Cap. 24 - El Pollino

Descipción de este artículo: Los presos políticos del gomecismo encerrados en las bóvedas del Castillo de Puerto Cabello, para sus necesidades apremiantes usaban un pequeño barril de tablas y flejes adquirido la mayoría de las veces por intermedio de los "Cabos de Presos" vinculados indirectamente en negociaciones con el mundo exterior del fatídico presidio

Los presos políticos del gomecismo encerrados en las bóvedas del Castillo de Puerto Cabello, para sus necesidades apremiantes usaban un pequeño barril de tablas y flejes adquirido la mayoría de las veces por intermedio de los "Cabos de Presos" vinculados indirectamente en negociaciones con el mundo exterior del fatídico presidio.

Hasta hoy se desconoce el autor intelectual de la paternidad del célebre nombre con que los prisioneros bautizaron el útil transportador de materias fecales. Nunca se imaginó el Divino Rabí de Galilea que el jumento que cargó su sagrado cuerpo en la entrada triunfal a Jerusalem, bisnieto a su vez del bíblico burro del profeta Balaam, mil y tantos años después un humilde descendiente prestaría su nombre para identificar al odiado barrilito.

El Pollino, uno de los artefactos que mejores servicios prestó a los presos políticos, a pesar de ser igualmente calumniado por los encargados de ia ingrata tarea de sacarlo en horas de la mañana, aliviarlo de su carga de excrementos y lavarlo con beatífica paciencia, fue testigo directo de los acontecimentos que tuvieron lugar en esos recintos donde la muerte era centinela permanente.

Versiones orales de algunas víctimas de la dictadura., permitieron conocer detalles humorísticos unos y dolorosos otros, de su permanencia en este antro de terror. Cuando un infeliz prisionero, por circunstancias estomacales deseaba purgarse con aceite de ricino, sal de higuera o aguardiente alemán, los compañeros de celda le rogaban que desistiera de sus propósitos al menos si el caso no revestía gravedad, con el único objeto de impedir que la carga del "Pollino" subiera su nivel normal.

En algunas ocasiones, hubo tiempo para el chiste cordial a través del uso del célebre "Pollino". El buen humor, ese que ignora a veces el dolor, volcaba en cada corazón frases oportunas dirigidas a los obligados clientes del incómodo barri-lito. Especialmente cuando dejaban escapar gases sonoros. Anótale tres pedos pujados a Martínez.

El grito acompañado de alegres carcajadas, dejaba otros de subido color. ¡Compadre...! no cierre la puerta que dejé las chancletas adentro.

Al sacar el pollino del interior del calabozo en horas de la mañana, retornaban las "mamaderas de gallo" con igual factura amistosa.

¡Contabilízale dos cagadas a Roberto...!

La risa sana de aquellos infelices, alejaba por instantes la humedad del llanto en los rostros tostados por el sufrimiento.

Se observaron casos de angustias cuando un preso era atacado por diarreas y disenterías, por cierto muy comunes a causa de los malos alimentos ingeridos, tales como pescados y carnes saladas con alto índice de contaminación bacterial. Algunos fallecieron sentados en el borde filoso del barril. Sus cuerpos esqueléticos eran arrastrados con extrema crueldad por los encargados de la vigilancia del penal, para ser introducidos en la veterana urna viajera.



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