Contaba Almila que una mañana en la misa de cinco a la que acostumbraba asistir, oyó a un memorable Párroco suplente reñir con una modesta vieja campesina.
Devota de la Virgen del Carmen, hacía celebrar en su altar cada mes una misa. Por lo general no había discusión, yaque su devoción era del Párroco amigo bien conocida. Pero tratándose deunoqueatendíalacuratura de almas de modo interino, no estaba al tanto ra de la devoción ni del personaje, y así que un día vinieron a porfía.
Narraba riendo cada vez que repetía la historia entre bocanadas de humo, gozando el sabor del recién encendido Capitolio que así habían ocurrido las cosas:
-"Aquí vengo Padre, a encargar mi misa a la Virgen del Carmen", y tomando asiento en la silla destinada al parroquiano, depositaba la moneda de cinco bolívares-que era a ese tiempo de la misa el estipendio- sobre el mármol de la mesa.
El cura, un fraile rubicundo de cuello de toro, cara redonda ampliada en la base por amplia papada; ojos hendidos en el grosor de los párpados protegidos por anticuadas antiparras de forma oval en montura de oro, contestó:
-"Bien, bien, pase Ud. A ver... a ver..."
Con ronca voz sin prestar mucha atención ni al mensaje, ni al personaje, pero tomando de inmediato la sonora moneda reposante sobre el mármol, y sacando del armario el inmenso libro donde anotaba las misas.
- La Virgen del Carmen... el día... día...
-Diez y seis, Padre, todos los meses el día diez y seis le mando a decir su misa.
-A ver, a ver... el diez y seis... el diez y seis
-seguía repitiendo entre dientes leyendo en la página correspondiente.
-¡Muybien! Acá está a las siete en el altar principal. A lo que la feligresa, sin hacerse esperar, protestó:
-¡ Ah no, Padre! En el altar principal no. Yo laquiero en el altar mismo de la Virgen del Carmen.
El Padre se puso rojo, más rojo de lo que era, sorprendido del atrevimiento de la feligresa contradicién-dole. En tanto que Almila continuaba:
-Mi misa es en el altar de la Virgen del Carmen, porque es para ella. Y en su altar es que se la mando a decir siempre.
-Pero mire... Respondió el Reverendo con su ronca voz e inconfundible acento peninsular -Mire Ud. que no se puede. Que ya está fijada la misa para las siete de la mañana. Que en un altar lateral no se la puedo decir.
A lo que la inflexible devota del Carmen respondió:
-Pues entonces déme acá mis reales y no me diga más nada. Mandaré a decir la misa en la Beneficencia, que es del Carmen y allá sí me la pueden decir; dispuesta a dejar el despacho parroquial.
Ante tan contumaz actitud, el interino Párroco guardó silencio y se puso a mirar nuevamente el libro como para ver qué arreglo había. Cavilando y corriendo el lápiz de arriba abajo y de. derecha a izquierda, encontró al fin donde parar, levantó la cara y subió la voz diciendo:
-Sí, se la puedo decir como Ud. quiere, pero a las cinco de la mañana. Como esperanzado que la madrugadora no fuera la doña demandante. Pero la respuesta fue inconmovible:
-A la hora que sea Padre. No me importa sí son las cinco o las dos de la mañana, pero en el altar de la Virgen del Carmen.
Entre rezongos y cabeceos quedó al fin cerrado el convenio. El día diez y seis, estaba solitario a la hora convenida en el Templo, el altar de la Virgen del Carmen, mientras el reverendo comenzaba entre bostezos el "Introito ad altare Dei" Almita había sido ganada la batalla.
Otro día, y aquí viene el cuento para el cual hemos hecho esta larga introducción, contaba que rezando en silencio sus acostumbradas oraciones, sintió al intemperante Párroco discutir con alguien en forma regañona:
-jQuéeeeee! ¿Qué dice Ud.? ¿Qué disparates oigo? Decía el preste con su inconfundible voz de bajo profundo, inveterado fumador y entonación peninsular.
-¡Guá Padre! Eso es lo que dice aquí, respondía una vieja parroquiana de rostro magro y cabellos entrecanos cayéndose a los lados, que dos grandes peinetas no lograban sujetar.
-Fíjese Padre, si no me cree léalo Ud. mismo. Y la devota extendió un cuadernillo que llevaba como título "Novena a San Francisco".
E! cura le mandó a leer nuevamente, en alta voz, ahora delante de él. La vieja comenzó a la luz de una vela con voz pusilánime:
-"San Francisco vivía como bestia... dormía sobre una vieja, esta era la vida de San Francisco"... A lo cual escandalizado el Padre la interrumpió:
-A ver: ¿Qué lee Ud.? ¡Qué disparate dice........
eso no puede ser......!
Ytomando el librillo comenzó él a leerlo comprobando que en realidad lo escrito, correctamente leído decía:
-"San Francisco vivía como bestia, dormía sobre una vieja estera; la vida de San Francisco fue dechado de humildad, pobreza y mansedumbre..."
Y así seguía por esa línea el cuento, de otra manera leído y entendido por la humilde parroquiana. |