Era Pero Núñez un modesto comerciante lanzado a la aventura conquistadora de fortunas, que la avaricia hispana sembró en la Nueva Borburata al quedar definitivamente poblada por Pedro de Alvarez. El mercader tenía ganada su condición de pionero y eso le facilitó en gran parte llevar a cabo actividades mercantiles sin riesgos ni problemas entre el núcleo que conformaba la ciudad.
Doce años habían transcurrido en dura lucha contra las inclemencias de la naturaleza inhóspita; casi tres lustros apegados a la virginidad de una tierra difícil para la entrega definitiva, donde las manos callosas del sembrador de esperanzas buscaban en los surcos la buena cosecha.
De repente, la mala noticia prendida en las jarcias de un velero, se esparció como sombras funestas a lo largo de una costa preñada de cujíes, cardones y miedo. El fraile Francisco Montesinos desde Maracapana arribó al Puerto de Borburata a bordo de un bergantín capitaneado por Pedro Monguia. El sacerdote, Provincial de la Orden de Predicadores de los Padres Dominicos, en Margarita hizo tímidamente frente a Lope de Aguirre, pero las circunstancias fueron adversas al Prior, a pesar de haber logrado atraer a sus filas varios sujetos compañeros del tirano en su accidentada travesía desde el Amazonas a la Isla Mártir.
-Lope de Aguirre es un asesino despiadado...! Gritaba el fraile, ante una multitud sobrecogida de espanto.
-Es Lucife en franca oposición a Dios... Gremía el religioso mientras los fieles buscaban refugio en la pequeña iglesia.
Una semana después, el Caudillo de los marañones tomaba pacíficamente, playa, puerto y viviendas habitadas por ,fan-tasmas. Todos, mordiendo su angustia con el terror de la muerte en sus espaldas, abandonaron sus hogares montaña adentro. Los halagos del vizcaíno, adornaos con fantásticas promesas de respetar vidas y propiedades, hicieron posible el retorno de unos pocos, entre ellos el ladino mercader Pero Núñez.
Núñez fue víctima de tres equivocaciones fatales que le costaron la vida: abandonar su refugio de montaña tras el señuelo del salvaje capitán; expresar una verdad que ahogaba las gargantas de los vecinos de Borburata creyendo en la promesa formal de Aguirre y luego, su desmedida ambición al mentir sobre el supuesto robo de una vasija de su propiedad.
El vizcaíno estaba visiblemente contrariado por haber encontrado un pueblo solitario... ¿acaso le temían, siendo él abanderado de una justicia...? ¿acaso no les había prometido un reino donde el oro era suficiente para llenar todas las alforjas del mundo...? Preguntó a Pero Núñez los motivos y éste se enredó en el tremendal de su angustia: "dicen que sus soldados no perdonan vidas y propiedades para lograr sus propósitos, pero sobre todo, se asegura, dijo el mercader con voz clara, que uted es luterano".
Aquella afirmación sonó en los oídos del Caudillo, como estampidas de todos los cañones de la flota del Imperio español. Maldito mercader......! gritó con las fuerzas del huracán: Yo...! luterano yo...?. El Maese de Campo cumpliendo órdenes, retiró del lugar al osado bribón que motivó la ira de su jefe.
Al día siguiente Pero Núñez se presentó en el Campamento de Aguirre para acusar a un marañen del supuesto robo de una vasija conteniendo barras de oro. Esta oportunidad la aprovechó el Hijo de Oñate, para lavar el agravio del cínico mercader, cuyo atrevimiento al señalarlo como luterano no merecía perdón. En presencia de varios Oficiales interrogó a Núñez sobre detalles del objeto que decía pertenecerle: "diga, preguntó Aguirre, el tipo de Pegamnto que tiene la vasija en la tapa...?". "Brea, excelencia, brea,, contestó insistentemente el mercader sin presentir su destino".
Brea...? cretino embustero, expresó aquel hombre mil veces comparado con el diablo, a quien le contabilizaban centenares de crímenes. Yeso y nada más yeso, pariente de Judas Iscariote, vociferaba ordenando a la soldadesca darle mil muertes con el suplicio del garrote.
Los restos del infortunado pionero del poblamiento de Bor-burata, quedaron esparcidos en la soleada sabana de Santa Lucía junto con otras víctimas de la rapiña de piratas y contrabandistas. Los fuegos fatuos que durante muchos años motivaron fantásticas narraciones de viajeros charlatanes, procedían indudablemente de aquellas osamentas.
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