Cap. 31 - Braulio Booy

Descipción de este artículo: El 5 de marzo de 1929, ciento cincuenta y cinco estudiantes entraron por el buzón del patio del Rastrillo. Este grupo de jóvenes llegaban de las colonias de Araira donde habían sido sometidos a duras faenas bajo el intenso sol de aquella inhóspita región

El 5 de marzo de 1929, ciento cincuenta y cinco estudiantes entraron por el buzón del patio del Rastrillo. Este grupo de jóvenes llegaban de las colonias de Araira donde habían sido sometidos a duras faenas bajo el intenso sol de aquella inhóspita región. El traslado de los jóvenes universitarios presos se hizo en condiciones inhumanas. Su proyección fue digna de la mentalidad de los rábulas bien pagados por los servidores del sátrapa.

Puestos en fila en el patio, cada uno recibió una dosis de grillo sesentón, para calmarles sus desvarios revolucionarios. Así lo escuchamos de las piedras y así lo pregonaron en aquella oportunidad los sicarios del régimen. Los estudiantes fueron recibidos con manifestaciones de cariño por viejos prisioneros encerrados en las bóvedas del "Rastrillo".

Rafael Arévalo González, Carmelo Castro, Luis Enrique Pérez, Jesús y Carlos Corao, Juan Montes, Alberto Ravell, Pío Tamayo, Lino Cuberos y, entre otros, Diego Rosales Montúfar, a quien las torturas habían convertido en un verdadero guiñapo humano; pérdida de la razón y sin otra esperanza que la muerte.

Entre ese grupo de muchachos llegó uno de nombre Braulio Booy, estudiante del segundo año de farmacia en la Universidad Central. El estado de salud del joven prisionero era de cuidado por sufrir de pleuresía Sero-fibrinosa. La vida del enfermo dependía de las atenciones médicas que debían prestársele en un local apropiado. En la podredumbre del calabozo nadie respondía por su restablecimiento y esto lo sabían los allegados a Gómez.

El revuelo que causó en la sociedad venezolana la detención masiva de centenares de estudiantes, preocupaba al régimen, a pesar de la dureza puesta en práctica en todas sus acciones policiales. La muerte de cualquiera de aquellos jóvenes, sin lugar a dudas, no le darían dividendos al gobierno y Braulio Booy fue libertado para recibir la atención que su delicado estado requería.

Le confesé a los muros en nuestros diálogos permanentes, que me sentía honrado de haber sido amigo personal del doctor Braulio Booy, distinguido profesional de la farmacia en la capital de la República. Lo conocí en Tucacas cuando tuve uso de razón, contando apenas cinco años de edad. El año 1929 yo cursaba la primaria en el Colegio San José de La Salle en Puerto Cabello cuando Braulio obtuvo su libertad y una vez restablecida su salud se presentó en este Instituto con el propósito de saludarme.

Recuerdo la expresión de angustia del recordado Hermano Juan, cuando al abrir la puerta se encontró frente a un joven delgado, blanco, de pelo negro, con una boina azul colocada ladeada en su cabeza, preguntando por Miguelito Dao. - Ahí está, dijo el honorable maestro religioso, algo conturbado por la presencia de un estudiante símbolo de rebeldía. Y ahí estaba yo, con el pelo alborotado por la brisa de la tarde, recibiendo el abrazo del amigo. Orgulloso, la frente en alto, mirando de reojo a mis otros compañeros, presentí que en ese instante recibía el bautismo de fe para creer en los hombres que luchaban por la libertad de este país.



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