Muros altos inalcanzables que se perdían en el cielo. Aquellas ruinas eran llamadas el Templo Nuevo. Entrar, una aventura tan tentadora, cual riesgosa expedición espeleología. Sólo recuerdo una más emocionante: La Casa Vieja, atrás junto al mar en el fondo del colegio.
El Templo Nuevo, era como una inmensa Casa Vieja. ¿Qué había dentro? ¿Cómo y por qué la vida en él había detenido su marcha? De día osábamos acercarnos apenas más allá del umbral de la gran puerta mirando un poco a los lados y hacia adentro. Ruinas, piedras, montonesdetierra,malashierbas,olorfecal...y ¡Extraña paradoja! Era el Templo Nuevo. ¿Qué casa de Dios era aquella, si parecía más bien lugar maldito?. A lo lejos, donde debía estar la sacristía y contiguo el altar, un burro renco con dos cabras de acólitos salían en procesión. ¿Comenzaba acaso el aquelarre? ¿La misa negra que oficiaba Belcebú?
Un coro de chillidos -extraños gregorianos- se oía en las alturas: los murciélagos. ¿Angeles caídos o almas pecadoras vueltos bichos? Negras bestias de la noche salían a herir, con sus chillidos, el silencio de aquella nave sin mar.
De noche el Templo Nuevo era aún más sombrío. A la luz de la luna, o a la más pálida aún claridad de farol, por las inmensas ventanas mirábamos adentro. Enredaderas descolgaban sus gajos y las flores exhalaban perfumes seductores y embriagantes; sirenas de taberna en las noches de los puertos, de los puertos de mar. Astromelia, Heliotropo, Galán, o los más tenues por sutiles de las Ixoras rojas y jazmines de la India. Y entre todos, como en inmenso fondo de aromática policromía: Los almendros, que con sus uveros delatan al ciego la proximidad del mar.
¡Aquellos portones! Fauces abiertas noche y día, pero más abiertas en la noche. Ventanales sin vitrales que contaran la historia de la Virgen y los santos.
¿Puerto de piratas? ¿Marca de Aguirre? Allí estaba aquella mole decorales mudos que debía sertemplo. Allí estaba detenida en el tiempo a la mitad de la historia de su propio camino.
Apretando el paso pasábamos de lado mirando. Sombras, ruidos, fragancias que atraían. ¡Misterios! Un Libertadorde pie y cabizbajo, actitud meditabunda, parecía guardián de bronce en la plaza de su nombre. ¿Quién se atrevería a entrar en horas de la noche? Seguíamos. Atrás quedaba la cantera de piedras y fantasmas.
Del campanario inconcluso caían los murciélagos. En la noche serena el Templo dormía a los rayos de la luna, refrescado por la brisa, en las inmediaciones del manglar.
La muerte del anciano dictador abrió la puerta a los nuevos tiempos. Párroco y Obispo decidieron continuar la por años detenida construcción. En las tardes terminadas las clases, los alumnos provistos de palas y carretillas que suministraban una oficina pública, iban en fila a remover las piedras y agruparlas para un mejor provecho. La mala yerba fue arrancada de raíz, y llegó el día cuando sobre el presbiterio se tendió la alfombra roja y sobre ella un altar, y en el altar el Obispo al vuelo de campanas celebró la Eucaristía. El viejo armonio cobró aliento de fiesta y dejó oír sus acordes; las voces de los niños resonaron despertando profundo sueño. Volvían a la vida. El Templo nuevo al fin casa de Dios.
Siguieron las columnas, el techo, los revestimientos hasta coronar la cúpula. Se trasladó la Parroquia y Vicaría. Un domingo de diciembre, de un diciembre inolvidable, un hijo del Puerto cantó en aquellas naves del Espíritu su primera misa. Misterios del destino, designios inescrutables de la Providencia, ocultos como los misterios del mar bajo las piedras.
Años más tarde la nave principal abrió puesto en sus entrañas, para recibir, cual simiente generosa, el cuerpo de aquel Párroco, el venerable de cabellos blancos, ojos de niño, paso presuroso, voz de padre y gesto de bondad.
Y llegó también el día en que se empinó la torre, al son de las campanas volaron los pájaros y se hizo más claro el sol del Puerto, cuando revestido de púrpura abrió sus brazos y dio su bendición el primer hijo Cardenal. |