Cap. 21- Trágica Soledad

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El viejo Aguirre se sentía profundamente abatido, pero no vencido, ante el peso de las cricunstancias que golpeaban insistentemente sus propósitos de conquista. La magra figura del tirano, color terrosa clara, daba la impresión de estar frente al prototipo judaico: nariz semiaguileña con ligero pronunciamiento en la punta encorvada.

Este guerrero de aventureras y titánicas faenas, gozaba disfrutando del gigante paisaje marinero de la playa vestida de azul eterno, donde buscaba el pasajero reposo a su atormentada existencia. En los pájaros de largo pico y en las aves de rapiña como el gavilán, el vizcaíno se encontraba asimismo. La similitud física con judíos u otras razas para él inferiores preocupaban su orgullo mil veces pregonado, de proceder de sangre limpia, libre de herejías. Las cuerdas nerviosas de la garganta del general marañen, ahogaban a veces las palabras cuando con su habitual cinismo ratificaba su condición de noble vazcongado.

La triste soledad del pueblo traía al tirano, recuerdos con rostros de mujer; de noches cuzqueñas; de frío de montañas y té de coca; de oraciones quechuas pronunciadas con voz cantarína por indias color de canela, pelo de azabache y miradas tiernas con sabor a miel.

Lejos de su mente presentía la visión de ánimas murmurando sigilosas letanías, donde indios condenados reprimían sus llantos y lamentos, moviéndose entre tenebrosas sombras de osarios y mortajas. Aguirre a pesar de su crueldad manifiesta, no toleraba el infamante castigo de empalar los indígenas, impuesto por cristianos castellanos para sembrar el terror en aquella mano esclavizada. El embalamiento se llevaba a cabo con crueldad inaudita, introduciendo por el ano a la víctima una larga vara con puya para destrozar sus intestinos.

Sombras húmedas de escalofriante silencio, recorrían presurosas sobre la tristeza del pueblo. El Jefe invasor era considerado por los habitantes de Borburata como representante de dioses de la codicia y de la sangre; capitán de salteadores que cazaban a los hombres como animales en lucha feroz y despiadada ignorando al Supremo Creador del Universo.

Lope de Aguirre tenía otro concepto sobre su propia per-sonaldiad y así lo gritaba cuando arengaba a sus soldados. Se consideraba en principio, predestinado para lograr éxitps en la campaña de liberar del yugo del Rey de Castilla, a las clases oprimidas por oidores, lacayos y frailes corrompidos, quienes en su afán de adquirir fáciles riquezas, depradan y saquean sin importarles el botín.

— Jamás...! solía decir, he fornicado con indias o mujer alguna contra su voluntad, pero si he castigado severamente a las putas disfrazadas de honradas que han irrsepetado la dignidad del ser humano.

El marañen conductor de tropas, cuya crueldad y valor eran indiscutibles, en la tarde solitaria de la bahía dormida, se le prendieron en el recuerdo los destellos maravillosos de los ojos maternos; de la tierna oñatence doña Elvira de Arraoz, esposa dignísima del labrador don Esteban de Aguirre; el zarpe del buque "San Antonio" aquel 22 de mayo de 1534; el aletear de los brazos de la madre que le entregaba su mejor bendición y el largo recorrido peregrinando por todas las rutas, hasta las majestuosas cumbres del Cuzco donde el pájaro de la montaña canta su canción insomne.



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