y la tierra para quien más pueda; en vez de valientes guerreros, algunos de esos gañanes no son sino infelices chupa sotanas de frailes desvergonzados, como los franciscanos y dominicos.
Un debatir angustioso para la decisión final. Las manos del tirano se distienden con leves temblores; sobre su rostro demacrado una amplia sonrisa le recuerda la hazaña de Cor-tez. La conciencia se le llena con honda satisfacción y un grito lacerando los cielos se escucha en la sabana solitaria de la Borburata. |