Me encontré de pronto con un pequeño muro sin historias. Eran trozos de paredes construidas por gentes sencillas. Se puede decir que tal vez era un muro sencillo que lo habían construido hombres sin historias. — ¡No se sabe...!
Lo cierto era que en cada piedra grande, mediana o pequeña, se encontraban trozos valiosos del acontecer nacional. Cada una representaba una pequeña parte de la identidad de nuestro pueblo, cada una seguía las huellas del trajinar constante en la búsqueda de un sitio seguro donde ningún espectro o fantasma se cruce en su camino.
Al lado algunos muros se vestían de sombras lamiendo tranquilamente las estribaciones de las paredes. Eran paredes que se ahogaban en las voces de angustias.
Cuando la madrugada era alta, sobre el cielo que cubría la ensenada, las hendiduras de las piedras se humedecían para hacer brotar la verdad dramática del trágico destino del Sacerdote Ramírez.
Este venerado representante de Cristo en la tierra, no había cometido otro delito que enseñarle a sus feligreses el amor a sus semejantes, el rechazo al crimen y el respeto a la dignidad.
— ¡Nada más...!
Juan Vicente Gómez, según lo decía uno de sus enemigos acérrimos, estaba en todo su esplendor. Para él, la sociedad estaba dividida en amigos y enemigos del régimen. No existían otras alternativas. Nada lo retenía en sus proyectos de crueldad contra sus adversarios.
El infeliz cura Ramírez soportaba su prisión con mística devoción cristiana. Era prácticamente un esqueleto andante con pesados grillos, que apenas le permitían movilizarse con una sotana roída y maloliente que se había negado a quitarse de encima.
El doctor Trujillo le confió a las piedras que el Sacerdote le pidió al Alcaide que intercediera con Juan Vicente Gómez para que le quitaran los grillos y poder morir sin ellos. Era una súplica donde Dios tal vez puso a prueba al humilde religioso que hizo votos para servir al Señor.
El Sacerdote presentaba un cuadro dramático que dejaba adivinar retazos de su vida. Estaba flaco, extenuado y en condición miserable. Así se lo presentó ante el dictador el director del penal. "Si le quitamos los grillos, el pobre religioso puede morir en paz", dijo el funcionario.
En el interior de la conciencia del dictador, sonó como una campanada un grito que se hacía agudo en el desesperado esfuerzo de ratificar su decisión. Frío, impasible, contestó sin mover uno solo de los nervios de su rostro: — ¡Aja...! los grillos se los pones bien arriba a ese
cura hablador de techadas. Eso sí, bien arriba
de las rodillas, que de allí no se le salen.
¡Oh...! Dios misericordioso, escucha esta oración frente al paisaje espiritual de estos muros ex-centos de responsabilidad del crimen que los hombres cometen contra los hombres. En mi voz y en mi carne que ha sido flagelada por los sicarios que aprendieron de sus maestros adiestrados, por los que crucificaron a Cristo. ¡Perdónalos, Señor...!
Aquel honorable religioso murió dejando una huella eterna en la historia de Venezuela. Repitiendo aquel concepto: "Los hombres grandes, útiles a la humanidad no pueden morir..." viven eternamente. |