El camino aprieta la garganta de la montaña cuando se empina para alcanzar la cima. Los manglares cabalgan sus ramas verdes, sobre el lomo azulado de la costa en la llanura pantanosa donde habitan pájaros sonámbulos.
Es impresionante el hermoso paisaje de la bahía con su batir de olas cansadas, en las playas de arenas iluminadas por un sol calcinante.
A poca distancia el mar se presentaba como una sabana de fuego, preñada de isletas donde las gaviotas espigaban pedazos de cielo para sembrar la armonía de todos los colores.
El Vicario de Margarita en la Villa del Espíritu Santo, mantenido rehén por el tirano, desandaba sus pasos desde Valencia hacia Borburata, portando en sus alforjas la extensa carta que el vizcaíno enviaba al Monarca Felipe II; el documento redactado por Aguirre al escribano Pedrarias de Almesto, revelaba el delirio de grandeza que se había aposentado en la mente ruin del alocado aventurero.
Imponente se miraba a la serranía inhóspita, debajo del cielo que abanicaba la cresta de los árboles con suave llovizna de azul intenso. El piloto Barbudo comandaba el grupo designado por el Caudillo para acompañar al padre Con-treras: algunos soldados y diez indios cristianizados. A lo lejos, se divisaba el cementerio cubierto de tristezas con sus tumbas sin cruz, donde los muertos descansaban en un sueño de polvos.
Había jurado varias veces solemnemente en el Altar Mayor de la Iglesia de la nueva Valencia, cumplir la delicada misión encomendada por Lope de Aguirre, el Vicario que ahora retornaba apresurado masticando sus temores, en la penúltima curva del camino. Sentía paz espiritual el nervioso sacerdote, al observar el río destrenzando su cristal de aguas.
El vaho que eleva la tierra húmeda llovida tiene agradable olor de pan recién horneado, que acerca los recuerdos y aviva la esperanza. En las manos del sacerdote, un rosario de cuentas grandes, jugueteaba nerviosamente mientras desgranaba su oración de silencio. Sobre el torso ancho, un crucifijo de plata vigilaba el tesoro confiado por el tirano al padre Contreras, bajo amenaza de muerte y juramento ante Dios.
Las tinas flotaban en las ramas de corpulentos árboles, como barbas de Judas Iscariote o tal vez, como las del malvado y ruin general marañón. En lo alto, las hojas golpeaban los cristales del aire con una brisa mansa descendiendo para lamer la tierra con golosas lengüetadas.
Vereda abajo, al desprenderse los riscos, hacían saltar los lamentos de las ramas secas. La llovizna que caía sobre la montaña dejaba escuchar su canción de rocío desde la cumbre que tenía sabor de lejanía. La enlodada sotana del Vicario dificultaba el paso para llegar al piedemonte. Es dura la misión del sacerdote, según leyes teologales. Es dura y llena de privaciones para hacerse fuerte en la lucha contra el mal y por eso, no está concebida para espíritus débiles que no estén debidamente preparados para sacrificios y renunciamientos.
Todo aquello lo sabía el padre Contreras cuando hizo sus votos para entregarse a Dios. En el instante en que el angustiado religioso repasaba los cuadros de su conciencia, en ese mismo momento el sol arrancaba una masa azul al río, para anunciar la presencia de Borburata.
Ahí estaba la Iglesia, su plaza, calles y casas abrazadas para formar el pueblo; el Cabildo y sus gentes chorreando risas de contento. Al final, la promesa cumplida al entregar a funcionarios de su Majestad llegados desde Santo Domineo la extensa carta que ya conocían con detalles maranones, seguidores fanáticos del vizcaíno alocado que 2 convirtió en Monarca de todos los delitos. |