Con una herida amarga en el costado izquierdo de sus recuerdos, el pobre hombre se arrastraba en el piso arenoso lleno de humedad salinosa, buscando en la dura pared el punto de apoyo para vomitar el dolor que le causaban las costillas rotas y las visceras maceradas a latigazos.
Apenas contaba 18 años cuando amarrado junto con otros campesinos de su pueblo, se lo llevó la recluta. Bajo el sol alegre de una mañana olorosa a tierra recién sembrada, como bandadas de buitres llegaron hombres armados de chopos y peinilla para arrancarle de las manos callosas sus instrumentos de labranzas.
Su nombre era Fortunato Montoya. Pasaba las noches contando las estrellas y recogiendo luces con garabatos imaginarios por los caminos del cielo. Así se lo contaba a los muros solitarios cuando la tristeza le agobiaba con el inmenso dolor de sus recuerdos de ausencia.
Arañando las piedras con sus dedos sanguinolentos, Fortunato quería abrazarlas con rencor profundo. Nadie se atrevía a prestarle auxilio. Sólo después de un viacrucis doloroso, un Cabo de Presos empapó sus heridas con agua salada y lo lanzó moribundo a un calabozo.
Con tropas provenientes del estado Lara, el joven soldado con su ancho uniforme de kaki, alpargatas recién estrenadas y una gorra que le cubría las orejas, pasó a prestar servicios como Ordenanza en la Guarnición del Castillo, bajo las órdenes de un coronel de montoneras de apellido Silverio a cuyo cargo estaba la custodia de los presos.
En el patio del "Rastrillo" se encontraba un detenido acusado de agraviar con algunos panfletos al gobierno de Cipriano Castro. Era Francisco García Pregal, considerado por sus compañeros de celda, como individuo fastidioso, insistente en temas poéticos extraídos de sus versos ingenuos.
Este sujeto se ingenió para lograr contactos con varios poetas porteños a quienes enviaba se-manalmente por intermedio de Fortunato, sus producciones literarias plagadas algunas de socarrona cursilería y otras más o menos pasables que atenuaban cualquier crítica a este bardo.
Estaba la ciudad en el pleno proceso cultural con su Teatro Municipal en actividad, dos periódicos de circulación diaria, una revista literaria y un flamante círculo pomposamente denominado "los intelectuales". Los poemas de Frank, que así firmaba nuestro tipo, lo leían en tenidas familiares de ambiente íntimo, hasta que un día a uno de los "vates" porteños se le ocurrió hacer publicar en el semanario local un versito fechado en las "bóvedas del castillo". Hasta aquí llegó todo.
El Gobernador de Puerto Cabello informó al Presidente del Estado Carabobo doctor Samuel Niño, sobre los versos publicados en un periódico local, presuntamente enviados desde el penal con un mensajero de confianza. Abiertas las averiguaciones, después de una rigurosa requisa e interrogatorios, se logró conocer la identidad del responsable de esta peligrosa empresa realizada con una imbecilidad infantil: Fortunato Montoya.
El ordenanza fue sentenciado a recibir "cien palos" a los acordes de la "Juana Bautista" acompañada de tambores para ahogar los gritos del infeliz. A las cinco en punto de la mañana, el toque de diana anunció el inicio del drama protocolizado por el redoble de instrumentos rústicos de percusión.
Un cepo dobló el cuerpo del joven que una vez al castillo para servir a la Patria. Desnudo, sádicamente los verdugos cumplieron la orden: uno, dos, tres, cinco, veinte, cincuenta, cien vergajazos por las costillas, riñones, testículos, hasta dejarlo convertido en una piltrafa humana.
A Fortunato Montoya el látigo le trituró los órganos sexuales, prácticamente lo castraron. Después, aquel altivo campesino de manos callosas, voz cantarína pero hombruna como la del llanero guariqueño, se paseaba con ademanes afeminados, de nalgas pronunciadas y un desdén en las miradas que tenían bocas para interrogar las sombras de su destino. |