Sólo de nombre conocí a los Dres. Paulino Valbuena, Tirado y Aurrecoechea. De éste último vi sus libros que conservaban aún en la casa de Borburata sus familiares descendientes. ¡Qué de imágenes curiosísimas! Médicos haciendo amputaciones a domicilio. Sobre la levita un delantal, y sombrero de copa impecablemente puesto. Figuritas rígidas como rituales: solemnes y también aterradoras. Al mirarlas dábamos gracias a Dios de haber nacido en este Siglo XX.
El Dr. Tirado después de muchos años abandonó el Puerto. Igual pasó con muchos otros como el Dr. Troconis que fijó su residencia en Los Teques, terminando allí sus días. El Dr. Pedro Guzmán, estimadísimo por todos y a quien ya dedicamos unas páginas en estas remembranzas. El Puerto tenía fama de ser buena "plaza" y sin embargo, sea porel calor u otras razones, locierto es que pocos de los médicos que se establecían se quedaban.
Paulino Valbuena fue un verdadero porteño. Comenzó y terminó donde empezó su vida y su obra. Su popularidad fue grande y, además, su actuación política dentro del ámbito de la pequeña Historia, fue la de un Republicano ejemplar. En momentos críticos su posición fue ajustada a los principios y no a los intereses de las componendas de turno. Supo enfrentarse con entereza patricia a las presiones que sobre él se ejercieron para hacerlo claudicar como Alcalde del Puerto. Bien está a la vista su figura junto al mar, para recuerdo de las futuras generaciones.
Más tarde pasaron por el Puerto dondetemporalmen-te asentaron tienda, Plácido Daniel Rodríguez Rivera, futuro Rectorde la Universidad Central de Venezuela, en los difíciles días del año 28, y el Dr. Juan Ricardo Blanch, fundador de la cátedra de Química de la misma universidad años más tarde.
Hasta aquí los médicos de quitrín y caballo, que llegaban a las casas en polainas apestosas a sudadero curtido de silla de montar. Los del Termocauterio siempre a mano, para aplicar "Puntos de Fuego" en la espalda del paciente. Médicos de ventosas, sanguijuelas y cataplasmas, quienes también en su recetario tenían siempre a mano las saludables purgas.
Una inyección hipodérmica para la época era excepcional. De la jeringa metálica con émbolo de argolla, se hervía sólo la aguja sumergida en el agua que contenía una cucharada sopera. Las más de las veces ello se hacía sobre la llama producida por un algodón impregnado en alcohol.
La Farmacia Americana repartía gratis una lista a sus clientes, donde figuraban nombres y teléfonos de todos los médicos porteños para el año 1939. Todos teléfonos de tres cifras. La encabezaba el Dr. Adolfo Prince Lara y seguían los doctores J. A. Lara Díaz, Juan B. Torres Páez, Rafael Torres Suels, José Ángel Rivas, Salvador Talamantes, Humberto Soriano, Cristóbal Marrero, J. A. Domínguez Gallegos y se acababa la lista. Ellos compo-níantodoelgrupode galenos que atendía a los porteños. De Colegio Médico y Federación Médica no se hablaba todavía.
Los doctores Cristóbal Marrero y A. Domínguez Gallegos se integraron bien a la comunidad porteña. Vivieron en la casa de dos pisos frente a la Plaza Flores, pero no arraigaron en firme, años más tarde emigraron a Caracas.
El Dr. Salvador Talamantes tuvo su consultorio ini-cialmente en la calle Bolívar, no lejos de la Iglesia Parroquial, en una vieja casa de balcones y dos pisos. Años más tarde cambió a una casa vecina a la conocida fotografía H. Abril. Su placa ajustada en la ventana lo presentaba como especialista en enfermedades de la piel. Vivió muchos años en el Puerto. Era un hombre largo y flaco, de manos pulcras y modales distinguidos. Llevaba anteojos con vidrios montados al aire que resbalaban siempre a la punta de la nariz. Su aspecto recordaba un asceta. Atento con los pacientes tuvo bien ganada la fama de buen profesional.
El Dr. José Rivas oriundo de Cumaná se hizo porteño. Hermosa su familia, núcleo social de inolvidable recuerdo. Afable, sencillo, de mediana estatura y cuerpo bien formado, vestía como era uso y costumbre con invariable traje de dril y la cabeza cubierta con un sombrero de paja de modelo convencional. Su presencia la delataba a distancia su inconfundible automóvil Ford modelo 36, de color azul claro, único en el Puerto.
Se ocupaba de las enfermedades del oído y garganta. Lo recuerdo bien, espéculo en la frente donde reflejaba la luz de una vela en la habitación oscura. Su voz ronca, bondadosa, sosegada y paternal. Cumplida la visita y hecha la receta, lavaba sus manos sin olvidar la final inmersión de buena agua de colonia, como en toda familia que tuviese estimación. No hacía tertulia, como entraba se iba saludando y despidiéndose afablemente una vez terminada su visita. Al día siguiente se podía esperar segura llamada informándose cómo había amanecido su pequeño paciente.
El Dr. Rafael Torres Suels pertenecía a bien arraigadas familias porteñas por ambas ramas. Su consultorio y habitación estaban en la calle Bolívar en la esquina a la Beneficencia del Carmen. Fue médico muy conocido y querido. Su ejercicio profesional se contrajo con especial empeño al Hospital Municipal, situado entonces en casa vecina a la Iglesia de N.S. de la Caridad. Sus inquietudes y preocupación por el bienestar social no eran cosa oculta, en más de una ocasión le tocó participar en la vida política del Puerto.
