Me confesaron los muros, que ellos en ciertas oportunidades se achataban sobre el dolor y la miseria de los presos políticos. El sufrimiento de los seres humanos aventados en sucios calabozos donde los harapos cuelgan de las escarpias oliendo a sudor y a ignominia, es como una maldición que calcina la conciencia de los hombres.
Tendidos sobre las roídas y malolientes cobijas, los presos sueñan, leen y fantasean en un escenario rodeado de penumbras. Un universo de pesadillas parece no moverse estrechamente adherido a las paredes, a las rejas y a la bóveda circulante.
Un olor penetrante de cuerpos transpirando; latas con orines; el pollino repleto de excrementos y si fuera poco, otros olores repugnantes, igual al que usaban las prostitutas de los burdeles en La Alcantarilla. Todos interpuestos entre dos hedores.
En una mañana, casi en la madrugada, cuando el sol aún ocultaba su luz, el toque de diana anunciado por un asmático clarín sacudió el sueño de los presos con ferocidad ciclónica. Los bárbaros flajelaban el famélico cuerpo de un infeliz prisionero sentenciado por el único delito de no descubrirse al paso de la comitiva del General Juan Vicente Gómez. El pobre hombre procedente de un pueblo ubicado en la serranía falconiana, desconocía la identidad del poderoso transeúnte y su viejo sombrero de paja se le atascó en la cabeza ignorante del cruel destino que le esperaba.
La verga templada al fuego vivo, inclemente laceró las espaldas del hombre de cuyos labios salió un rumor confuso de gemidos de rabia. Después lo lanzaron desnudo al calabozo, como fiera atrapada, con su cuerpo sangrante. Sobre el piso salinoso se arrastraría más tarde como una pobre cosa sin nombre.
Los muros se estremecieron de odio, de horror y de vergüenza, para contarnos la tragedia de aquel hombre cuyo solo delito fue no quitarse su humilde sombrero al paso del dueño de la Venezuela rural. Con la carne tumefacta, ampollas verdosas reventando el agua sanguinolenta, el miembro y los testículos monstruosamente abiertos como una maldición del instinto genésico, quedó tendido para siempre con los brazos en cruz para el vuelo definitivo a la eternidad. |