Mediana su estatura, largo el paltó que parecía llegarle a las rodillas; cabello canoso, saliente bajo el ala del sombrero; pajilla amarillenta fustigada por el sol. Shonfii era todounpersonaje.ProveníadeCurazaocomo tantos hijos del Puerto. Las orillas del mar ofrecían el mismo clima del cercano terruño haciéndoles sentirse como en la propia casa.
Cuentan los viejos de mi tiempo, que en la calle Municipio ya cercana a los muelles, en las tardes se veían en la acera frente sus viviendas, innumerables matronas curazoleñas ofreciendo frusilerías y frituras a los transeúntes. En la zona se oía el papiamento como lengua común, y no sin razón los porteños llamaban a ese rincón el "Curazao Chiquito".
Shonfii era ebanista fino junto con su competidor y paisano el Maestro Sutrún, de quien decían que las parejas casaderas, esperando la confección del mobiliario, para al fin sacramentar su ansiada unión en matrimonio, a la pregunta ¿Cuándo te acabas de casar? respondían:
-Cuando el maestro Sutrún me acabe de hacer la cama.
Curazao ofreció al Puerto excelentes artesanos. Memorable entre otros el joyero Jonckert, tan hábil de manos como intemperante de carácter. El cliente debía saber tratarlo con tanta finura como trataba él las joyas. Recuerdo bien su taller por el callejón del Mercado, no muy lejos del Cine General Salom.
Shonfii además fue patriarca ejemplarSus hijos eran incontables. Llegando a la casa empezaban a salir de todos los rincones y todas las edades. Todos muchachos y muchachas excelentes, con la bondad que caracterizó siempre a nuestros vecinos del Curacao. Hombres laboriosos y mujeres piadosas contribuyeron bien al progreso del Puerto.
Shonfii tenía un carácter bonachón, se podría decir con propiedad que era hombre manso, a la inversa de Jonckert nada lo alteraba. Ya de edad avanzada y con sus hijos mayores al frente del negocio, se lo veía caminar de su casa al mercado y del mercado a la plaza, con su venerable aspecto de patriarca, arrastrando a medias unos inmensos zapatones.
Se entretenía conversando con los niños a quienes hacía preguntas con su hablar entreverado, típico de las gentes antillanas. De él había también innumerables cuentos que probaban al infinito, su ingenuidad no menos que la de su esposa ya hecha abuela.
De tarde sentada en la acera, refrescando el calorcon la brisa suave que venía del manglar, tenía siempre un coro de niños escuchando atentos las historias de un nutrido repertorio.
Bastaba que apareciera un nuevo miembro en aquel coro para convencer a la abuela de repetir una y otra vez los mismos cuentos, que narraba con movimientos y detalles, cambio de entonación, onomatopeyas y suspensos, que aseguraban sorprendente realismo.
Deliciosas sus descripciones inolvidables, de cómo se abría el puente entre Funda y Otrabanda para dar paso a inmensos trasatlánticos. Cómo los piratas habían dejado escondidos tesoros en las cuevas de West Point, o de la Caracas Bay y Brackaput.
Aquellos nombres sugestivos como los de "Escarió" y "Piíri Mai", sonaban en sus labios asociados con un universo de tiendas repletas de mercancías de excelente calidad, que al Puerto llegaban en constante contrabando.
No faltaba una familia porteña que no hubiera tenido uno de sus hijos estudiando en el colegio de los "Frater"; ni venezolano en el exilio que no hubiese hecho escala en la "Pensión Parra", lugar de encuentro de todos los revolucionarios de la era gomecista.
Curazao era isla que se la sentía muy cerca no sólo en la geografía, sino también en el sentimiento. Para nosotros era como una continuación, una parroquia de ultramar de nuestro querido Puerto.
Salían también de los labios de la abuela anécdotas menores de su vida familiar; desde la infancia hasta su juventud; y entre otras cosas aquella cuando estaba por casarse: Era frecuente que las parejas esperasen un acontecimiento singular en el Puerto, que coincidiendo con la boda contribuyera a realzar la memorable fiesta.
En esqs tiempos el Teatro Municipal hacía poco había sido terminado. Los circos y los titiriteros instalados en cualquiera de los tantos corralones que existían
en la ciudad, también ofrecían ocasión de recreo a los porteños.
Ya por fijar al fin la fecha de la esperada boda, y sabiendo de la llegada de un circo famoso por mostrar una tropa de inmensos y famosos animales; acordaron que la boda se celebrase el mismo día que se iniciaban las presentaciones. Como era de rigor se contaría con la Asistencia de las Autoridades Mu nicipales y personalidades más distinguidas del Puerto. Los novios y sus respectivas familias convinieron hacer la boda en horas de la tarde, de manera que después de la ceremonia todos tendrían un billete para asistir a la función.
La abuela abundaba en detalles todo lo visto aquella noche. En el circo las bailarinas sutiles; los equilibristas montados en la cuerda que parecían flotar, los payasos con sus monos sabios y graciosos chistes; los malabaristas, el valiente domador, y entre las risas y alegrías infantiles escapaba la risotada maliciosa de los hijos y sobrinos mayores, cuandooían ingenuamente a la abuela decir en su media lengua antillana:
-¡Ah! Muchachos. ¡Inolvidable! La primera vez que vi un elefante, fue la noche en que me casé con tu abuelo! |