Cap. 31- Teatro-Cine Libertador

Descipción de este artículo: Pero, al poco tiempo de inaugurado, las familias porteñas se dieron cuenta que el Teatro-Cine Libertador no era lugar para ellas. Con frecuencia su público, que abonaba precios más populares aún que en el cine General Salom, se salía de madre como las aguas del río, ante la menor contrariedad.

Montero era el nombre del conocido empresario de pompas fúnebres porteñas, que un buen día decidió ampliar su radio de acción hacia algo menos macabro. Así nació el tercer centro de espectáculos cinematográficos en el Puerto. El Teatro-Cine Libertador cercano a La Alcantarilla. Recuerdo la función inaugural, con la conocida y repetida cinta "Tarzán y su compañera". ¿Quién no daba loquetenía, para ira veraTarzán? Más tarde siguió otra, de los inolvidables Stan Laurel y Oliver Hardy: "Había una vez dos héroes".

Pero, al poco tiempo de inaugurado, las familias porteñas se dieron cuenta que el Teatro-Cine Libertador no era lugar para ellas. Con frecuencia su público, que abonaba precios más populares aún que en el cine General Salom, se salía de madre como las aguas del río, ante la menor contrariedad.

Frecuente era la interrupción de la función y los incendios, pues la cinta de celuloide en que venía la imagen ardía como pólvora al recalentarse el proyector.

Cuando la interrupción, el operador comenzaba a proyectar los avisos ya sabidos de memoria: con la Linterna Mágica, Cigarrillos Capitolio, Bandera Roja, Asteria, Bigott, Doble-Aguilay Sport. (El popular "Diana" no ameritaba puesto en la pantalla). Luego los de Ron Montero y Sta. Teresa, que no faltaban. Como tampoco los de la manteca Corona, Cl VAM, Hielo Cachiri y el buen Jabón Las Llaves. Los sombreros Borsalino, Barbisio y Panizza. Máquinas de coser Singer y Vesta. Luego las próximas películas a proyectar en próximos días.

Pero a veces la falta era tal, que ni esas proyecciones podían hacerse quedando la sala toda obscura. El público, no sólo del "Gallinero" sino el de todo el teatro, comenzaba a gritar, subiendo poco a poco el color de sus reclamos con silbidos. Y anunciaba ya el frenesí final, las llamadas a Montero pidiendo que trajera el carro fu nebre.

Si aún llegando a éstas no era resuelto el problema, comenzaban a volar flechas de papel, dañar la sala y su modesto mobiliario y por último a exigir la devolución del valor de la entrada. Lo únicoque calmaba la iracundia del público. Unas veces en vez de dinero efectivo, otras con un vale para próxima función. Así vuelta la paz, terminaba en forma inesperada aquella cinemática aventura.



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