Rompiendo el camino poblado de árboles, el odio y la maldad se llevaron los vientos de fuego, apretando el paso hacia la cima sembrada con tallos de sangre. El sol quemaba las pupilas vengativas, de aquellos hombres que transitaban entre llamas escupiendo las palabras.
Pisando arroyos de espinas, los marañones se insolentaron mascando su odio entre salivazos de cenizas, mientras el Caudillo eructaba su impotencia apresado por la fiebre y el temor hiriente que le laceraba el alma, como tropel de lanzas y caballos enardecidos de tormentas.
El pueblo mártir, el pueblo solitario, quedaba abajo, en la sabana donde los cimarones galopaban a su antojo. Más allá, la costa y el puerto con sus cadáveres de barcos ajusticiados; esqueletos calcinados, ennegrecidos por el fuego, con la proa mirando al cielo y la popa sumergida avergonzada en la profundidad de la bahía.
Aguirre, el Caudillo, el Príncipe, el General, el tullido maldito, el Jefe Marañón, el tirano hideputa, el malvado, se alejaba montaña arriba, para siempre, como una pesadilla, como una maldición. Viajaba aferrado a un sueño que amalgamó el crimen con sus ojos azules que lucían claros bajo la frente ancha abovedada. El vizcaíno en sus delirios tenía odios fijos, manía persecutoria que incendiaban todas las hogueras, para dejar a su paso sólo ruinas y despojos.
Los caminos del trueno se llenaron de espanto con aquella vil caravana de carroñas humanas.
Cerro arriba, triturando piedras en el duro andar, el ejército de foragidos subía la empinada cuesta. Procesión doloro-sa en el llanto de mujeres, cuyas lágrimas humedecían el resbaladizo camino. La Elvira, la Torralva, la doncella María de Arrióla y las esposas de Cha vez y Hurtado, víctimas inocentes del artífice del crimen alojado en la mente alucinante de Lope de Aguirre, el tirano.
Se habían amasado muchos soles y muchas lunas sobre las espaldas encorvadas del aventurero que trazó líneas cortantes confundidas con iracundas astillas lacerantes sobre el amargado corazón de sus víctimas. Mientras la fiebre quemaba las visceras del "tullido infame", la sangre y el sudor se confundían en una sola argamasa. Arriba, en el cielo, las estrellas lejanas bajaban en tropel para escupir con sus luces el rostro confuso del alucinante que desafió tormentas.
Los vientos gritaban en la oquedad de la montaña denunciando el paso del violador de todos los derechos. Los pájaros desataron sus lenguas para protestar la trágica aventura que se cumplía por la voluntad demente del Caudillo. La abrupta geografía preñada de cerros empinados se cubría de niebla y lluvia. Abajo, el paisaje inmenso del azul del mar era un dulce remanso de paz.
Sombras fugitivas atravesaban el empinado camino. El delirio de conquista quemaba la mente de Aguirre mientras sus hombres le cargaban en improvisada cama. La fiebre alta y el odio lacerante que llevaba por dentro, paso a paso lo convertían en un despojo humano. Los gritos e interjecciones fuertes de la soldadesca, hacían crecer rumores sordos que se perdían en las fauces de la intrincada selva.
Lope de Aguirre arrastraba su miseria hacia el último peldaño de agitaciones y crímenes que signaron su vida. La encorvada figura cuya presencia llenaba de terror a los vasallos del rey, con pasos tardos, se perdía entre las brumas; se esfumaba cabalgando las últimas voces que se movían en las sombras con su trágica estampa de misionero del diablo.
Solo se había quedado el pueblo. Desiertas sus casas, legiones de fantasmas y espectros cruzaban las calles maltratadas por el viento. Una especie de estupor hondo y callado se asomaba en los rostros escondidos por el miedo, haciendo taciturnas las palabras, mientras las quietas pupilas contemplaban aterradas el horizonte lejano por donde se esfumaban las grotescas figuras de los marañones.
Más tarde, la ciudad despertó con pequeños rumores que estremecían su silencio: "se fue el tirano". Las casas comenzaron a tomar calor de vida y las ventanas se convirtieroii nuevamente en los ojos donde se miraban las más gratas ilusiones. Las pesadas puertas se hicieron vigilantes para el dormir del pueblo.
Volvieron los fogones a empañar los cristales del aire con el delicioso aroma del puchero recién cosido. Ls habitantes comenzaron a bostezar el cansancio de los días agitados. Los horizontes se tiñeron de colores con el arcoiris y las gentes retornaron a su tarea creadora... solamente fue una pesadilla. |