Cap. 23 - Trágica Coincidencia

Descipción de este artículo: Los presos masticaban las palabras para escupirlas luego contra los muros que insultaban su presencia. Es húmedo el calabozo por el resumen de sal del mar cercano que se cuela en las hendiduras de las piedras. En destartalado camastro un hombre agonizaba torturado por un mal que devoraba sus entrañas

Los presos masticaban las palabras para escupirlas luego contra los muros que insultaban su presencia. Es húmedo el calabozo por el resumen de sal del mar cercano que se cuela en las hendiduras de las piedras. En destartalado camastro un hombre agonizaba torturado por un mal que devoraba sus entrañas. Tuberculosis intestinal diagnosticó el médico de la fortaleza que cada seis meses examinaba enfermos aislados en los hornabeques.

José Vicente Gómez, Vicepresidente de la República, Comandante General del Ejército y primogénito del dueño absoluto de la Venezuela de entonces, ordenó el arresto de aquel infeliz por causas ajenas a la política. El rumor que se hizo eco en las paredes del calabozo, señalaban las razones que determinaron el arresto, como un capricho de Vicentico, así se conocía a este hijo de Juan Vicente Gómez en los medios populares venezolanos.

Vicentico le puso el ojo a una guapa morena que casualmente vivía en concubinato con el hombre cuya identidad desconocían sus compañeros de infortunio. El Cabo de Presos al llevarle el pocilio con los tapiramos poblados de cochochos y el pedazo de plátano verde cuyas cascaras alimentaban cerdos de Paulino Camero, le gritaba con la insolencia congénita de los carceleros venezolanos.

—¡Güereño, hijo e puta, a la reja...!

Con sus grillos ajustados a las esqueléticas piernas, el "güereño" trataba de soportar su pena pidiéndole a Dios castigo a su verdugo, con los mismos sufrimientos que él soportaba en aquel instante.

— ¡Dios mío...! sollozaba el infortunado prisionero, al ajustarle cuentas a José Vicente Gómez te pido por favor que muera así como se me apaga la vida en este instante.

Las visceras y los intestinos del moribundo se le contraían en el abdomen produciendo macabros ruidos que helaban la sangre de sus otros compañeros. Al lado de la cama la débil luz de una vela colocada en una vieja botella, iluminaba el rostro de aquel hombre con sus ojos vidriosos buscando en el infinito la razón de aquel suplicio.

La bóveda se convirtió de pronto en un receptáculo achatado sobre el dolor del moribundo. Olores a sudor, a maldición, a ignominia, a podredumbre que enrojece las palabras, donde el espasmo vengativo arranca la protesta. Afuera, las estrellas desnudas brillaban juguetonas burlándose del mundo. Seis presos aherrojados con barras paralelas, mudos de espanto presenciaban la dolorosa agonía de aquella víctima injusta de la barbarie que pretendió castrar la dignidad del hombre libre. En su rincón de angustias, José Rafael Pocaterra vomitaba su rencor hacia los responsables del espantoso crimen que presenciaban. La magnitud de los acontecimientos lo llenó de asco y a propósito, olvidó el incidente al escribir las Memorias de un Venezolano de la Decadencia.

La ambición traicionó al heredero directo del Sátrapa de la Mulera. Tal vez ignoró Vicentico que su destino dependía sólo de un hilo manejado por las manos omnipotentes del primer caporal de la Venezuela desolada. Su último capricho de muchacho malcriado que jugueteó con la vida de centenares de seres humanos consideró sería tolerado como una travesura más. El asesinato de su tío y Primer Vicepresidente de la República, Juan-cho Gómez, precipitó su caída vertiginosa hacia un abismo donde no regresaría jamás.

París, Madrid, Londres, Roma, Atenas, Viena, Belgrado, Niza, Ginebra y otras tradicionales ciudades de la vieja Europa, fueron testigos del afortunado peregrinaje de José Vicente Gómez. El exilio dorado, sus alforjas llenas de monedas de oro y el halago de Reyes, Príncipes, Embajadores y Cortesanos no fueron suficientes al final, para evitar la mala jugada que le hizo el destino. La vida del ex-director general del ejército de Venezuela no dependía ya de la férrea voluntad del dictador, sino de la tuberculosis intestinal que inexorablemente le conducía a la tumba. Lujosa mansión la ocupada por la familia en un lugar de veraneo cercano a grandes lagos azules y montañas de nieves perpetuas. Antiguos servidores de la llamada "Causa de Diciembre" visitaban ocasionalmente al exiliado jerarca gomecista, tratando de pagar "diezmos y primicias" para estar en paz con Dios y Satanás.

La ventisca azotaba con furia acelerando la caída de la noche. El frío mordía las carnes con despiadada frecuencia. En las calles, los faroles se mecían produciendo una fúnebre melodía al paso de la brisa que bajaba de la montaña. La residencia de la familia Gómez-Revenga permanecía solamente con la presencia de las criadas y el enfermo solitario en una amplia habitación.

Ni médicos ni enfermeras auxiliaban al moribundo. La obstrucción intestinal provocada por lo avanzado del mal, motivaba lamentos y súplicas de aquel hombre otrora poderoso. Ruidos de visceras desprendidas y tripas congestionadas de gases producían macabros ruidos como aleteos de aves agoreras. Afuera, el viento silbaba con más fuerza y los luceros escondían su luz entre nubarrones negros preñados de aguas tormentosas.

Un viejo diplomático venezolano llegó de improviso a visitar al hijo enfermo del tirano, quería testimoniarle su afecto en el mismo instante en que una avalancha de nieve derribó postes, rompió cables y dejó a la zona sumida en completa oscuridad.

¡Dios mío...! gimió el moribundo, ¡luz, luz, luz, por favor...!

Una criada encendió una vela que el diplomático colocó en una botella vacía, mientras Vicentico, presa de horribles cólicos siguió con su mirada vidriosa la débil luz que se perdió en la inmensidad para buscar la trágica coincidencia de la justicia divina. ¡Güereño...! güereño hijo e puta ¿dónde estás...?



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