Agosto de 1931. El patio del Rastrillo estaba congestionado de presos políticos. Sólo el "tigrito" considerado sin razón como un calabozo de terror permanecía solo. Ante la emergencia, fue ocupado por Enrique González Gorrondona, Pe-ñaloza y Arévalo González. Después serían sus huéspedes Ravell y un mexicano loco.
Ciudadanos vinculados a la sociedad valenciana: industriales, profesionales universitarios, comerciantes y hombres de pueblo, fueron apresados y conducidos al castillo bajo fuertes medidas de seguridad. ¿Su delito...? intentar "tumbar" al tirano con una revolución donde la palabra era letra muerta ante el poder del gobierno atrincherado con una maquinaria diabólica integrada por todos los cuerpos policiales de Gómez.
Luis Eudoro Medina, Diego Toro, Francisco Mieres, Coronel Trujillo Torres, Jorge Mendoza hijo, doctor Vegas, León Gilmond, Ramón Ga-ñangos, Esteban Bordones, Ernesto Sánchez, José Delgado Filardo, Francisco Polo, Carlos Acevedo Esteves, Carlos Domínguez, Dimas Villegas, Diego Breñas, José Pitier, Vicente Lovera, Ramón Gainza, Macario Escorcha, Silvio Silvestrini, Rafael Travieso, F. Ferrer, Domingo Morales, Francisco Noel, Ernesto Guillermo Sanz, Domingo Codazzi, Julio Urbina, el joven de los presos políticos; Temístocles Ángulo, Manuel Urbina, Gregorio Méndez Olivares, Nicolás Pellicer y Ramón Abraham.
Estos ilustres venezolanos conocieron los sinsabores de una cárcel proyectada para los.hombres que no caminaban de rodillas. Hecha para la crueldad; para presionar las vergüenzas con el tortol que arrancaba confesiones en el gemido doloroso del prisionero. El régimen feudal implantado por Juan Vicente Gómez tenía raíces profundas que esclavizaban las conciencias del venezolano.
La dictadura cada día afincaba sus garras en el corazón de un pueblo humillado. Por todos los caminos, por todas las veredas que acercaban a los hombres, transitaba la violencia con rictus de odio, con el miedo sellando en los labios la protesta y un rencor dibujado en los párpados hinchados por el llanto.
Pablo Mendoza Reyes, el yaracuyano encerrado en el castillo con el grupo de porteños acusados de conspiradores le confió a los muros su preocupación por los honorables ciudadanos valencianos arrojados a los calabozos con grillos de treinta y sesenta libras. "Eran hombres de correcto vivir, independientes, sencillos, que se metieron en un tremendo "berengenal" aliándose con algunos desesperados fraguadores de un golpe revolucionario contra Gómez".
La maquinaria policial cuyos engranajes lo cuidaban, espías profesionales, manejaron los hilos de la intriga entre algunos grupos que aventuraban posiciones sociales o políticas para vivir bien al amparo del régimen. Las delaciones, dejaron el camino abierto. |