Una tarde corroía la curiosidad. Aquellas costillas y restos de bote, cual enorme ballena herida hallada flotando, yacía como bestia exánime en la sala principal de la Casa Vieja. Enorme salón desde mucho tiempo atrás transformado, de capilla que fue, en depósito de
trastos viejos. Aquella casona a juzgar por sus muros, en mejores tiempos debió haber sido parte del fortín español conocido como el de la "Princesa".
Sí, la Casa Vieja era sitio prohibido. Se advertían en él presencias y manifestaciones extrañas, pero la tentación de aquel bote con las costillas abiertas, como pez herido, era demasiado grande. Nos lo imaginábamos cargado de un inmenso tesoro de leyendas fantásticas y de soñadas aventuras.
Así que un domingo después de la ceremonia ritual de la Bendición, vuelto el silencio ai patio nos decidimos llenos de temor, a hacer la incursión prohibida por aquel mundo de secretos.
En la penumbra cálida saturada de mar las paredes de piedra carcomidas de salitre dibujaban formas a capricho. Figuras aladas cual dragones blancos en nieves de sal. Murciélagoaderretidos de calor, escarabajos multicornes, Escolopendras gigas de incontables patas, y también -es bueno recordarlo- agazapadas en su tela las inmensas arañas de verdad.
Las olas lamían fuera en la hora del mar espeso, cálido, sensual. ¡Cómo jugaban las olas bebiendo en las piedras y viejos murallones! Aquellas aguas cristalinas sobre un fondo de formas, disueltas en todos los tonos posibles de negro y pardo.
Extrañas sierpes, peces cual chispas de color, botellas yacentes con imaginarios mensajes de náufragos perdidos. Aquel fondo, aquella tarde, aquellas piedras; aquel sol a torrentes, aquel cielo azul de mar. Adentro el salón de las cosas muertas, exhalando olores del pasado; languideciendo en historia. En el centro nosotros como únicos testigos de aquella atemporal infinitud.
El bote abierto con los costados rotos esperaba tendido inclinado a babor. Subimos, esperamos, mirados, ¡Nada! Silencio. Las olas. El mar. Sonreímos.
Seguimos adelante por los caminos de fantaseadas aventuras; la imaginación fue vara mágica que en aquel boto nos hizo navegar. La isla, el tesoro, los piratas, todo estaba allí. Se sentían -y de verdad- tanto las olas como el viento del mar. Remábamos y soñábamos impulsando con imaginación el avance sobre el mar. Decidimos hacer sentir las olas moviendo el bote de un costado al otro; con el peso del cuerpo; bambolearlo como sobre olas de verdad.
Se ponía emocionante la aventura ya animada de realismo, cuando de repente trepidaron las puertas, aquellas gigantes, que desde años la herrumbre en sus goznes dejó fijas con rigidez de muerte.
Sí, aquellas puertas temblaron al punto que un rugido horrible salió de los rincones. Nosotros los aventureros quedamos rígidos no de herrumbre pero sí de pavor.
Nos vimos uno a otro pálidos como las manchas de salitre. Las puertas hacia el patio estaban abiertas y corto pareció el tiempo para saltar de un sólo brinco. Desde el bote marino repleto de sueños caímos en tierra, a la sombra de almendros y nísperos, canto de pájaros y frutas dulces de verdad. |