Cap. 16 - Julián Ibarra

Descipción de este artículo: El Negro se movía en la celda como fiera enjaulada. Las pupilas se le dilataron por el insomnio, presentando un color rojizo alrededor de las retinas congestionadas. Mantenía un aspecto salvaje cuando se abrazaba a los barrotes de las rejas

El Negro se movía en la celda como fiera enjaulada. Las pupilas se le dilataron por el insomnio, presentando un color rojizo alrededor de las retinas congestionadas. Mantenía un aspecto salvaje cuando se abrazaba a los barrotes de las rejas, en un intento de calmar su angustia.

A este infeliz, el destino le brindó la mejor oportunidad de su vida, sacándole de la esclavitud hacia un mundo libre, con halagos y honores. La avaricia fue su peor enemigo. Se encontraba ahora rumiando su vergüenza, acariciando desesperadamente las sucias paredes del calabozo.

¿El Capitán Julián Ibarra...?

El mismo hombre, que una vez surgió del anonimato desde el fondo de la esclavitud.

Su mentalidad vacía lo condujo a transitar por caminos torcidos más allá de su propia conciencia. Se consideró capaz en el infortunado y complejo juego de las aventuras. Creyó con su imbecibilidad congénita en el éxito de actitudes frivolas en una sociedad ajena a su pobre condición humana.

Los muros no comprendían el motivo del drama hasta el trágico día en que aquel negro colgado en el patíbulo, con la lengua amoratada debajo de los bigotes ensortijados, mostraba sus despojos. El delito cometido no tenía clemencia.

A Ibarra lo reventó la codicia. Era algo que le bullía en su interior quemándole el pensamiento; achicharrándole la memoria. Quiso olvidar la oscuridad que lo envolvió en sus primeros pasos y de repente se encontró frente a frente con un abismo.

Con sus camaradas de fechorías, el antiguo esclavo de los Istueta fue sentenciado a muerte por un Tribunal Militar presidido por el Mayor Cala. El anhelado perdón del Centauro no llegó jamás. El negro que le dio la espalda a la gloria lo ahorcaron y decapitaron. La cabeza ensangrentada con su figura espantosamente macabra, la dejaron expuesta en Isla Larga.

En la mueca triste de aquel rostro desfigurado, acudieron los recuerdos prendidos en la brisa procedente del golfo. Sería tal vez la hazaña inmortal de José Antonio Páez o el camino pantanoso del manglar que se cubrió de leyenda en la historia de la Patria.



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