El Dr. Humberto Soriano Rutmann, casado con una porteña de distinguida familia, era también un porteño más. De talla mediana, piel blanca y ojos claros, la Medicina General ocupaba su ejercicio. Por muchos años vivió a una cuadra de la Plaza Concordia y posteriormente hacia el manglar, no muy lejos de la Planta Eléctrica. Aquella casa de amplios aleros, sabíamos todos que era la casa del Dr. Soriano.
No era extraño verlo en el Club El Recreo en amena charla con los habituales contertulios. Tenía entre otras cualidades la de ser un hombre muy culto. Tocaba el piano con suficiente agilidad y gozaba ejercitándose en el mismo, dedicando horas a pulir algún pasaje de especial dificultad.
Fino, sereno, tranquilo, parecía siempre impacible y con tiempo para todo. Oía haciendo pausas largas antes de responder; tiempo de espera que a veces el paciente creía que el doctor había olvidado la pregunta.
¡Ah! Cómo era la casa de un médico en aquellos tiempos. Calma y feliz, la familia a la mesa disfrutaba el almuerzo, cuando se sentían voces, pasos, lamentos, portazos que invadían el zaguán. Tocaban a la puerta, desde dentro contestaban:
-¿Quién es? la pregunta de rigor, y
-¡Gente de paz! La invariable respuesta.
¿Cómo y desde cuándo se generó la costumbre de ese ritual de entrada? ¿Qué guerra enseñó a presentarse de esa manera a los venezolanos, cuando portón de por medio un visitante golpeaba avisando su presencia?.
Ante el alboroto ya la familia preveía que hasta ese momento había llegado la paz en el almuerzo de aquel día. El doctor se levantaba pasando a la habitación donde tenía el consultorio. Siempre bien a la vista, de hierro, fría, ligeramente cubierta con una sábana blanca con evocaciones de mortaja se veía la mesa de exámenes que también lo era de operaciones.
Afuere los familiares. Dentro el doctor en mangas de camisa preparando -visto lo irremediable- lo necesario para actuar. Años más tarde me narró el caso de una mujer traída de los campos con fatal herida de machete. Al informársele que se debía preparar para perder el miembro, no quiso más anestesia que buen trago de ron. Y así fue. Se le dio un vaso hasta más de la mitad servido con alguno de los más frecuentes en el Puerto.
Ambas familias -la del médico y la del paciente- oían los ruidos y los gritos. La sierra que cortaba el hueso y los llantos. Formándose paralelo al escenario del drama un grupo humano, en el cual siempre hacía de psicoterapeuta improvisada y sin más guía que el sentimiento humano, la buena esposa del doctor.
La operación terminaba. En un tobo de sangre quedaba aquella parte del cuerpo para siempre desprendida. Los honorarios serían satisfechos... ¡Después! Para el momento quedaban las expresiones de gratitud del paciente y sus familiares. En la primera oportunidad reforzarían el reconocimiento al médico y en homenaje lo invitarían a aceptar el honor de ser padrino de bautizo de algún vastago futuro de la familia del enfermo.
Resuelto el problema volvía la rutina doméstica, pero ya... ya no habían deseos de almorzar. ¡ Ah! Los cuentos y anécdotas que tenían los médicos, eran incursiones hasta lo increíble.
Otro médico bien conocido era el Dr. Juan Bta. Torres Páez. Había llegado al Puerto hacía muchos años. Tantos que todo el mundo lo daba como un porteño legítimo. Y lo fue realmente. Nunca más se fue del lugar. Su casa y consultorio estuvo en la Calle Plaza cerca del Teatro Municipal. Una amplia casa de hermosas ventanas con espacioso zaguán, gran portón y altos techos.
El mencionado galeno tenía una figura singular. El único vestido de dril blanco y chaleco de áurea leontina, en las manos invariablemente un bastón. A horas previas
al mediodía, su auto reposaba a la sombra del inmenso cotoperiz del club El Recreo. El doctor descansaba de la faena matinal. Había terminado las domiciliarias visitas que cumplían de rutina todos los médicos entonces. En su auto esperaba con paciencia el conocido ayudante, generalmente un joven muchacho que servía de criado y asistente. A esa hora leía los diarios que de Caracas llegaban al Puerto a eso de las once. Tomaba un aperitivo, conversaba con los socios que entraban al pasar, y luego, hacia la una, marchaba a casa. De noche su presencia era también segura a la salida del Teatro, para no terminar el día sin el placer de una mano de dominó o de Mah-Yong.
Como médico su ejercicio fue amplio, tan largo cuan larga fue su vida. Popular, bien querido y conocido. Hogar ejemplar, tanto él como su esposa e hijos, fueron destacadas figuras de la sociedad del Puerto.
Después vinieron otros galenos, otras generaciones a las cuales no podemos referirnos en estas páginas. Entre otras razones porque pertenecen a épocas posteriores a las que evoco al momento. Pero una cosa creo que es cierta: El Puerto tuvo buena suerte con sus médicos. Muchos, la mayoría, vinieron de otras partes y pese al calor y otras incomodidades una vez llegados al Puerto se quedaron en él. Les gustó el mar, los cocales y los almendrones. En otras palabras: ¡les gustó el Puerto, la bien llamada ciudad cordial de Venezuela! |