Cap. 33 - Astucias del General Márquez

Descipción de este artículo: Sobre el piso caliente del patio del Rastrillo hay un hormiguear de presos. Las puertas de los calabozos recortan sus siluetas oscuras como fauces voraces de tiburones hambrientos. El resplandor de fuego del sol del mediodía, tiene un colorido extraño

Sobre el piso caliente del patio del Rastrillo hay un hormiguear de presos. Las puertas de los calabozos recortan sus siluetas oscuras como fauces voraces de tiburones hambrientos. El resplandor de fuego del sol del mediodía, tiene un colorido extraño.

El General Penando Márquez junto con Alberto Ravell y el mexicano loco, eran los tres presos políticos más temidos y odiados por el supremo poder gomecista. Se decretaban amnistías y los tres hombres veían impasibles pasar el tiempo, con sus grillos, su hambre y su dignidad inquebrantables.

Márquez era amigo de Cipriano Castro y jamás ocultó estos sentimientos. Eso no lo perdonaba Juan Vicente Gómez, ni la firme decisión de Ray el infortunado mexicano de eliminar física mente al hombre que tanto había humillado y vejado a los venezolanos.

Manuel Oreamuno Barrocal era el nombre del mexicano, amigo incondicional de Ravell a quien había prometido bajo juramento matar al tirano de la Mulera. Era obsesión de Alberto, el exterminio de Gómez, y esto los sabuesos del dictador lo hicieron llegar hasta sus oídos de zorro prevenido.

José Rafael Pocaterra dijo una vez que: "Gómez era invulnerable para la piedad en una tierra de sentimentales, silencioso en un país de hablachentos, reservado entre una marejada de chismosos". Los tres dignísimos prisioneros vitalicios del funesto penal porteño pensaban otra cosa y los áulicos del tirano les temían.

Los muros siempre atentos ante todo el movimiento y acontecer de los huéspedes obligados del castillo, seguían paso a paso los desplazamientos del General Márquez. Lo conocían como un preso lleno de energías, conversador y hábil en quitarse los grillos en horas apropiadas. El hombre se conservaba entero, atlético, de buen humor y sobre todo buen diseñador de amistades.

Supimos por confidencias de nuestras amigas las piedras, que en cierta oportunidad los presos fueron advertidos de la presencia en la terraza del General Ernesto Velasco Ibarra, oficial incondicional del hombre fuerte de Maracay. Velasco inspeccionaba las zonas que en la fortaleza se destinaban para el entierro en vida de los enemigos del régimen.

Cuando el General Márquez conoció la noticia transmitida en mensaje abierto en la voz de los presos, se encontraba casualmente disfrutando del sol en el patio del "Rastrillo". La metamorfosis que sufrió en aquel instante fue digna de ser celebrada más tarde. Márquez tomó una posición de anciano desvalido, se dobló sobre sí mismo arrastrando los pies en un ,andar dificultoso. Encorvado, vacilante y simulando un espantoso decaimiento físico regresó penosamente a su calabozo.

En presencia de sus camaradas de infortunio se estiró, dio tres saltos acrobáticos y ante la admiración del grupo expresó: Si me ve ese hijo de puta medio derecho, va con el cuento a Gómez de que estoy en excelentes condiciones y es capaz el muy desgraciado de mandar a ponerme otro par de grillos sobre los que tengo.

Una alegre carcajada en aquel recinto lúgubre, celebró la ocurrencia de aquel venezolano temido por Gómez. Todos conocían los pensamientos siniestros del tirano, quien siempre aseguraba que un inocente preso, después de años es un enemigo temible.

Algunos conocían a Manuel Oreamuno Berrocal como Diego Rosales Montúfar. Las piedras lo identificaban como el hombre que entró al país clandestinamente para matar a Gómez. Al ser descubierto lo mandaron al castillo donde las torturas le hicieron perder la razón. A pesar de la pobre condición que presentaba este infortunado prisionero, Alberto Ravell jamás lo desamparó en su cautiverio.



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