Cap. 32- La Alcantarilla

Descipción de este artículo: La Alcantarilla era, pues, lugar de triple encuentro. Desde ella por calle recta hasta doblar en ángulo en la Plaza Miranda, se iba hasta los muelles. Hacia el Sur y el Oeste, a los campos de San Esteban, Cumboto, San Isidro, Santa Cruz, Santa Rosa, Cariaprima, Goaigoaza y al fin... Miquija

¿Por qué la demolieron? Fue la pregunta que corrió entre los viejos porteños. Eran tiempos del Alcalde Hoock, el Gobernador de Silvestre y el Administrador de las Rentas Virgilio Corona. ¿Quién tomó la decisión de demoler aquel monumento que venía de la Colonia?

Entrando a la ciudad pasadas aquellas hermosas vegas de los ríos Goaigoaza y San Esteban, La Alcantarilla recibía al viajero. Era tanto punto de llegada como punto de partida. En ella vertía en la colonia, sus aguas puras el río San Esteban; la noria aún en parte está a la vista. Allí tomaban los abuelos hispanos el agua para calmar te sed, aprovisionar barcos y refrescar el calor.

Bellerman, el pintor que nos visitó el siglo pasado siguiendo la guía trazada por Alejandro de Humboldt, tuvo tiempo para dejar algo más que el boceto de aquella Alcantarilla en tiempos de su visita: Un terreno abierto rodeado de ranchos. Más tarde se formó un cuadrado con las fachadas de la pulpería. El Gato Negro, el bar Luces de Buenos Aires y el comercio de Pedro Nieves. Más hacia los cerros la Jabonería de Villalba; hacia el Oeste las torres de la Jabonería de Frey & Co. Productores del Jabón Las Llaves, y al frente la fábrica de grasas vegetales del recordado Pérez Mena.

Más allá camino al Oeste, campos y vegas cultivadas por chinos. Ni la "Shell" ni la "Creóle" -menos aún la Estación Ferroviaria- se habían establecido allí.

La Alcantarilla era, pues, lugar de triple encuentro. Desde ella por calle recta hasta doblar en ángulo en la Plaza Miranda, se iba hasta los muelles. Hacia el Sur y el Oeste, a los campos de San Esteban, Cumboto, San Isidro, Santa Cruz, Santa Rosa, Cariaprima, Goaigoaza y al fin... Miquija. Eran los caminos a los campos al Sud y Poniente.

También comenzaba en aquel punto la carretera que llevaba a El Paradero, El Palito, Taborda, y de allí, dos elecciones: Valencia al Sur, o Drama y Morón para seguir vía San Felipe rumbo a Los Andes por Barquisimeto, o a Coro por Tucacas y la carretera de la costa.

Lugar de encontrados contrastes, veíamos allí campesinos con sus atajos de burros portando mercancías sobre las enjalmas en sus lomos. Los arrieros de liquilique abierto dejando a la vista un abultado vientre; rostros curtidos bajo el ala del sombrero y pronto el escupitajo de chimó que salpicaba el suelo. Marineros de variadas banderas. Desde los modestos de nuestros barcos, hasta los rubicundos, musculosos y forzudos germano-vikingos provenientes de ultramar. En sus brazos llamaba la atención los vistosos tatú ajes, entre los cuales rara vez faltaba una sirena, un ancla o una serpiente marina.

Deambulando, los vendedores de rutina con sus habituales pacotillas ganaban el sustento, y los mirones oportunistas de los bares y botiquines con su invariable tufo a ron y aguardiente, daban al sitio una pincelada de feria.

Aquellos bares y botiquines exhibiendo las criollísimas bebidas preparadas con yerbas del lugar: el berro, la menta, el anís, la zamurita, la guarapita, y otras que escapaban a la memoria.

Había ruletas de funcionamiento por lo general nocturno. Ágil giraba la rueda saltando la lengüeta sobre los clavos, que separaban los corrales de los animalitos. Ante uno de ellos debía detenerse señalando al ganador. Así los parroquianos entretenían su tiempo hasta la hora de cierre o de partir.

Pero en aquellos tiempos de recuerdo, no pensó La Alcantarilla ser un día escenario de un momento sobresaliente de nuestra Historia, cuando en la asonada un sacerdote capellán militar, bajo la metralla recogió un caído en gesto heroico a riesgo de su vida. Imagen paternal llamando a la cordura en la lucha (raticida. Sí... La Alcantarilla del Puerto es escenario donde quedó registrado un hecho cuyo testimonio fotográfico dio la vuelta al mundo. Hermoso símbolo aunque lleno de dolor; la presencia concillante en aquel crucial momento de la historia nuestra, que tuvo por escenario La Alcantarilla de Puerto Cabello.



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