Cap. 25 - El Apostol de la Dignidad

Descipción de este artículo: Frente a la noche y ante la sombra, contra la oscuridad y la negación, todas las protestas se rompen contra los muros que están permanentemente vigilantes, desde el mismo momento en que Juan Amador Courten ordenó traer esas piedras de los acantilados de las islas cercanas

Frente a la noche y ante la sombra, contra la oscuridad y la negación, todas las protestas se rompen contra los muros que están permanentemente vigilantes, desde el mismo momento en que Juan Amador Courten ordenó traer esas piedras de los acantilados de las islas cercanas.

En mis correrías por el Barlovento desolado por la malaria, la disentería y otras endemias, mi inseparable amigo Alberto Ravell, compañero de aventuras en aquellas inhóspitas zonas, me relató dramáticas estampas del presidio donde él permaneció encerrado durante toda su juventud.

Los mismos relatos me los contaron años más tarde, los muros del castillo que en mala hora adulantes caraqueños bautizaron con el sagrado nombre de nuestro Libertador. Esas piedras fueron testigos de los sufrimientos de muchos venezolanos, entre ellos, por supuesto, nuestro ilustre amigo considerado como el "Apóstol de la Dignidad". En lo más profundo de los poros oxidados de los muros centenarios se encuentran vestigios de la presencia del yaracuyano ilustre.

Alberto estaba seguro y así lo afirmaba siempre, que jamás la ferocidad del odio debía sobreponerse al odio. En el mundo de pesadillas donde permaneció gran parte de su vida, el preso mostraba su desnudez tendido de espaldas sobre el piso, con su fealdad y su miseria y su quejumbre interminable como una letanía.

La vida en un calabozo es una uniformidad de horas y de gestos. La versión la recogimos de labios de testigos del drama que vivieron centenares de venezolanos en las cárceles de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, durante las tres primeras décadas del presente siglo. Estas afirmaciones son los mejores testimonios históricos de aquella espantosa época.

El hacinamiento en los calabozos por el número de presos en tan poco espacio, a veces los convertía en egoístas sobre todo aquellos que al recibir alimentos del mundo exterior, los ocultaban para disfrutarlos solo; crean amistad por interés y hacen de la murmuración y el chisme su deporte preferido, por supuesto, eran los menos, pero los más peligrosos.



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